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8 Enero 2008

VIAJE A BADAJOZ A VER LOS FUEGOS ARTIFICIALES

Ahora que pasaron las fiestas todo ha vuelto a la normalidad, sobre todo para mí que me tocó vivir una navidad más intensa de lo habitual. Para empezar, diré que no la pasé en casa sino en pleno viaje. No es que haya llegado a otro destino a celebrar esta fecha sino que la medianoche, literalmente me cogió a medio camino de mi destino. En efecto, me dirigía a Badajoz, en un viaje por tierra ya que pensaba pasarla con mi hermano, quien se había mudado hacía unos tres años y desde entonces nunca tuvimos la oportunidad de volver a pasar una navidad junto con el resto de la familia reunida. Digamos que él vino a romper la tradición de más de veinte años en que toda mi familia se reunía a pasar navidad en casa de mi madre en Madrid. Fue por este motivo que este año cargué con casi toda la familia y a bordo de dos autos nos fuimos rumbo a Badajoz. Mi hermano había adquirido una casa enorme que tuvimos la oportunidad de ver por fotos ya que él, muy entusiasmado, hizo una sesión de fotografía digital que se encargó de hacer llegar a nuestros respectivos correos electrónicos. La magia de la tecnología nos permitió verla al detalle sin necesidad de trasladarnos en un viaje físico hasta su casa.

Pero la sesión de fotos no pasó desapercibida para mi madre, quien hacía tiempo estaba obsesionada con conocer la casa de su hijo. Sin embargo, al ser una anciana con escasa movilidad, estaba supeditada a que alguno de sus hijos tomara la iniciativa y la llevara hasta la casa de mi hermano Juan. Tanto insistió que decidimos que lo mejor era aprovechar un feriado nacional para partir en caravana hacia Badajoz. Fue mejor así, pues teníamos dos tías, igualmente de avanzada edad, que también deseaban conocer la casa de mi hermano. Todo fue quedando listo conforme se iba acercando el día de navidad. En nuestra casa apenas y arreglamos el nacimiento y el árbol de navidad pues sabíamos que nos ausentaríamos por varios días, quizá por poco más de una semana ya que Juan ofrecía gran comodidad en su casa. Como siempre, la familia tratando de ahorrar al máximo, a riesgo de ganarse a pulso el título de “la familia más tacaña”, decidió realizar el viaje por cuenta propia en dos vehículos. Era suficiente. Cinco personas en cada vehículo y un escueto equipaje en las maleteras y una que otra maleta de mano en los asientos, cargadas por sus propios dueños. La comida y bebida sería la mínima indispensable y pensamos en hacer varias paradas de refuerzo para comer. En este punto, los niños tuvieron una concesión especial y cargaron con bolsas enteras de golosinas, las cuales los mantuvieron ocupados en todo el camino. Fatal hubiese sido una protesta infantil generalizada en plena carretera. Todos hemos atravesado alguna vez por estos berrinches y pataletas donde se crispan los ánimos y todos discuten con todos buscando al culpable.

Ya en el camino, todo discurría normal a no ser por el mal cálculo de tiempo que hicimos para el viaje que, pensándolo bien, no fue tal. Lo que sucedió fue que a mitad de camino, uno de mis sobrinos se sintió mal y tuvimos que parar para que regurgitara. Al parecer se empachó con las hamburguesas y sodas que consumió en el camino y con tanto movimiento del carro, terminó por devolver todo. Habremos perdido más de media hora entre discusiones y preguntas y si le sumamos el tiempo que nos relajamos en las paradas que hicimos, allí tenemos el retraso que no nos permitió estar antes de la medianoche en casa de Juan. Como digo, la medianoche del 25 de Diciembre nos cogió ya entrando a la ciudad y, sin detener la marcha de los vehículos, nos saludamos entre todos. Incluso nos arriesgamos al hacer doble fila con los vehículos en plena marcha para saludarnos de un auto a otro. Fue muy divertido pero también bastante arriesgado. En fin, era navidad. Bueno pues, exactamente a las 12:23 de la madrugada aparcábamos los vehículos en casa de Juan quien inútilmente se trataba de comunicar a nuestros móviles, el temió que algo nos hubiese sucedido en la carretera pues es sabido que los accidentes abundan en estas fechas. Lo cierto es que las redes telefónicas estuvieron sobrecargadas como suele suceder en estas fechas y había que tener bastante fortuna para que nuestra llamada lograra establecerse.

No había de qué temer. Mientras aparcábamos los vehículos, hicimos sonar fuertemente las bocinas anunciando nuestra llegada. Inmediatamente salió Juan con su mujer y su menor hijo y todos nos saludamos con todos atropelladamente. Se abrieron las botellas de champagne y los niños se afanaron en prender los fuegos artificiales. Fatalmente, habíamos tenido la mala idea de agrupar los fuegos artificiales en una sola caja y digo fatalmente porque uno de mis sobrinos, prendió una luz de bengala típica, de esas que se sostienen en la mano mientras inofensivas chispas borbotean del otro extremo. Pues no tan inofensivas ya que mi sobrinito comenzó a agitar la bengala en todo sentido y una de las chispas fue a desprenderse, cayendo justamente en la caja que contenía la batería de fuegos ratifícales que habíamos comprado para la celebración. No tengo que detallar lo que a continuación sucedió. Basta con decir que el jardín exterior de Juan se convirtió en una línea de fuego y nos sentimos como en Saigón. Los pirotécnicos salían en todas direcciones y cada uno se guareció como pudo. Afortunadamente nadie salió herido pero si con un gran susto.

servido por Lisette sin comentarios

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