Durante un viaje, uno se puede topar con monumentos que les pueden parecer raros o quizá con cuadros extraños en un museo pero a veces uno conoce personas extrañas durante un viaje. En efecto, que se pude pensar de una persona que cuando te confiesa lo que sintió al verte, utiliza la palabra azul para describirte. Esto me sucedió en un viaje que hice hace un par de años a México por motivos de trabajo. En aquella oportunidad, tuve que asistir a un congreso que trataba acerca de las tecnologías audiovisuales de cara a futuro y su inminente fusión con la cibernética. El tema a priori, resultaba fascinante, ya que no sólo se verían las técnicas que se avecinaban sino que habría exposiciones que recorrerían cronológicamente el desarrollo de las técnicas en este campo de la comunicación. Para mí, era como situarme en una línea recta histórico-temporal que me clarificaría mucho el panorama. Con ese espíritu en mente partí rumbo a México, más específicamente al mismo Distrito Federal. En esos momentos, lo último que se me ocurrió es que me iba a enfrentar cara a cara con una dimensión totalmente desconocida en cuanto a percepción de las cosas y, curiosamente, no dentro del Congreso en que iba a participar.
Al bajar del avión, me topé con un clima bastante nublado, ya me habían informado de la nube de smog con patente mexicana pero no creí que fuera parte del cortejo de bienvenida. En fin, el clima nunca fue un limitante para mis actividades y continué con mi rumbo. Me registré al ingresar al aeropuerto, me fueron entregados mis documentos y tomé el primer taxi que me salió al paso. Apenas llevaba una maleta o petaca como la llaman en tierras aztecas y no tuve problemas para trasladarme hasta mi hotel. En este caso, los gastos estaban pagados por mi empresa, por lo cual no tuve que preocuparme, los gastos de representación son de gran ayuda en estos casos si se usan con diligencia y responsabilidad. Me instalé entonces en el quinto piso de mi hotel y esa misma tarde se oficiaba un cocktail de bienvenida a todos los participantes en el congreso. La cita era para las seis de la tarde y había tiempo de conocer un poco la ciudad. Tomé una ducha y un breve descanso y luego salí a dar una vuelta y cometí el error de trasladarme por el periférico de la ciudad, el tráfico era espantoso pasado el mediodía. Al final decidí postergar el paseo y regresé a mi hotel para alistarme. El cocktail estuvo muy ameno y pude conocer personas de distintos países, muy interesantes todas. En especial una joven, muy locuaz y despierta que me llamó la atención. Con ella estuve conversando un buen rato, me contó que venía procedente de Brasil. Le creí pues tenía porte de Amazona, piel tostada, hombros un tanto anchos y cabello lacio color castaño almendrado. Sus ojos verdes anunciaban bondad pero en el fondo era una mirada un tanto extraña, no parecía pertenecer a este mundo.
La primera clarinada de alerta la recibí cuando uno de los mozos que atendían en el ágape, se acercó a hasta nosotros con bandeja en mano. Yo me adelanté y tomé un par de copas de champagne y le entregué una a Vanesa, mi nueva amiga. En ese momento me agradeció pero enseguida soltó un comentario que me pareció raro, dijo “esto está redondo”. En ese momento pensé que se refería a la situación que nos reunía o a su gusto por haberme conocido o quizá simplemente a la fragancia del fresco espumante. Pero un segundo comentario que hizo más tarde me puso en guardia. El comentario ocurrió mientras paseábamos por las instalaciones donde se llevaría a cabo el congreso a partir del día siguiente. Al entrar a una de las aulas magnas, Vanesa dijo “Qué feo color anaranjado”. Comentario muy extraño pues las paredes eran blancas, el piso tenía alfombra roja y las sillas eran azules, no había nada más allí. Yo vestía casi totalmente de negro y ella tenía un pantalón blanco y una blusa turquesa. Por más que busquen en detalles, no ubiqué nada de color anaranjado. Qué cara me habrá visto poner, que, de inmediato, Vanesa se apuró a decirme que no era daltónica. Eso me dejó más confundido pues era lo único que podía explicar medianamente sus comentarios aunque lo de “redondo” no encajaba.
Sí íbamos a ser amigos no podíamos andar con rodeos ni juegos de descarte, así que le pedí que completara ala información. Fue allí que me dijo que era más bien sinestésica. Y seguían los misterios… ¿Qué demonios es eso, alguna nueva religión? Le dije sarcásticamente. Ella encajó bien mi comentario y me explicó que es una alteración de los sentidos que hace que la persona que la padece, mezcle las percepciones sensoriales unas con otras. Por esta facultad, estas personas podían encontrar colores en sonidos o sentir el gusto dulce o salado de un objeto contundente. Se podía interpretar como un poder o una deficiencia dependiendo de cada persona. En mi caso lo tomé como una ventaja, y, lo que es mejor, me hizo reflexionar en que los objetos exteriores no son una realidad absoluta sino que se “curvan”, como diría Einstein, de acuerdo al ojo del observador. La frase “todo depende del cristal con que se mire” tomaba más sentido que nunca y, curioso y fascinado al mismo tiempo con mi descubrimiento, le pregunté a Vanesa cómo me había percibido cuando recién nos conocimos. Ella me respondió a quemarropa que me vio azul. Si eso era cierto pronto estaría azul-ado.

