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4 Diciembre 2007

LA LOCURA DEL VIAJE ESTÁ A LA VUELTA DE LA ESQUINA

Siempre he pensado que cada viaje que uno realice debe encerrar una sorpresa, algo que aguarde a la vuelta de la esquina y que quede grabado en nuestras mentes para siempre. Generalmente uno nunca sabe el tenor de esta sorpresa que siempre llega y casi siempre es gratificante. Como mínimo, es el viaje mismo y puede crecer en el camino o, incluso pasar a formar parte de nuestras vidas, por ejemplo cuando nos enamoramos durante un viaje y quedamos ligados a esa persona. En mi caso esta idea quedaba descartada pues ya tengo varios años de feliz matrimonio con mi pareja. Sin embargo, también recibí mi respectiva sorpresa durante el viaje que hice junto a mi familia el pasado mes. Fue algo que hasta ahora me dejó pensando y apenas he logrado asimilarlo en los días recientes. Pero vayamos por partes y en orden cronológico.

Debo empezar diciendo que toda la vida viví en el mismo barrio y siempre fui muy detallista. Cada imagen de mi niñez y de mi adolescencia ha viajado hasta el presente junto conmigo y son muy claras en mi mente. Recuerdo a cada persona común a mi vecindario. Entre las más notables están el tendero Javier con su impecable mandil blanco a la vieja usanza, el carnicero Rafael, siempre macheteando las reces sobre su mostrador pero con una sonrisa amable, me acuerdo hasta del “loco” del barrio, el popular Hans, que andaba contando historias como si hubiese participado en la Segunda Guerra Mundial, no era un loco propiamente dicho, como uno se imagina, andrajoso y caminando sin rumbo, Hans trabajaba en una compañía de turismo como guía turístico y los fines de semana se “trasformaba” en un veterano de guerra. Era divertido pararse a conversar con él por unos minutos, conocía al revés y al derecho los detalles de los aviones utilizados durante esta guerra tanto por los Aliados como por la temida escudería alemana, la Luftwaffe. Imagínense lo que significaba apara un niño que le gustaba jugar a la guerra con sus amigos, que un vecino contara historias bien detalladas sobre la guerra misma. Al principio le creíamos todo y en un momento se convirtió en una especie de gurú para nosotros. Recuerdo que en un determinado momento ese era el plan de los sábados en la tarde, escuchar las historias del loco Hans. Con el correr de los años, todo siguió igual, con un pequeño detalle, ya no éramos tan inocentes y sabíamos muy bien que todas las historias de guerra que Hans nos narraba, sólo estaban en su imaginación. Luego los años siguieron pasando, cada uno tomó sus propios destinos y a Hans dejamos de verlo por el vecindario.

Vaya, me desvié del tema. El asunto fue que viajé en compañía de mi pareja y mi menor hijo a Portugal. Todo sin novedad, llegamos a Lisboa un jueves y de ahí nos dejamos llevar por el tour que tomamos entre los que destacó la visita la Casa de la Música, fue una grata sorpresa encontrarme allí con obras inmortales. Sin embargo, el destino me tenía reservada una sorpresa mayor y me la soltó cuando arribamos a la medieval ciudad de Coimbra. Era el último destino que pisaríamos en suelo portugués antes de regresar a España. Salía en compañía de mi familia luego de visitar el Museo Militar y, cuando volteamos la esquina, nos topamos de lleno con un tipo, andrajosos y mal oliente que, adoptando la posición militar de firmes, se excusó en castellano. Su voz quedó retumbando en mi mente, mi cabeza dio vueltas en ese momento. Lo miré fijamente, esos ojos verde agua, tenía que ser él, pero la barba…..Dios santo, era Hans, mi viejo vecino y narrador de cuentos bélicos. No había duda, mi mujer también lo reconoció. Hans no pudo o no quiso reconocernos y, girando sobre sus talones, como lo haría un militar, se retiró. Me quedé sembrado allí mismo con la cabeza gacha mientras mi hijo me jalaba del pantalón y me preguntaba por ese extraño soldado sin uniforme. No podía quedarme con la duda y salí corriendo tras de él, era tarde, se había perdido en el laberinto de callejuelas. Decidí preguntar en los alrededores y fue uno de los guardianes del Museo Militar –que ironía- el que me informó que el tipo que había visto llegó hace muchos años procedente de España, era un guía turístico y perdió a su pareja en un accidente de tránsito, desde entonces deambulaba como un loco en las cercanías al Museo Militar. Todo coincidía. Sentí pena por el destino de Hans y, sin poder hacer nada, regresé con mi familia.

servido por Lisette sin comentarios

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