No hay nada como las vacaciones, piensa uno, y de inmediato comienza a escribir una lista mental de las personas con las que se quiere viajar: el novio, los amigos del trabajo, la familia. Es sabido que las vacaciones son ese tiempo sagrado en el cual uno puede darse el lujo de huir del trabajo y la monotonía del tedio urbano, también lo es el hecho de que para muchos, es esta la oportunidad para viajar y pasarla con los seres queridos.
Sin embargo, de vez en cuando el mismo stress de la vida en la ciudad produce serios estragos en la individualidad de cada uno. De vez en cuando entonces, también es bueno hacer vacaciones ‘de los otros’ aunque suene raro. Esta es una de mis tradiciones personales, cada tres años desde hace nueve, escojo alguna ciudad para visitar completamente sola en una suerte de turismo introspectivo. Lo único que es necesario para este tipo de viajes es una buena disposición y ganas de pasarla bien contigo mismo.
Esta vez elegí una ciudad que había tenido la oportunidad de visitar varias veces en compañía de amigos. Cuzco es una de esas ciudades que en su diminutes puede ofrecerte grandes posibilidades. Con esto no me refiero a salir a bailar, beber o hacer cosas propias de grupos de jóvenes con muchas energías y poco tiempo de vacaciones. Muy por el contrario, Cuzco puede ser una joya más allá de sus monumentos históricos.
En este viaje no fui a Macchu Picchu ni a visitar las principales ruinas –ni mi dinero ni mis ganas lo ameritaban- sino que me dediqué exclusivamente a recorrer sus pequeñas calles de piedra que en el otoño cuzqueño se vuelven misteriosas y sabias, el solo sentarse al medio día en la plaza principal a recibir un sol frío y aún no contaminado y sin la prisa ni la obligación por hacer algo ‘divertido’ puede resultar muy gratificante.
Algo que me encanta hacer en estos pequeños viajes es dedicarme a la investigación, esto es a recorrer los pequeños mercados y tiendas no orientadas a los turistas o hacer pequeñas pesquisas por cada café, bar y restaurante hasta encontrar el mejor café pasado y la mejor tarta de limón que puedan hacer. Otra cosa muy divertida de viajar solo es curiosear por los baratillos (los mercados de segunda mano) o simplemente sentarte en cualquier mesa de un restaurante de barrio a leer un buen libro sin esperar por nada ni nadie.
El simple hecho de caminar por esas calles clásicas te envuelve en una tranquilidad muy distinta a las típicas vacaciones que uno puede tener, estando solo las cosas se observan en una perspectiva muy distinta a cuando estás en compañía. No digo que una sea mejor u otra peor, sino que son formas distintas de poder visitar un mismo lugar, además de que es totalmente distinto caminar solo por calles desconocidas sin ese afán ‘turístico’ que muchas veces nos auto-imponemos; y en muchos aspectos, para mí, estas vacaciones siempre vienen a ser una pequeñas ‘vacaciones’ de las vacaciones y a decir verdad, muchas veces no regresas tan cansado.

