He viajada mucho y siento que he conocido poco. Existen inmensidad de lugares donde concebir la aventura. Que nadie te lo cuente, me dijo una vez un amigo y es lo que he tratado de hacer cada vez que encuentro un destino. Siempre soy yo quien termina en las conversaciones de amigos contándolo todo.
Me encanta viajar y la aventura ha sido el aderezo indispensable de mis viajes en los últimos años. ¿Destinos? Donde mejor me parezca. Siempre que las vacaciones me lo permitan, claro. El pasaporte ya no me es problema, la experiencia me ha aprovisionado de cautela y serenidad para superar inconvenientes comunes antes de cada viaje, ya no me incomodan. Cuando es cuestión de conocer el mundo ningún inconveniente puede llegar a ser demasiado grande, ni el deseo de viajar demasiado chico.
No espero que mis destinos me salgan gratis, pero si baratos. Las novedades cuestan, pero si te sabes arreglar con lo justo, puedes disfrutar más de lo calculado por cualquier agente de viajes, puedes recorrer el mundo en tus dos pies y disfrutar con las ganas mismas de niño que toma su helado. Yo lo hago, y pienso hacerlo hasta que el cuerpo aguante, y la billetera, por supuesto.
Me gustan las comodidades, pero también aprecio mucho los momentos limite, no espero llegar a Machu Picchu en tren cuando puedo andar por los caminos del Inca, recorriendo el sendero entre lluvia, barro y abrumadores atisbos de estar perdido ocasionalmente a cada dos pasos. Siento la necesidad natural de estrechar mis lazos con el mundo, por eso viajo tanto.
Aún no tengo decidido el destino de las próximas vacaciones, pero si tengo claro los requisitos: diversión, compañía, aventura y muchos momentos inolvidables. Dicen que la adrenalina de viajar es superada sólo por la sensación de recordar lo vivido en cada viaje, yo dogo lo mismo, aunque a veces sugiero un empate.

