
Reproduzco aquí el estupendo artículo de Conrado Xalabarder publicado en su totalidad en el número de este mes de la revista Fotogramas, y que también se puede leer en la página web.
La concesión del Premio Nacional de Cine a Alberto Iglesias (el segundo compositor que lo obtiene, tras José Nieto) invita a reflexionar en torno a los músicos de cine, a su reconocimiento y condiciones de trabajo. ¿Son respetados o, por el contrario, están condenados al injusto anonimato? ¿Qué es lo que se espera de ellos? Como sucede en otros ámbitos, nos encontramos de todo... a ambos lados del Atlántico.Premiar a Alberto Iglesias era cuestión de tiempo. Con menos de 30 películas, ya ha ganado siete Goya y una nominación al Oscar (por El Jardinero Fiel, de Fernando Meirelles). Su vinculación a Julio Medem y Pedro Almodóvar ha dado algunas de las bandas sonoras más interesantes del cine europeo, completamente enraizadas en los argumentos y dotadas de un estilo que se resume en música de apariencia compleja pero que en realidad es sencilla (que no simple) y emotiva. Iglesias aporta personalidad a sus creaciones, aunque no es el único: no son pocos los compositores que han rubricado en el cine unas firmas fácilmente identificativas que benefician las películas donde se aplican. Entre los clásicos hay legión; entre los que aún están en activo, bastantes: John Williams, Ennio Morricone, Hans Zimmer o, en España, Ángel Illarramendi, Carles Cases... solo citando unos cuantos de esta estirpe de creadores de emociones. Pero, ¿a cuántos se les puede poner cara? ¿Cuáles son conocidos más allá de los aficionados o de los cinéfilos eruditos? ¿Cuántas músicas traspasan la frontera del celuloide?
Indudablemente, el número se reduce considerablemente. Hoy es posible que solo Williams y Morricone sean conocidos por la mayoría. ¿Es esto sintomático de algo, de alguna carencia? Ya adelanto que no, que nada tiene que ver una cosa con la otra, porque el objetivo de un compositor de cine no es hacer una música que sea famosa (que las hay, aunque solo sean unas pocas decenas)... su responsabilidad, la que les hace merecedores (o no) del aplauso, es otra.

