No sé muy bien cuando empecé con este blog y, aunque podría averiguarlo con cierta facilidad, de lo que más o menos estoy seguro es que no he escrito sobre ninguno de los rodajes de los cortometrajes que he llevado a cabo, asi que...
Bueno, el proyecto que acabamos de finalizar lleva por título provisional (con casi toda seguridad cambiará) "¿Me perdonas?". Surgió de la necesidad: de volver a ponerme detrás de una cámara, dado que, desde "Dante" no lo había hecho, y eran ya casi 365 días los que habían pasado.
Una mañana, dando una vuelta en bici con mi niña, encontramos un lugar abandonado, semiderruido y con unas posibilidades visuales impresionantes. Por aquel entonces (y actualmente) me encontraba (y me encuentro) en la preproducción de otro cortometraje, de mayor envergadura, y con el que se pretende dar un salto de calidad importante ya que estamos buscando todas las vías existentes para rodarlo en 35 mm. Dado que dicha preproducción avanza a pasos de tortuga (por razones que seguramente explicaré), el impacto visual de dicho caserón abandonado no se me iba de la cabeza, así que un par de noches más tarde me sobrevino una idea a la cabeza, la escribí y a la mañana siguiente estaba otra vez en el susodicho lugar estudiando las posibilidades de llevarlo a cabo.

Era un corto sin mucha dificultad de rodaje, es más, me puse en contacto con dos de mis actores y les propuse rodarle el mismo fin de semana, sin ensayos... tirándonos al río. Pero NUNCA he sabido hacer las cosas de manera improvisada, sin estudiar antes todas las posibilidades, narrativas y técnicas, y cuando me quise probar a mi mismo en esa tesitura, me pusieron en mi sitio: VALLARON TODOS LOS ALREDEDORES DEL CASERÓN; ¿el motivo? Se acercaba la feria. Es la manera que tuvo "algo" o "alguien" de decirme: "Chaval, despacito y con buena letra".
Suspendimos el rodaje y me puse a trabajar en el corto como siempre lo he hecho: currándome hasta el pelo de la barba del actor o el flequillo de la actriz. Me pasé algo más de un mes buscando otro lugar en el que rodar, siempre manteniendo una máxima: ni iba a alterar el desarrollo de la historia, ni su duración (rondando los 5 minutos, por aquello de que en los festivales es lo que gusta), ni la intención inicial con la que nació (basada en la historia, con una planificación visual de peso, y siendo fiel a los personajes que se habían escrito).
Me puse a buscar y encontré un lugar cerca de mi casa, con unas posibilidades únicas, pero no para la historia íntimista que quería rodar (aunque es probable que a no mucho tardar alguna historia caiga por esos lares).

Luego fuimos a visitar un castillo abandonado; también impresionante, pero más para William Wallace que para lo que tenía en mente.

Seguidamente fue una fábrica; acojonante en una palabra, pero el problema estaba en dos puntos: visualmente no tenía el impacto que deseaba y, al estar en pleno centro de un pueblo, el sonido no era el que necesitaba, aislado y dejado del mundanal ruido.

Y por fín apareció; como suele pasar en estos casos, por fortuna, suerte o lo que sea: yendo al curro una tarde, a lo lejos divisé la fachada de una antigua casa; me acerqué con el coche por un camino de tierra y lo ví desde fuera. Parecía totalmente la versión reducida de la casa de Leatherface; entré y flipé.

Visualmente era MEJOR que el lugar original. Me informé sobre la necesidad de solicitar permisos y esas cosillas legales y la cosa mejoró aún más: me dieron luz verde sin problema alguno, solo con la "ligera" advertencia de que había ciertos rumores sobre apariciones en dicho lugar. No me lo estoy inventando, si hasta los de "Cuarto Milenio" estuvieron allí intentando recoger alguna muestra paranormal.

Pero yo no tenía intención de hacer una historia de terror (es un género que ya toqué en su momento y cuya necesidad de repetir ciertos estereotipos me limita mucho mucho), ni pensaba rodar por la noche, asi que... al río.
Ya por aquel entonces había empezado los ensayos con mis dos actores, Gloria Fariñas y Óscar Ibáñez. Con Gloria era la tercera vez que trabajaba, y con Óscar la segunda. Todas las semanas nos reuníamos una o dos veces y realizábamos todas las escenas, con una una única idea en la cabeza: personajes diferentes, con tintes alejados de los que normalmente puedes ver en películas y, sobretodo, trabajados hasta el detalle.

Mientras los ensayos se sucedían, la planificación del guión técnico se cerraba de la manera que siempre he querido rodar pero que tanto me costaba hacerlo: realizando la mayoría de las escenas en un único plano, dos a lo sumo, con lo que se le da todo el peso a las interpretaciones, sin preocuparse por raccords ni elementos técnicos que distraen mi atención de lo que realmente iba a ser importante durante el rodaje: LOS ACTORES.
Durante toda la preproducción mi cabeza se mantuvo lo suficientemente fría como para no jugarme las malas pasadas que me hacía en otros proyectos: dudar de él. Yo soy de los que piensan que hacer cine es como tener una novia/o: tienes que quererlo sin condiciones... el día que ya no lo quieras, que dudes de él, ya no puedes seguir, porque si no te implicas al 100% el resultado te estará persiguiendo toda tu vida. Con este proyecto no me ha pasado, y si en algún momento dudaba de algo era de mi propia capacidad para sacarlo adelante, momentos en los que mi niña me arropaba para hacerme ver todo lo contrario: que podía y que debía hacerlo.
Gracias nenita.
Mañana la producción (o pasado).

