Prólogo
A las 11:35 su reloj se detuvo. Llevaba un par de horas caminando por el bosque, sin rumbo fijo, concentrado en alejarse lo más posible de allí. Sólo el frío le devolvía de vez en cuando a la realidad. Era pleno mes de diciembre y su chaqueta de lana apenas le protegía del gélido aliento de la mañana. Sus pies descalzos estaban empapados por la escarcha de la tierra y, cada vez con más frecuencia, le sobrevenían repentinos escalofríos. Miró hacia arriba buscando algún rayo de sol, pero sólo acertó a ver un capote oscuro que presagiaba una tormente inminente.
Eran las 11:35 cuando todo lo que le unía con el mundo se desvaneció en aquellas manecillas congeladas de su reloj de pulsera. Ellos estaban cerca, lo presentía. No podía detenerse mucho tiempo. Escarbó un pequeño agujero en el suelo, se quitó el reloj y lo enterró. Sobre la improvisada tumba clavó una rama partida en dos. "Es mejor así. Si me atrapan no deben encontrarlo", pensó mientras escrutaba el lugar intentando memorizarlo. Los viejos nogales, alineados en un orden caótico, se mezclaban con el musgo que devoraba los troncos y con alguna roca que peleaba por un resquicio donde respirar. "Bastará con la rama y mi sentido de la orientación", se intentó convencer.
No muy lejos de allí, en el extremo opuesto del bosque, los cerca de cincuenta habitantes de Moliets cayeron fulminados al suelo. La muerte les sobrevino sin previo aviso. A todos al mismo tiempo. El reloj de la plaza mayor marcaba las 11:35.


