Así se llama la ganadora del Oso de Oro de la Berlinale de este año y que, por cierto, tuvo a bien empezar justo cuando yo volvía de Berlín (torpe de mi). Sarajevo en estado puro, más de una década después de la guerra de Bosnia. Si una película puede reflejar la realidad actual de un país es esta. La sensación que transmite es la misma que tuve la fortuna de experimentar en persona allí... una fría calma. Narra la historia de una madre y una hija en un mundo donde la prostitución, las apuestas y los chulos se mezclan con cascos azules y proveedores de ayuda humanitaria que únicamente se ayudan así mismos (y si se tercia a las parientas de los Bosnios o a cualquiera que tenga rasgos eslavos), con mujeres que nunca se recuperarán, niños que nunca vivieron lo que vivieron sus padres y padres que tratan de recuperar su vida a través de sus hijos, dándoles todo aquello que, sin poder permitírselo, ellos nunca pudieron tener.
Y ahora ya pueden ir al frigorífico a por un refresco, al cuarto de baño a hacer sus necesidades o a intimar con sus parejas.

