A modo de introducción: Elías Pérez Seltz, (alias Zambombo) y el Sr. Arencibia acaban de batirse en duelo. El motivo de la disputa es Lady Sylvia. Arencibia, su marido, acepta que Zambombo sea uno de sus infinitos amantes (se la cede en usufructo), pero Zambombo se ha enamorado, y la quiere para sí.
A diez pasos de distancia mutua, Arencibia y Zambombo se detuvieron con las pistolas en las manos.
--¿Ha visto usted? -dijo el marido.
--Sí. He visto -contestó el amante-. Y no me explico este resultado, que haría feliz a un sombrerero.
--Tampoco me lo explico yo.
--Cada vez que iba a disparar mi pistola, le apuntaba a usted cuidadosamente.
--Yo también le apuntaba a usted.
--Sin duda todo ha consistido en la desviación que sufre el tiro de "browning" -observó Zambombo, asimilándose las advertencias que le hiciera momentos antes del duelo Porta y Cubre.
Arencibia plegó los labios.
--¡Pchss! -rezongó-. Lo dudo mucho. No es la primera vez que disparo con "browning" y jamás me ha ocurrido nada semejante.
--Entonces, ¿a qué achaca usted lo ocurrido, al "destino"?
--¿Por qué no? El destino es el editor responsable de cuantas barbaridades realizamos los hombres. Y él ha querido ahora que usted y yo resultemos ilesos. No me extraña. Hace años me predijeron que yo moriría de bronconeumonía.
Y agregó, ofreciendo a Zambombo su pitillera llena de "sossidis":
--¿Un cigarrito?
Esta vez, Zambombo no lo rechazó. Ya no odiaba a aquel hombre. Parecía que las diez detonaciones habían calmado sus nervios.
Seguía adorando a Sylvia; pero dejaba de ver en Arencibia un obstáculo para su amor. Llegó incluso a pretender disculparse con el marido, advirtiéndole:
--Yo sé que mi conducta de ayer fue estúpida, pero estaba tan excitado...
--Su conducta, señor Pérez Seltz, fue lógica; la mía, también -dijo Arencibia-. Usted, al enamorarse de Sylvia ha obrado como un hombre de levadura ingenua, como un hombre de los que tienen ideas generales, oídas a los demás, sobre el amor, sobre la ilusión y sobre la mujer. Yo he procedido como un individuo que tiene sobre eso mismo ideas particulares. Anoche, antes de acostarme, convencido de que en el duelo no iba a sucedernos nada irreparable y suponiendo que usted y yo acabaríamos atacando esta conversación, escribí en una cuartilla el cuadro sinóptico de nuestras divergencias ideológicas.
--¿De nuestras divergencias?
--Sí.
--¿Relativas a qué?
--Relativas al amor, a la ilusión, a la mujer... En el fondo, creo que usted y yo no estamos de acuerdo ni en la fecha del descubrimiento de América. En fin... Vea usted el cuadro sinóptico.
Y Arencibia alargó a Zambombo un papel en el que aparecía escrito lo siguiente:
Ideas de Pérez Seltz:
"La ilusión"
Impulso inmortal de naturaleza desconocida, que nos conduce eternamente en la vida y sin el cual nadie podría vivir, a menos de sentirse extraordinariamente desgraciado.
"El amor"
Sentimiento exquisito inexpresable, absorbente, de naturaleza divina, que nos da la razón de existir, padre de la vida, condensación de toda actividad y de todo goce, luz del mundo, premio, cenit, delicia y tormento del corazón humano por los siglos de los siglos.
"La mujer"
Criatura maravillosa, extraordinaria, colocada en el lugar donde termina el cielo, representación del amor y de la ternura en la tierra; destinada a enflorecer y a engalanar la vida; sellada con el marchamo augusto y sublime de la maternidad; bella, graciosa y en cuyo regazo el hombre puede descansar su cabeza y dormir confiado, lejos de las turbulencias y sinsabores del vivir.
Ideas de Arencibia:
"La ilusión"
Fenómeno óptico, hijo unas veces de la ignorancia y otras de la inexperiencia, a cuyo influjo empezamos a vivir y del cual nos desprendemos más tarde con cierto fastidio.
"El amor"
Máscara grotesca con que se tapa el rostro el instinto; mentira gigante que utiliza la especie para crear nuevos bípedos, hija de la civilización y del afán que tienen los humanos de parecer superiores, que ha complicado e idiotizado la vida de los hombres.
"La mujer"
Criatura vulgar y egoísta, de singular belleza corporal, a quien la bobería de los poetas líricos ha colocado una corona real que le viene ancha. La maternidad no tiene en ella nada de sorprendente, pues da a luz sus hijos y los cría exactamente igual que los demás mamíferos, con la diferencia a favor de éstos de que son irracionales. Cuando el hombre duerme en su regazo, sufre pesadillas.
Después de leer la cuartilla, Zambombo se la devolvió a su rival.
--Lo que ha escrito usted sobre mis ideas es exacto -declaró-. Las de usted me parecen excesivamente corrosivas...
Arencibia le tomó por el brazo y ambos emprendieron despacio el camino hacia el "Cadillac", que a los reflejos del crepúsculo y en la carretera brillaba como una primera tiple.
De pronto, el marido de Sylvia exclamó:
--¿Decía usted que mis ideas son excesivamente corrosivas? Las de usted también lo serán con el tiempo...
Zambombo movió la cabeza en forma dubitativa.
--Lo serán -corroboró Arencibia-, lo serán. Hoy usted tiene ilusiones y cree que sin ellas no podría vivir. Mañana verá claramente que la ilusión no es más que un error poetizado y prescindirá de ella para seguir viviendo. Con el amor le sucederá lo propio. No hay más que un amor: el del padre al hijo. El amor entre hombres y mujeres no es sino un conglomerado de pequeños resortes: el roce de las epidermis, la vanidad mutua, el trato social, la lucha por la vida, la costumbre de verse a diario y un poco de tesón y otro poco de necesidad de hablar con alguien en la cama y en la mesa. El amor es tan necio que debiendo andar por el mundo desnudo se afana por vestirse de púrpura. La atracción de los sexos por orden de la Especie es una verdad; el amor, como sentimiento puro y noble, es una inmensa y desoladora mentira. Yo se lo afirmo.
Fragmento de "Amor se escribe sin hache", por Enrique Jardiel Poncela

