Carta de Enrique Jardiel Poncela a un primo hermano de su madre que reside en Escocia. Está fechada el 3 de agosto de 1930 pero ¿seguimos igual?
LA POLÍTICA EN ESPAÑA
A ROBBIE FLY, en 47, Coward
Road. EDIMBURGO (ESCOCIA).
Madrid, 3 de agosto de 1930.
Mi querido tío Robbie: No sé ya el tiempo que hace que te
debo una carta habiéndote de política. Pero encontrarás
disculpable mi pereza en cuanto sepas que el calor se ha echado
bruscamente encima y nos persigue como si quisiera cobrarnos
una cuenta, matando todo intento de actividad.
Hasta hace poco disfrutamos una época de bochornos
breves, de breves fríos, de lluvias y de temperatura
revueltísima, y, coincidiendo con estos desórdenes atmosféricos,
había gentes que esperaban que viniese la República. Pero, con
inexplicable sorpresa por parte de ellos, lo que ha venido ha
sido el verano. Confieso que no es igual; pero opino que
resultará más beneficioso para la agricultura.
He aquí, pues, el verano, tío Robbie, un verano prematuro,
según es lo clásico, pues en España ni las estaciones, ni los
regímenes, ni los camareros llegan nunca a tiempo, sino que
llegan demasiado pronto o demasiado tarde.
¡Si vieras! Ahora da gusto vivir en Madrid. La Naturaleza es
una sinfonía de verdes brillantes. Los árboles se han vestido sus
mejores hojas y las plantas se han vestido sus flores más
fulgentes. En cuanto a las mujeres, en su afán de llevarle
siempre a alguien la contraria, han hecho al revés que las
plantas y los árboles. Quiero decir que se han desnudado todo lo
posible. Y de esta suerte, nuestros gobernantes, que siempre
han rendido culto fervoroso al eterno femenino, disponen de
magnífica ocasión para proclamar —por ejemplo— en sus
discursos que la mujer española es la más española de todas las
mujeres. ¡Poderosa influencia la que la mujer ha ejercido
siempre en la política de España! No olvidemos aquí la
existencia de una Reina que se negó a mudarse de camisa hasta
tanto que el caballo de Gonzalo de Córdoba no hollase las
callejuelas de Granada, ni olvidemos a las patriotas que
arrastraron cañones en Madrid, Zaragoza y Gerona. Un pie de
nuestra política ha estado siempre apoyado en la mujer, y por
eso, cuando las Cámaras funcionaban —creando verdaderas
tribus de macroglosos—, todos los Presidentes del Congreso y
del Senado que fueron se apresuraron siempre a enviar cajitas
de caramelos a las damas que resplandecían en las tribunas.
Esto quería decir dos cosas: que la política española trabajaba
con el pensamiento puesto en la mujer y que al Congreso y al
Senado se iba a chupar, y así, el que menos chupaba, chupaba
caramelos.
Pero quizás he llegado demasiado lejos y ahora temo a la
crítica de los patriotas.
Porque, políticamente, España es un pueblo patriota.
Acaso aquí no importe ese patriotismo que se basa en
trabajar lo más posible cada uno en su oficio, ese patriotismo
propio de pueblos sin imaginación. El nuestro es un pueblo de
una imaginación frondosísima, donde todo el mundo tiene una
comedia escrita y un libro de sonetos compuesto, y por tanto,
nuestro patriotismo debe de ser otro. Y lo es. Nuestro
patriotismo es un patriotismo político.
Para que adviertas clara la diferencia, tío Robbie, te ilustraré
con un ejemplo. En los pueblos donde el patriotismo se basa en
el trabajo de todos los ciudadanos, cuando dos de éstos se
encuentran en la calle se preguntan:
—¿Qué tal te va? ¿Cómo marchan tus negocios?
Mientras que en los pueblos como España, donde el
patriotismo se apoya en el trabajo de los gobernantes, cuando
dos ciudadanos se encuentran en la calle se preguntan:
—¿Qué tal te va? ¿Qué hay de política?
La política lo ha absorbido todo, lo absorbe todo. Nadie
piensa en esa tontería de engrandecer la nación por su esfuerzo
personal; nadie cree la simpleza de que está en sus manos la
salvación del país duplicando el trabajo en su oficio y
procurando hacer cada vez mejor aquello a que se ha dedicado.
Aquí la salvación y el engrandecimiento se esperan de la
política. Los patriotas españoles, como tienen mucho miedo al
ridículo, no quieren ser actores, sino espectadores. No quieren
actuar ellos, sino ver cómo actúan los demás. Todos creen en la
bondad de lo que no tienen y unos ponen su fe en la República,
otros en el comunismo, otros en un socialismo puro, otros en un
absolutismo. Y cada mañana, mientras envían un recado a la
oficina diciendo que no pueden ir por estar enfermos, los
patriotas piensan, poniendo los ojos en blanco:
—¡Hasta que no venga la República!
—¡Hasta que no venga el comunismo!
—¡Hasta que el socialismo no nos rija! Etcétera, etc.
Por la tarde, los patriotas van al café. Todos los cafés de
España están abarrotados de patriotas. En los cafés es donde
extienden sus viscosas alas los políticos españoles.
Llegan los patriotas, tutean al camarero, piden café y exigen
que se lo echen rebosando. Comentan la temperatura y el clima
y por fin se hacen unos a otros la pregunta asquerosa de
siempre:
—Bueno, señores..., ¿qué hay de política?
Es el momento en que —tras un breve debate— se llega a la
conclusión de que las personas que están al frente del Gobierno
no saben dónde tienen la mano derecha. Da lo mismo que sea
liberal, conservador, amarillo o rojo. ¿Rige el país en aquel
momento? Pues es un grullo. Para corroborar esta opinión, se
habla de políticos muertos —a los que en vida y cuando
estuvieron en el poder se les llamó grullos también e incluso se
les asesinó en plena calle—, y asimismo se saca a colación a los
políticos contemporáneos que se hallan en el ostracismo. Uno de
los patriotas lleva la voz cantante:
—García López... No hay más esperanza que García López.
Y todos asienten:
—Eso, eso, García López.
Sin acordarse de las monstruosidades que, años atrás,
cuando gobernaba García López, dijeron todos en otro café
semejante de García López y de García Sánchez, su respetable
padre.
Un día se grita:
—¡Hay que pegar duro! ¡Esto no lo arregla más que el pegue
duro!
Y eso mismo se grita otro día, y otro y otro. Por fin alguien
empieza a pegar duro. Y se oye gritar en los cafés:
—¡Muy bien! ¡Así!
Pero a la semana justa ya no se grita, sino que se ruge
bajando la voz:
— ¡Esto es una vergüenza! Los pueblos no se rigen con el
látigo. ¿Y la libertad? ¿Y el derecho de gentes? ¡No tenemos
pundonor tolerando semejante cosa!... ¿Qué hace el partido
socialista? ¿Y ese partido socialista?...
Un día, con motivo de una huelga general, algunos
socialistas se lanzan a la calle. Suenan tiros. Crepitan las
ametralladoras en los barrios populares.
Y se oye decir en los cafés:
—Pero ¿usted cree que esto puede resistirse? ¡Andar a tiros
por las calles! ¡Interrumpir la vida ciudadana!... Para venir al
café he tenido que dar un rodeo enorme... ¿Qué es lo que
quieren esos fantasmones de socialistas?
Pero a las cuarenta y ocho horas los socialistas se rinden al
Gobierno.
Y aquella tarde se vuelve a gritar en los cafés:
—¿Eh? ¿Qué decía yo? ¡Son unas liebres! Aquí no hay más
salvación que el comunismo...
* * *
He aquí el módulo de la política española, tío Robbie, en lo
que afecta a la intervención de la opinión pública. Sinceramente,
¿qué remedio le ves tú a todo esto?
* * *
Edimburgo-Madrid.
Querido sobrino: Sólo veo un remedio: cerrar todos los cafés
y abrir todas las cabezas.— ROBBIE.
* * *
Pero tu remedio es casi imposible, tío Robbie. A lo primero
se opondrían los dueños de los cafés y a lo segundo los dueños
de las cabezas. Seguiremos siempre así, ya lo verás. Es la raza.
Un abrazo de tu sobrino.— ENRIQUE