Creo que hablar es uno de los grandes males de hoy día. Sobre todo de las parejas occidentales urbanitas con ciertas inquietudes culturales y/o existenciales.
Se analiza todo demasiado. Se busca la comprensión, la ultra comunicación, la armonía absoluta. Compartamos nuestros problemas, nuestros deseos, nuestros miedos. Vamos a ser maduros, porque eso nos hará más fuertes y llevará la relación a un estado de máxima plenitud.
Y una mierda.
Hurgar sólo sirve para erosionar. Buscar sólo sirve para encontrar cosas que no queremos.
Dejemos de hablar.
Te quiero.
Y yo a ti.
(Hasta aquí deberían durar todas las conversaciones entre una pareja, y luego a follar, o a dormir, o a ver la tele. Pero como después de follar, antes de dormir o mientras vemos la tele es importante mostrar interés por tu pareja… La conversación sigue:)
¿Eres feliz?
¿Qué?
Que si eres feliz.
Feliz, qué palabra más delicada, ¿no?
Yo sí estoy feliz.
¿Ah, sí?
Sí. Soy muy feliz contigo aquí y ahora.
Yo también. (Un beso. Un silencio. Un buen momento -tal vez el último- para parar. Pero…)
¿Aquí y ahora? O sea que hay momentos en los que no eres feliz…
Yo puedo dar mucho más. Puedo darte mucho más. A nuestra relación.
¿Y por qué no lo haces? Porque hay cosas.
¿Cosas? ¿Qué cosas?
Cosas que se pueden mejorar… Siempre hay cosas que mejorar, ¿no?
Sí, supongo. Pues ya está… Pero yo estoy muy bien.
Y yo. (Y como somos todos muy maduros, occidentales y profundos…)
¿Y qué cosas?
¿Qué?
¿Que qué cosas se pueden mejorar?
Pues no sé. Muchas.
¿Muchas? Menos mal que eres feliz…
Pero no te enfades, amor. Sólo estoy siendo sincera. Porque quiero que esto funcione. Para mí es muy importante.
No, si no me enfado. Si tienes razón. Claro que hay cosas que se pueden mejorar. ¿Quieres hablar de ellas, cariño mío?
Claro.
Venga, tú primero.
No, tú, que tienes muchas…
Proyectamos en nuestra pareja nuestras carencias, esperando que las solucione, las cubra. Y a la vez queremos darle lo mismo a cambio. Proteger, proveer, sentirnos importantes, únicos. Crear nexos de unión inexpugnables, tender puentes de comprensión, establecer una base sólida que aguante durante muchos años, olvidándonos que nos movemos en terrenos pantanosos, frágiles, que no soportan tanto peso, ni por supuesto, tanta palabra.
Abogo por recuperar viejas costumbres cada vez más en desuso, como casarse antes de conocerse, comprarse un perro, ir mucho al cine, tener hijos, Porque ya que nosotros no tenemos salvación posible, es nuestro deber repoblar la tierra de seres libres de los traumas que nos generaron nuestros padres. Y enseñarles ya desde muy pequeñitos (que es cuando más y mejor se absorben las enseñanzas) entre potito y potito: Que si ves a tu pareja rara contigo, distante, NO preguntes. Que si cambia sospechosamente sus hábitos cotidianos, sonríe, pero NO preguntes. Que si no quiere follar, ya sabes lo que tienes que hacer, pero NO preguntes. Que si la ves llorar, regálale flores, pero NO preguntes. "Hijo, de mayor ante cualquiera de estas adversidades, tú cierra los ojos, no quieras enterarte, porque seguro que no es nada bueno para ti. ESPERA. Y ya verás, como un día, sin más, tu amor se acurrucará a tu lado en la cama, y te dirá: "Te quiero". Y tú sólo debes contestar: "Y yo a ti". Y nada más, por favor. Entiendes, ¿hijo mío? Y vamos a terminar ya de una vez el potito. ¡Mira, mira, el avión, el avión! ¡Abre la boca, que va a aterrizar…!".
Siguiendo mi habitual costumbre de ser menos original que Michael Bolton, dejo aqui para que lo lea mi primo (es el unico que lo hace) un articulo del pais semanal de hoy, que me ha gustado mucho mucho.
Para acompañar la lectura, puede venir bien babyface con clapton, cambiando el mundo:
Desde un punto de vista emocional, todo lo que una persona no se da a sí misma lo busca en su relación con los demás: afecto, confianza, reconocimiento… La independencia pasa por aprender a autoabastecerse.
Es hora de reconocerlo: por lo general somos una sociedad de “eruditos racionales” y “analfabetos emocionales”. No nos han enseñado a expresar con palabras el torbellino de emociones, sentimientos y estados de ánimo que deambulan por nuestro interior. Y esta ignorancia nos lleva a marginar lo que nos ocurre por dentro, sufriendo sus consecuencias.
Debido a nuestra falta de conocimiento y entrenamiento en inteligencia emocional, solemos reaccionar o reprimirnos instintivamente cada vez que nos enfrentamos a la adversidad. Apenas nos damos espacio para comprender lo que ha sucedido y de qué manera podemos canalizar de forma constructiva lo que sentimos. De ahí que nos convirtamos en víctimas y verdugos de nuestro dolor, el cual intensificamos al volver a pensar en lo sucedido. En eso consiste vivir inconscientemente: en no darnos cuenta de que somos cocreadores de nuestro sufrimiento.
Por el camino, las heridas provocadas por esta guerra interna nos dejan un poso de miedos, angustias y carencias. Y la experiencia del malestar facilita que nos creamos una de las grandes mentiras que preconiza este sistema: que nuestro bienestar y nuestra felicidad dependen de algo externo, como el dinero, el poder, la belleza, la fama, el éxito, el sexo...
ROTOS POR DENTRO
“Sólo si me siento valioso porser como soy puedo aceptarme, puedo ser auténtico” (Jorge Bucay)
Bajo el embrujo de esta falsa creencia y de forma inconsciente, vivimos como si trabajar en pos de lo de fuera fuese más importante que cuidar y atender lo de dentro. Priorizamos el “cómo nos ven” al “cómo nos sentimos”. Y no sólo eso. Este condicionamiento también nos mueve a utilizar mucho de lo que decimos y hacemos para que los demás nos conozcan, nos comprendan, nos acepten y nos quieran. Así es como esperamos recuperar nuestra estabilidad emocional.
Pero la realidad demuestra que siguiendo esta estrategia no solemos conseguirla, y que en el empeño terminamos por olvidarnos de nosotros mismos. Por eso sufrimos. Al ir por la vida rotos por dentro, nos volvemos más vulnerables frente a nuestras circunstancias y mucho más influenciables por nuestro entorno familiar, social y profesional. Lo que piensen los demás empieza a ser más importante que lo que pensamos nosotros mismos.
Al seguir desnudos por dentro, poco a poco nos vestimos con las creencias y los valores de la mayoría, y empezamos a pensar y a actuar según las reglas, normas y convenciones que nos han sido impuestas. A través de este “pensamiento único” es como se consolida el statu quo establecido por el sistema.
LA CARENCIA COMÚN ES INVISIBLE
“Uno es lo que ama, no lo que le aman” (Charlie Kaufman)
A veces nos mostramos arrogantes y prepotentes al interactuar con otras personas, creyendo que esta actitud es un síntoma de seguridad en nosotros mismos. En cambio, cuando nos infravaloramos o nos despreciamos, pensamos justamente lo contrario. Sin embargo, estas dos conductas opuestas representan las dos caras de una misma moneda: falta de autoestima. Es nuestra carencia común. Y a pesar de ser devastadora es prácticamente invisible.
¿Qué es entonces la autoestima? Podría definirse como “la manera en la que nos valoramos a nosotros mismos”. Y no se trata de sobre o subestimarnos. La verdadera autoestima nace al vernos y aceptarnos tal como somos.
La falta de autoestima tiene graves consecuencias, tanto en nuestra forma de interpretar y comprender el mundo como en nuestra manera de ser y de relacionarnos con los demás. Al mirar tanto hacia fuera, nos sentimos impotentes, ansiosos e inseguros, y nos dejamos vencer por el miedo y corromper por la insatisfacción. También discutimos y peleamos más a menudo, lo que nos condena a la esclavitud de la soledad o la ira. Y dado que seguimos fingiendo lo que no somos y reprimiendo lo que sentimos, corremos el riesgo de ser devorados por la tristeza y consumidos por la depresión.
COMPENSACIÓN EMOCIONAL
“Si no lo encuentras dentro de ti, ¿dónde lo encontrarás?” (Alan Watts)
De tanto mirar hacia fuera, nuestras diferentes motivaciones se van centrando en un mismo objetivo: conseguir que la realidad se adapte a nuestros deseos y expectativas egocéntricos. Así es como pretendemos conquistar algún día la felicidad. Sin embargo, dado que no solemos saciar estas falsas necesidades, enseguida interpretamos el papel de víctima, convirtiendo nuestra existencia en una frustración constante.
Expertos en el campo de la psicología de la personalidad afirman que este egocentrismo –que se origina en nuestra más tierna infancia– condiciona nuestro pensamiento, nuestra actitud y nuestra conducta, formando lentamente nuestra personalidad. Así, la falta de autoestima obliga a muchas personas a compensarse emocionalmente, mostrándose orgullosas y soberbias.
Al negar sus propias necesidades y perseguir las de los demás, son las últimas en pedir ayuda y las primeras en ofrecerla. Aunque no suelan escucharse a sí mismas, se ven legitimadas para atosigar y dar consejos sin que se los pidan. De ahí que suelan crear rechazo y se vean acorraladas por su mayor enemigo: la soledad.
En otros casos, esta carencia fuerza a algunas personas a proyectar una imagen de triunfo en todo momento, incluso cuando se sienten derrotadas. Cegadas por el afán de deslumbrar para ser reconocidas y admiradas, se vuelven adictas al trabajo, relegando su vida emocional a un segundo plano. La vanidad las condena a esconderse bajo una máscara de lujo y a refugiarse en una jaula de oro. Pero tras estas falsas apariencias padecen un profundo sentimiento de vacío y fracaso.
La ausencia de autoestima también provoca que algunas personas no se acepten a sí mismas, y se construyan una identidad diferente y especial para reafirmar su propia individualidad. No soportan ser consideradas vulgares y huyen de la normalidad. Y suelen crear un mundo de drama y fantasía que termina por envolverles en un aura de incomprensión, desequilibrio y melancolía. Y al compararse con otras personas, suelen sentir envidia por creer que los demás poseen algo esencial que a ellas les falta.
El denominador común de esta carencia es que nos hace caer en el error de buscar en los demás el cariño, el reconocimiento y la aceptación que no nos damos a nosotros mismos. La paradoja es que se trata precisamente de hacer lo contrario. Sólo nosotros podemos nutrirnos con eso que verdaderamente necesitamos.
LO QUE PIENSAN LOS DEMÁS
“Cada vez que se encuentre usted en el lado de la mayoría, es tiempo de hacer una pausa y reflexionar” (Mark Twain)
Cuenta una parábola que un hombre y su mujer salieron de viaje con su hijo de 12 años, que iba montado sobre un burro. Al pasar por el primer pueblo, la gente comentó: “Mirad ese chico tan maleducado: monta sobre el burro mientras los pobres padres van caminando.” Entonces, la mujer le dijo a su esposo: “No permitamos que la gente hable mal del niño. Es mejor que subas tú al burro”.
Al llegar al segundo pueblo, la gente murmuró: “Qué sinvergüenza, deja que la criatura y la pobre mujer tiren del burro, mientras él va cómodo encima”. Entonces tomaron la decisión de subirla a ella en el burro mientras padre e hijo tiraban de las riendas. Al pasar por el tercer pueblo, la gente exclamó: “¡Pobre hombre! ¡Después de trabajar todo el día, debe llevar a la mujer sobre el burro! ¡Y pobre hijo! ¡Qué será lo que les espera con esa madre!”.
Entonces se pusieron de acuerdo y decidieron subir al burro los tres y continuar su viaje. Al llegar a otro pueblo, la gente dijo: “¡Mirad qué familia, son más bestias que el burro que los lleva! ¡Van a partirle la columna al pobre animal!”. Al escuchar esto, decidieron bajarse los tres y caminar junto al burro. Pero al pasar por el pueblo siguiente la gente les volvió a increpar: “¡Mirad a esos tres idiotas: caminan cuando tienen un burro que podría llevarlos!”.
EL ÉXITO MÁS ALLÁ DEL ÉXITO
“Este gozo que siento no me lo ha dado el mundo y, por tanto, el mundo no puede arrebatármelo” (Shirley Caesar)
Los demás no nos dan ni nos quitan nada. Y nunca lo han hecho. Tan sólo son espejos que nos muestran lo que tenemos y lo que nos falta. Ya lo dijo el filósofo Aldous Huxley: “La experiencia no es lo que nos pasa, sino la interpretación que hacemos de lo que nos pasa”. Lo único que necesitamos para gozar de una vida emocional sana y equilibrada es cultivar una visión más objetiva de nosotros mismos. Sólo así podremos comprendernos, aceptarnos y valorarnos tal como somos. Y lo mismo con los demás.
El secreto es dedicar más tiempo y energía a liderar nuestro diálogo interno. Hemos de vigilar lo que nos decimos y cómo nos tratamos, así como lo que les decimos a los demás y cómo los tratamos.
La verdadera autoestima es sinónimo de humildad y libertad. Es el colchón emocional sobre el que construimos nuestro bienestar interno. Y actúa como un escudo protector que nos permite preservar nuestra paz y nuestro equilibrio independientemente de cuáles sean nuestras circunstancias. Los filósofos contemporáneos lo llaman “conseguir el éxito más allá del éxito”. Dicen que cuando una persona es verdaderamente feliz, no desea nada. Tan sólo sirve, escucha, ofrece y ama.
Podemos seguir sufriendo por lo que no nos dan la vida y los demás, o podemos empezar a atendernos y abastecernos a nosotros mismos. Es una decisión personal. Y lo queramos o no ver, la tomamos cada día.
Desde un punto de vista emocional, todo lo que una persona no se da a sí misma lo busca en su relación con los demás: afecto, confianza, reconocimiento… La independencia pasa por aprender a autoabastecerse.
El genio Woody Allen ha publicado en The New York Times un diario de rodaje que se supone que escribió mientras realizaba la película ‘Vicky Cristina Barcelona’ en nuestro país. Con su acostumbrado tono sardónico y en momentos con humor absurdo, cuenta en “Dear Spanish diary… Love, Woody Allen” (“Querido diario español… Con cariño, Woody”) lo que le ocurrió y lo que se le ocurrió durante el rodaje. He encontrado esta traducción en blogdecine.com (gracias), que según dice, ha tratado de mantener el tono jocoso que le dio Allen intencionadamente. Las partes que otras publicaciones habían dejado fuera –que resulta que eran las más graciosas— también las podréis encontrar aquí:
2 de enero: He recibido una oferta para escribir y dirigir una película en Barcelona. Tengo que ser precavido. España es soleada y a mí me salen pecas fácilmente. Tampoco es que paguen muy bien, pero mi agente me ha conseguido un décimo de cada 1 por ciento de cualquier cosa que saque la película si se consiguen más de 400 millones de dólares después de recuperar la inversión.
No tengo ninguna idea para Barcelona salvo que funcione allí la historia de dos judíos de Nueva Jersey que lanzan una empresa de embalsamamientos por correo.
5 de marzo: Me he reunido con Penélope Cruz y Javier Bardem. Ella es arrebatadora y más sexual de lo que imaginaba. Durante la entrevista, mis pantalones echaban chispas. Bardem es uno de esos actores de genialidad desbordante que claramente necesitan mi mano dura.
2 de abril: Le he ofrecido un papel a Scarlett Johansson. Antes de aceptar, me dice que el guión debe ser aprobado por su agente y más adelante por su madre, con quien se lleva bien. Luego tendrá que aprobarlo el agente de su madre. En plena negociación, cambió de agentes… y después cambió de madres. Tiene talento, pero da mucho trabajo.
1 de junio: Llegué a Barcelona. El hotel es de primera Clase. Les han prometido media estrella para el año que viene siempre que instalen agua corriente.
5 de junio: El rodaje comenzó movidito. Rebecca Hall, aunque es joven y por primera vez tiene un papel importante, tiene peor humor de lo que yo había pensado e hizo que me prohibieran entrar en el plató. Traté de hacerle ver que el director tiene que estar presente para dirigir la película. Pero por mucho que lo intenté, no logré convencerla y tuve que disfrazarme de repartidor de comida para colarme en el escenario.
15 de junio: por fin el trabajo va por buen camino. He rodado una tórrida escena de amor entre Scarlett y Javier. Hace unos años hubiese interpretado yo su papel. Cuando se lo he dicho a Scarlett, ha soltado un enigmático “uh-huh”. Scarlett llegó tarde al set y le he regañado duramente…, explicándole que no tolero retrasos de mis actores. Ha escuchado con respeto, aunque me ha parecido ver que mientras yo hablaba, ella estaba encendiendo su iPod.
20 de junio: Barcelona es una ciudad maravillosa. Se agolpa la gente en las calles para vernos trabajar. Afortunadamente, se dan cuenta de que no tengo tiempo para firmar autógrafos y sólo se los piden a los actores. Más tarde repartí fotos en las que aparezco estrechando la mano de Spiro Agnew y me ofrecí a firmarlas, pero la multitud ya se había dispersado.
26 de junio: Rodamos en la obra maestra de Gaudí, La Sagrada Familia. Estaba pensando que tengo mucho en común con el gran arquitecto español. Los dos desafiamos lo convencional, él con sus diseños sobrecogedores y yo al ponerme un babero para comer langostas en la ducha.
30 de junio: Los “dailies” [visionado del material que se ha rodado cada día] tienen buena pinta y aunque la idea de Javier de rodar una escena completa de invasión marciana con cien extras disfrazados y elaborados platillos volantes no es demasiado buena, voy a rodarla para hacerle feliz y luego cortarla en la sala de montaje.
3 de julio: Scarlett ha venido hoy con una de esas preguntas que hacen los actores. “¿Cuál es mi motivación?”. He dado un respingo: “Tu sueldo”. Dijo que estaba de acuerdo, pero que necesitaba más cantidad de esa motivación para continuar. Como el triple. Si no, amenazaba con largarse. Pensé que era un farol y me largué yo antes. Y entonces se largó ella. Así que nos quedamos muy separados y tuve que gritar para que me oyese. Entonces amenazó con saltar. Y yo salté también. Pronto llegamos a un impasse. Y durante el impasse me fui con mis amigos y todos bebimos y, por supuesto, me endosaron la cuenta.
15 de julio: Otra vez he tenido que ayudar a Javier con las escenas de sexo. La secuencia requiere que él agarre a Penélope Cruz, le arranque la ropa y la viole en el dormitorio. Aunque ha ganado un Oscar, el tío necesita que le enseñe a interpretar pasión. Agarré a Penélope y le arranqué la ropa de un golpe. Pero el destino quiso que todavía no se hubiese puesto el vestuario y que fuese su propio vestido, carísimo, el que había destrozado. Impertérrito, la coloqué delante de la chimenea y me lancé sobre ella. Como es una pícara, se dio la vuelta una décima de segundo antes de que yo aterrizase e hizo que me rompiese un importante diente en el suelo de azulejos. Buen día de trabajo. Podré comer sólidos a partir de agosto.
30 de julio: los “dailies” tienen una pinta genial. No sé si será demasiado pronto para comenzar a hacer publicidad para los Oscar. De todas formas, unas cuantas notas para el discurso de recogida me pueden ahorrar tiempo más adelante.
3 de agosto: Supongo que son gajes del oficio. Como director, uno es en parte profesor, en parte psiquiatra y en parte figura paterna y gurú. No es de extrañar entonces que según avanzan los días Scarlett y Penélope se hayan ido colando por mí. La fragilidad del corazón femenino. Me di cuenta de que el pobre Javier miraba envidioso cómo las actrices me seducían con los ojos, pero le expliqué al chaval que se debería haber esperado el desbocado deseo femenino por una figura cinematográfica, especialmente una que tiene una mirada de desprecio y que se reafirma con frialdad. Mientras tanto, según me acerco al plató cada mañana después de bañarme y perfumarme, entre Scarlett y Penélope se alimenta el arrebato. No me gusta mezclar trabajo con placer, pero quizá tenga que saciar la lujuria de cada una de ellas para poder terminar la película. Puede que me sea posible concederle los miércoles y viernes a Penélope y así satisfacer a Scarlett los martes y los jueves. Como ir aparcando un día a cada lado de la calle. Eso me dejaría los lunes para Rebecca, a la que he parado justo a tiempo cuando se iba a tatuar mi nombre en el muslo. Tomaré una copa con las damas del reparto después de rodar y les indicaré estas reglas. Puede que funcione el viejo sistema de cupones de racionamiento.
10 de agosto: He dirigido a Javier en una escena emotiva. He tenido que leer yo sus frases para que supiese cómo decirlas. Si me imita, bien; pero en el momento en que intenta su propia interpretación, se pierde. Entonces solloza y se pregunta cómo sobrevivirá cuando ya no le dirija. Intento explicarle con educación, pero con firmeza que debe hacerlo lo mejor que pueda sin mí y que debe intentar recordar mis consejos. Sé que le he animado, porque según salía de su caravana, él y sus amigos se estaban descojonando.
20 de agosto: Por tenerlas contentas, hice el esfuerzo de hacer el amor con Scarlett y Penélope simultáneamente. El ménage me dio una gran idea para el clímax de la película. Rebecca no paraba de llamar a la puerta, así que al final la dejé entrar a ella también. Sin embargo, las camas españolas son demasiado pequeñas para cuatro personas, así que, cuando ella se unió, yo no paraba de caerme al suelo.
25 de agosto: Hoy acaba la producción. La fiesta de fin de rodaje, como siempre, es algo triste. Bailé una lenta con Scarlett. Le rompí un dedo del pie. No fue culpa mía. Cuando me echó hacia atrás, le pisé. Penélope y Javier están deseosos de trabajar conmigo otra vez. Les dije que si alguna vez se me ocurre un nuevo guión, trataría de buscarlos. Tomé una copa de despedida con Rebecca. Fue un momento sentimental. Se hizo una colecta entre todo el equipo técnico y artístico y con ello me compraron un boli. He decidido titular la película ‘Vicky Cristina Barcelona’. Los jefazos de la productora han visto los “dailies”. Parece que les encanta hasta el último fotograma y se rumorea que la podrían estrenar en una colonia de leprosos. Se está solo en la cumbre.
Anteriormente ya hablé de Juan Perro y Radio Futura. Corrobora lo dicho entonces la gran actuación encontrada en este impagable documento. La entrevista posterior a la actuación es la prueba de que los prejuicios son el virus de la inteligencia ¡que entrevistador más malo!. Juan Perro vapulea todos sus clichés. Y nos enseña a todos quién es. Un dios entre los perros que adoramos la música. Por cierto, ya que creo que este blog sólo tiene un único lector (o como mucho dos), le mando un mensaje privado: esta canción es igualita que la de fallen, así que a ver si te la aprendes.
Entre pañales y biberones no queda mucho tiempo para este rinconcillo, pero me parecía feo abandonarlo sin más, asi que haremos un sobre-esfuerzo.
Este verano he descubierto a este pedazo de grupo gracias a (como siempre) radio 3. Se llaman clem snide, y su disco "the ghost of fashion" es de lo mejorcito que he escuchado en algun tiempo. Y su directo no esta nada mal, aqui teneis la prueba:
Otra de las pocas cosas que he podido descubrir es
http://www.accuradio.com/
y no tengo palabras... Los que no conocierais esto antes me lo vais a agradecer. Esto del intenné no deja de sorprenderme. Puedes incluso "customizarte" tus propias "emisoras" según tus gustos. Dios existe.
Por último, aqui os dejo el penúltimo artículo que publicó Risto Mejide en ADN antes de las vacaciones. Fiel a su ácido estilo. Me gusta. Tengo escritas algunas reflexiones sobre estos temas y otros mas interesantes que, en cuanto las teclee (si encuentro el hueco) las publico. Besos a todos.
Suicidas a domicilio.
Publicado el 18-07-2008 en ADN
Quién no ha subido nunca a la cornisa de las cosas imposibles. Quién no ha palpado jamás el vacío de un por qué no. Quién no ha sentido el precipicio de las cosas que algún día juró no hacer. Quién no se ha visto en el espejo de un me da miedo, de un ya nos veremos, de un quédate hoy. Que levanten la mano y escondan la piedra. Que madruguen si les ayuda, que Dios les pille confesaos.
Estas letras miopes sobre líneas retorcidas quieren rendir mi humilde homenaje a todos aquellos que alguna vez se han dejado la piel por dejarse llevar, a todos los que mandaron su razón a la mierda y lo hicieron de todo corazón, a los que ya no encuentran porque se lo han buscado, a los que prefieren vivir de esta manera antes que irse muriendo de cualquier otra, a los que eligen desterrarse de toda estabilidad y exiliarse de cualquier cosa parecida a la comodidad. Hedonistas por encargo, suicidas a domicilio, inquietos por vocación. Un ole para todos y cada uno de ellos. Un aplauso de parte de cada uno de mis poros.
A estos inadaptados emocionales sólo les mueve lo que realmente les mueve, sólo lo sienten si no se les hace sentir. Rechazan la continuidad como valor supremo y absoluto, absurda ley que postula que las cosas, con el tiempo, no hacen más que mejorar, enriquecerse y madurar.
Y eso, para los que hacen negocio vendiéndonos un futuro mejor, resulta particularmente incómodo. Iglesia, Estado y grandes corporaciones se enriquecen a base de endiñarnos un mañana muchísimo más prometedor que este ahora, el único que realmente nos pertenece. De ahí que haya que sedarnos con mentiras tan vendibles y eternas como sacrificio, esfuerzo, inversión, pensiones y vida eterna. El sudor de tu frente, el valor del contribuyente, porque tú lo vales. Toma, tú vete haciendo tus insignificantes planes para ser feliz el día de mañana, no se te vaya a ocurrir intentarlo a día de hoy, que eso no computa, no cotiza y lo que es peor, no renta.
Malos tiempos para ser incoherente, impulsivo, espontáneo. No es muy maduro eso de llevarse la contraria a uno mismo. No queda bien intuir en lugar de razonar. No parece inteligente tener corazonadas y sentir en consecuencia. Siempre aparece una Wendy Pan dispuesta a recordarte que igual Nunca Jamás valió la pena. Siempre hay una mirada condescendiente deseándote suerte… otra vez.
Pues mira, tú haz lo que quieras, pero yo me niego. Me niego a que conceptos como pasión, taquicardia y enamoramiento, estén mal vistos sólo por efímeros, transitorios o coyunturales. Me niego a creerme que los que renuncian a ellos y duran mucho tiempo son más felices, ríen más y sufren menos. Que tanto descalabro sentimental a nuestro alrededor igual es síntoma de que hay algo que no funciona. Que el que no engaña, está a punto de hacerlo, y el que no, es porque le da pereza, y que Barbie hace tanto tiempo ya que no lo hace con Ken que hasta se le olvida de fabricarse con vagina.
Como alguien escribió alguna vez, cuando habla el corazón es de mala educación que la razón le contradiga.
El 16 de Julio de 2.008, a las 19:00 se estrenó la mejor película que he visto y veré en mi vida: Le petit Nicolás nació. Sin más. Podría extenderme con mil frases intentando definir lo que he sentido, pero la que mejor lo explica es: se me caen los cojones al suelo al ver a mi niño. He dicho.
Esta es su canción favorita, y la reconoce perfectamente:
Le dedico esta "desiderata" que encontré hace tiempo y me gustó bastante. Si algún día la lee, espero que le guste, e incluso que pueda perdonarme si no he estado a la altura.
DESIDERATA
Escucha entonces la sabiduría del sabio:
“Camina plácidamente entre el ruido y las prisas,
y recuerda que la paz puede encontrarse en el silencio.
Mantén buenas relaciones con todos en tanto te sea posible, pero sin transigir.
Di tu verdad tranquila y claramente;
Y escucha a los demás,
incluso al torpe y al ignorante.
Ellos también tienen su historia.
Evita las personas ruidosas y agresivas,
pues son vejaciones para el espíritu.
Si te comparas con los demás,
puedes volverte vanidoso y amargado
porque siempre habrá personas más grandes o más pequeñas que tú.
Disfruta de tus logros, así como de tus planes.
Interésate en tu propia carrera,
por muy humilde que sea;
es un verdadero tesoro en las cambiantes visicitudes del tiempo.
Sé cauto en tus negocios,
porque el mundo está lleno de engaños.
Pero no por esto te ciegues a la virtud que puedas encontrar;
mucha gente lucha por altos ideales
y en todas partes la vida está llena de heroísmo.
Sé tu mismo.
Especialmente no finjas afectos.
Tampoco seas cínico respecto al amor,
porque frente a toda aridez y desencanto,
el amor es tan perenne como la hierba.
Acepta con cariño el consejo de los años,
renunciando con elegancia a las cosas de juventud.
Nutre la fuerza de tu espíritu para que te proteja en la inesperada desgracia,
No. Adverbio de abnegación. El más completo síntoma de libertad, rechazar con una sola sílaba todas las opciones que se nos han presentado. Patada al brasero, la puta al barranco, hala, otra baraja.
Se pronuncia estrellando todo lo que tengas en la punta de la lengua sobre la zona intermedia entre paladar y paletas frontales, para a continuación dejar que corra el aire a través de la misma boquita de piñón que pondrías si estuvieras chupando algo gustoso.
Ya verás, repite conmigo. No. Otra vez. No. A que parece que no cuesta nada. Hay que joderse.
Nacemos llenos de no. Nuestro primer llanto, si vas a mirar, es nuestro primer gran no. No os conozco de nada. No me toquéis los cojones. No os he pedido que me sacarais. No sé por qué me tratáis así. Y por si alguien se nos despista, siempre hay alguno/a dispuesto/a a pegarte tu primer par de palmaditas en el culete, que en proporción a tu tamaño bien podrían significar el primer par de hostias bien dadas, no fuera a ser que te hubiese gustado la experiencia de venir al mundo y vivieses una bienvenida feliz.
Más tarde, nos da por crecer y nuestro primer banco de pruebas para la negativa privada se instala en el egoísmo infantil. Qué tierno, qué púber. Durante esta etapa, negarse es fácil e incluso inocuo, porque aún no eres nadie. Tan simple y estéril que hasta da cosa negarse. Tú dices no, y prácticamente nada se modifica. Cuanto menos tienes, menos vale cada uno de tus no, porque existe siempre un pues vale del mismo tamaño y velocidad. Esto hay gente a la que le seguirá pasando toda la vida.
Luego decrecen tus ilusiones, enfermas de responsabilidad, y la educación se encarga de ir sustituyendo todos y cada uno de tus noes por estudiados y correctísimos síes. Cada cosa que adquieres, cada compromiso que tomas, se va añadiendo sibilinamente a tu inventario más idiota, el que recoge todos tus venga.
Al final, llega un momento -prontito, muy prontito, por ejemplo hoy- en el que te defines mucho más por las cosas que has rechazado, que por aquellas que decidiste aceptar. Si hay un dato más importante que el número de veces que te has casado, ése es tu número de divorcios que has tenido que costearte. Y hablando de costes, al número de personas con las que te has querido acostar, en algún momento empiezas a restarle el número de personas con las que no te has querido despertar. Y así siempre hasta decir basta, que no deja de ser primo hermano del no.
A lo que iba, creo en el no. Un no de los que duelen porque nos define, nos posiciona, nos hace diferentes, individuales, incrédulos y menos borregos. No creo en el nunca, ni en el jamás, porque incorporan un apéndice temporal que suena mentira podrida, ya sea en pasado perfecto o en futuro condicional. Creo que el tampoco es un no cobarde porque esconde un sí con mono de consenso, creo que nada es un no demasiado grande como para ser real, y creo además que plantearse todo lo anterior puede llegar a resultar tóxico, perjudicial y hasta alto en triglicéridos.
Suerte que siempre acabas llevando a mano el único antídoto eficaz contra tanta sensatez, la única cura indolora contra tanta cordura.
Hablo de cualquiera de tus vale. Hablo de cualquiera de tus sí.
Sobre mi: Hola. Soy un (muy buen) vendedor que toca la guitarra (un poco regular), juega (bastante bien) al tenis, escribe (muy malos) relatos, y ha hecho (pésimos) programas de radio. Según tengo entendido, mi mayor habilidad es que tengo pocos momentos aburridos, algo que pueden disfrutar aquellos que están a mi alrededor.
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