Sobre el Festival de Cine de Locarno

65 edición del Festival de Cine Locarno. Tiene 65 años, la edad oficial de jubilación en España (de momento), pero, aún, así, la cita es muy poco conocida en España y que cuenta poco en el concierto internacional de festivales. Pero cuenta con mucho público. Muchísimo público suizo y críticos de Suiza, del norte de Italia… y un servidor.

La seña de identidad del Festival de Cine de Locarno es la Piazaa Grande, donde asisten unas 7.000 apersonas a las proyecciones. Pero como todos los días hay tormenta y llueve, primero se abren paraguas y luego los espectadores salen corriendo a los autobuses para ver las proyecciones bajo techado.

La Piazza, en realidad, no es tal, sino un trozo ancho de calle, pero no mucho. La Castellana de Madrid o el Paseo de Gracia de Barcelona son mucho más anchos.

Este festival ha servido, tradicionalmente para lanzar a directores a otros festivales mayores, como Berlín, Venecia o Montreal. Pero ahora es a la inversa. De la quincena de realizadores de Cannes vienen aquí.

Lo triste es que, de entre el montón de películas que se han proyectado hasta ahora, solo hayamos visto una absolutamente magistral. Se titula Algunas horas de primavera (Quelques heures de printemps), con un Vincent Lindon que llena absolutamente la pantalla aunque no hable. Y es una historia sobre el derecho a una muerte digna y el suicidio asistido. En Suiza, claro.

Algunas horas de primavera es una magnífica película que puede repetir la historia que ocurrió con otros filmes que salieron de Locarno, como Un funeral de muerte (la buena, no la que hicieron luego los americanos), La vida de los otros o, el año pasado. Monsieur Lazhar.