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Crítica de Cuando dejes de quererme: Intriga en tres tiempos

Valoración de ABCPlay

Le sobran muchos clichés de polis y de los vascos y las vascas

Oti Rodríguez Marchante

Película que se asoma a varios géneros (incluso, que casi lo es, el género hispano argentino), pero que se ve bien reflejado solo en uno: el de la intriga gracias a un ramillete de preguntas que propone el argumento: ¿qué pasó?, ¿quién fue?, ¿por qué lo hizo?… Es un melodrama familiar con los ropajes de un «thriller» y ligeros toques de maquillaje de película romántica. La estructura narrativa es compleja, de tiempo revuelto: arranca con un «flashback» que se olvida hasta prácticamente al final, cuando la historia vuelve a su presente (alguien muere en Buenos Aires, en una cama de hospital, y una joven mira el sobre cerrado que le deja); el relato retrocede hasta que esa misma joven viaja a España, al País Vasco, al pueblo vizcaíno de Durango, donde se revelaran asuntos que pertenecen a otro pasado, otra familia, lo cual exige y facilita un nuevo «flashback» años sesenta, pasiones, traiciones, apuntes de una ETA naciente…

Cuando dejes de quererme

El director, Igor Legarreta, dosifica las intrigas para envolver al espectador en el suspense de unos hechos pasados y de unos amores raros, y en la investigación que se funde con cierto tono de comedia (gran actor Eduardo Blanco) y con una historia casi romántica entre el agente de seguros Miki Esparbé y la sorprendente Flor Torrente. Y también aprovecha Legarreta la atmósfera y el «skyline» de la zona, con el imponente monte Amboto para darle carácter a una historia tristona de unas gentes muy poco alegres. Le sobran muchos clichés de polis y de los vascos y las vascas, pero dónde no
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Crítica de Deber cumplido: El tercer tiempo de la guerra

Tres soldados regresan de la guerra con los cuerpos y las mentes descosidos. Nada que no pasara hace siglos o que no contara hace más de setenta años William Wyler en «Los mejores años de nuestra vida», referencia esencial del cine posbélico que no esconde Jason Hall. El guionista de «El francotirador» adapta esta vez la novela de David Finkel y la ilustra con actores poco conocidos o sacados de contexto, como la cómica Amy Schumer. Su manejo del reparto es eficaz y aporta verosimilitud.

En la puesta en escena, el cineasta no hace alardes. Visto con buenos ojos: se busca los problemas justos, mientras una leve trama de intriga hace llevaderos los traumas de los protagonistas, por lo general abandonados a su suerte y recibidos con la conocida mezcla de indiferencia y menosprecio, aunque sin llegar a fabricar ningún Rambo. Quizá resulte excesivo que en una muestra tan pequeña se acumulen tantos traumas, interiores y exteriores, pero cada uno elige a los protagonistas que quiere y cuenta la historia que le sale del alma. Como innecesaria coartada, la historia está basada en hechos reales y el «tercer tiempo» es a veces el peor en cualquier contienda.

Deber cumplido

La película nos recuerda también –y quizá haga falta– lo mala que es la guerra, sin discursos ni exceso de consignas. Es un buen recordatorio de la paradójica evolución de la humanidad, torpe para resolver algunos problemas básicos pero con una capacidad asombrosa cuando se trata de perfeccionar «el arte de la guerra». Además de matar cada vez mejor, como especie hemos aprendido a dejar unas secuelas tan sofisticadas que no hay sistema sanitario (y menos el de algunos países) capaz de proporcionar alivio.

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El cineasta no hace alardes

Federico Marín Bellón
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Crítica de The Party: Perfectos desconocidos

The Party

Esta es la quinta reseña en pocos meses de una película que si fuera un chiste empezaría, Van cinco amigos o familiares y se juntan para una velada que enseguida se convierte en una tormenta perfecta… Todo empieza en plan amable masterchef cocinando en alegre compañía pero el temporal arrecia pronto con una lluvia de acusaciones, revelaciones, adulterios, cambios de pareja y salidas del armario… Un formato que se antoja antiguo y, desde luego, teatral, este de concentrar conflictos larvados durante años en una unidad de tiempo y espacio perfectamente escénica.

Iba a decir que a lo que más se parecería esto ahora sería a un «reality» pero ya me he desahogado bastante y «The Party» no se lo merece. Es el título más asequible de Sally Potter, que empezó haciendo cine feminista de alta teoría, consiguió adaptar a la Woolf en un «Orlando» a mayor gloria de la androginia de Tilda Swinton y luego… se distinguió sobre todo por su oido para seleccionar la música de sus películas. Aquí su buen oido se amplía para escribir unos diálogos cortantes y brillantes que modulan la cascada de shocks. No vale la pena caer en el spoiler, sólo aventurar que tenemos, seguro, permiso de Potter para reirnos más de una vez de tanta desdicha junta hasta el maravilloso climax final, un gag perfecto: Oscar Wilde lo hacía mejor pero en esta era de «post-humor» aún sorprende la eficacia de la inteligencia para deconstruir un cierto grupo social. Y todavía no hemos empezado a hablar del reparto: en este aquelarre lo mejor son los invitados…

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Tenemos permiso para reirnos más de una vez de tanta desdicha junta hasta el maravilloso climax final

ANTONIO
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Crítica de Black Panther: Un Marvel afroamericano

Black Panther

Película magnífica para respirarla como se respiraban, con una toalla en la cabeza, aquellas ollas de niño que humeaban eucaliptos, aunque aquí en vez de eucaliptos es eufemismos. Superhéroes, afroamericanos al completo, un Shangri La en África como el de Capra, pero en cómic Marvel, realeza, monarquía y tradición, potencia femenina, las drogas naturales, el gran avance tecnológico que no está donde creíamos, sino en el vibranium de la subafricana Wakanda, gran abundancia metafórica solo contrarrestada por el hecho de que aparezca la gran contrametáfora de Andy Serkis a cara descubierta, cosa que no suele hacer.

En fin, una aventura llena de vistosas imágenes, secuencias impactantes de un mundo como imaginado por Tarzán y el Doctor No, y con unos personajes más allá de lo exótico, como el rey T’Challa, su corte de poderosas mujeres (y actrices, Lupita Nyong’o, Angela Bassett, Danai Gurira, Letitia Wright) y ese brujo de la tribu que interpreta, con su ojillo disperso y su convicción habitual, Forest Whitaker. Pero lo mejor, sin duda, son sus villanos, el casi malo Winston Duke y el primo rencoroso Michael B. Jordan. Y que puede darse el caso de que a alguien no le interese el mundo de los superhéroes, ni negros ni blancos, y no le parezca suficiente la profundidad política, ideológica y social de este paseo de Marvel por Wakanda.

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Un Shangri La en África como el de Capra, pero en cómic Marvel

Oti Rodríguez Marchante
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Crítica de La forma del agua: Compasión limpia y sexo turbio

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La apasionada historia de amor está tejida con los mejores hilos del cuento romántico y fantástico

Oti Rodríguez Marchante

De esta película se sale absolutamente empapado, por su forma de gran alberca y por su contenido acuático. Pero, ¿cómo se entra?, desde luego no por las escalerillas de algún borde, sino en plancha, o en «bomba», por su arranque de fábula (voz en off), por su reconocible música de Alexander Desplat, por su estética de un futurismo de anteayer, por ese universo retro y fantástico propio de Guillermo del Toro tan propicio a que otros, como Jeunet, reclamen como «propio», y por esos personajes entre la ingenuidad de «Amélie», la delicadeza de Cocteau y la humedad de alcantarilla. La apasionada historia de amor entre una chica solitaria y muda con un ser anfibio de laboratorio está tejida con los mejores hilos del cuento romántico y fantástico, y con unos nudos de astucia que los atan tanto al cine de serie B de hace más de medio siglo (la atmósfera, el doctor enajenado, el villano extremo y caricaturizado…) como al trasfondo social y «correcto» de nuestro presente (de clase, de sexo alternativo, de respeto «al otro», de multicultura, multiespecie y politeísmo, de comprensión y perversión…).

La forma del agua

En la superficie de la película está la compasión y la relación de amor (y sexo encubierto) entre dos seres atascados en su prisión de monotonía y experimento, pero por debajo, en lo sumergido, en lo abisal, el cuento se adorna con dos personajes positivos excepcionales, su viejo vecino que interpreta Richard Jenkins y su compañera de limpieza, Octavia Spencer, que aporta –sin venir al cuento– los mejores diálogos de la función y una lucidez, gracia y malicia sobre la guerra de sexos que cruza precisamente las líneas rojas que son el fondo ideológico de la historia de Del Toro: compasión, sentimiento, sexo y milagro con «lo otro».

Y se sale absolutamente empapado de «La forma del agua» porque como cuento es adorable, confuso, ni infantil ni adulto. Pero, como realidad es rara y difícil de digerir
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«15:17 Tren a París»: El penúltimo tren de Clint Eastwood

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Tampoco es posible obviar que el reino de Clint ya no es de este mundo

Federico Marín Bellón

Es imposible ver esta película sin recordar (¿añorar?) la carrera y la edad de Clint Eastwood, al igual que algunos no pueden apreciar su obra, gigantesca, velados por sus aficiones bélicas o armamentísticas. La injusticia y la falta de perspectiva impiden a muchos entender que no hay actor más grande detrás de una cámara… con lo que abulta delante. A sus 87 años, el viejo cineasta tiene energía para narrar un acto espontáneo de heroísmo. Su tren a París, quién sabe si el último, contiene escenas a la altura de su talla. Eso es tanto…

Tampoco es posible obviar que el reino de Clint ya no es de este mundo. Aquí filosofa sobre la vida y la muerte. Se pregunta demasiado alto nuestra misión en la Tierra y nos responde que siempre podemos mejorar las cosas, actuar cuando es preciso sin cruzarnos de brazos. Él mismo acierta cuando tiene que narrar con concisión -en una versión terrenal, o menos aérea, del vuelo «United 93» de Paul Greengrass- y divaga cuando no hay un guionista para alegrarle el día. Ahí se le notan demasiado las ganas de dejar un mensaje, cuando su auténtico legado es una filmografía impresionante.

The 15:17 to Paris

En la escritura vuelve a confiar en la guionista de «Sully», Dorothy Blyskal, quien titubea con la estructura, aunque quizá sea una decisión de montaje. El caso es que alguien decidió alterar la narración lineal y «hacer un Iñárritu». Al mexicano le suele salir bien su falta de confianza en el orden natural, pero en el cine de Eastwood, tan cristalino, el invento tiene tanto sentido como colar un alienígena. La cosa es leve, pero lastra el ritmo al principio, por no hablar de su afición woodyallenesca a hacer turismo en Europa. Luego está la dirección fantástica de unos actores que ni siquiera lo son y la magistral manera de colocar la cámara donde menos molesta. Disfruten de lo bueno de Clint, porque no puede quedarnos mucho.

[«15:17 Tren a París»: Un Eastwood de tapadillo
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The Florida Project: Al final del arcoíris

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La grandeza de esta película proviene de haber encontrado un escenario perfecto para constituirse en una metáfora natural

Antonio Weinrichter

Si el mejor cine indie de EE.UU. se define por establecer un «fuera de campo» de la gran industria, la grandeza de esta película proviene de haber encontrado un escenario perfecto para constituirse en una metáfora natural de otro fuera de campo: los moteles que rodean la zona en donde Disney edificó su llamado proyecto de Florida, su campo de sueños, su parque temático de fantasía. Hoy esos moteles baratos (el que ambienta la acción se llama Magic Castle…) no albergan familias felices de camino a Disneylandia sino a un puñado de desheredados del sueño americano; residentes fijos de motel a los que cambian periódicamente de habitación para que no adquieran derechos de residencia como un okupa cualquiera.

Lo dicho, metáfora perfecta y panorama desolador: algunos de esos edificios de chillones colores pastel (la estética Miami más la estética Disney; imaginen) están en ruinas, como una versión pop de esas urbanizaciones abandonadas de nuestra pasada burbuja inmobiliaria. El mérito de Sean Baker (que triunfó con su anterior joya en miniatura, «Tangerine», rodada con… un teléfono móvil) reside en no caer en la pornomiseria, como diría el amigo (e inventor del término) Luis Ospina, ni en el morbo.

The Florida Project

Baker, loado sea «San» Luc Godard, no es Larry Clark ni siquiera Harmony Korine. Los pobres habitantes de este motel son la sal de la tierra, al menos esa pandilla que nos presenta de mocosas asilvestradas de seis años cuyas travesuras pueden ser letales. Pero Baker sabe verlas desde la misma inocencia que ellas conservan intacta y ha tenido la suerte de descubrir en Brooklynn Prince, la protagonista, una mirada al nivel de Ana Torrent o de la Laia Artigas de «Verano 1993».

Generoso, Baker mira con igual falta de moralismo a los adultos –son todas mujeres sin marido– que malcuidan a sus infantes, si bien se reserva un personaje de ángel de la guarda irresistible para el tantas veces inquietante Willem Dafoe. Y nos reserva a nosotros espectadores un final tan emocionante como la canción de «santa» Judy Garland que hablaba de ese arcoíris inalcanzable para estas niñas
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Crítica de El hilo invisible: El buen gusto y el mal sabor

El hilo invisible

Ese hilo fantasma, invisible, al que hace referencia el título se refiere sin duda al que utiliza ese notable director, Paul Thomas Anderson, para coser la relación entre los tres personajes de este relato, un hombre dedicado a su obsesión por la elegancia femenina, su hermana dedicada a limpiarle el camino de impurezas y una mujer que llega al camino para alicatárselo de mundo, demonio y carne. Aparentemente, Anderson propone una panorámica visualmente espectacular sobre la moda de mediados del siglo pasado y sobre los rituales para adornarse por fuera, pero lo esencial, lo mejor de la película, es el modo en que este director tan sumamente malicioso engalana por dentro a sus personajes, y muy profundamente al protagonista, Reynolds Woodcock, de quien conocemos hasta el menor detalle de su personalidad tras el apoteósico retrato que la cámara de Anderson nos brinda como si fuera un pincel: cómo se viste, cómo se peina, cómo mira a «sus» mujeres, cómo persigue lo que quiere y cómo alterna con maestría la distancia larga y corta…, y todo ello volcado sobre la interpretación de Daniel Day Lewis, un actor sublime que vive incrustado en sus personajes como un caracol en su concha y le otorga a este diseñador obsesivo una complejidad y un alma laberíntica que no es nada fácil detectar, entender, con una cabeza en reposo, sin oleajes, y tanto produce irritación, como admiración, como incluso amargor y pena. Pero estamos en una película de Paul Thomas Anderson, ese tipo malicioso que hizo «Magnolia», «Boogie Nights», «Pozos de ambición» o «The Master», y hay que esperar, por lo tanto, que su historia nos provea de al menos una gota de colirio sulfuroso que pique a rabiar y utiliza para ello a los dos personajes femeninos (la hermana, Lesley Manville, tiene un peliculón ella sola), y especialmente el que interpreta Vicky Krieps, la amante, el adorado tormento, ese punto de perversidad, de veneno, que necesita el cine de Thomas Anderson, el ardor entre el frío… Lo justo para voltear todo lo que creíamos haber visto. Mentira: «El hilo invisible» nos cuenta otra cosa, más profunda, más oscura, más temible.

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Voltea todo lo que creíamos haber visto

Oti Rodríguez Marchante
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Crítica de Déjate llevar: Primavera en otoño

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Esta comedieta se sostiene casi exclusivamente sobre el placer de ver a Toni Servillo

Antonio Weinrichter

La comedia italiana que añoramos cada vez que pillamos algún título por azar en algún canal de la «red profunda» dependía sobre todo de sus actores, como la española. Una casta aquella, la de Sordi, Tognazzi, los dos Vittorios y hasta Totó, que ni el poético Moretti ni el cargante Benigni pueden aspirar a renovar. Sí podría hacerlo Toni Servillo, veterano astro de la escena que descubrimos con «La gran belleza» o «Il divo», pero que es capaz de redimir levedades del tipo de «Viva la libertad» o esta otra comedieta que se sostiene casi exclusivamente sobre el placer de verle.

Déjate llevar

Servillo es un psicoanalista que detecta en sus pacientes esa «ausencia estructurante» que les amarga la vida pero no la percibe tanto en la suya propia.

Lo que se cuenta aquí es el proceso por el que recupera el placer de vivir, aun a costa de perder su dignidad de profesional asentado que vive puerta con puerta con una «ex» más cariñosa que muchas legítimas; vamos, que no le va mal del todo. Y decía casi porque hay que mencionar a una estupenda Carla Signoris, la «ex» discreta y elegante hasta en los reproches que lanza al egoísta Servillo. Y, desde luego, a Verónica Echegui que es lo contrario, un torbellino de vitalidad que le remueve los músculos y las telarañas mentales al freudiano. Es un papel tópico de española (como el artículo ese del «Times») pero Echegui, que ya demostró su vis cómica en aquella película del karma (de título demasiado largo para citarlo aquí, que cuenta cada espacio), consigue el pequeño milagro de que no se hunda en el tópico o el desmadre. Lo mismo no puede decirse del argumento de la función
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Crítica de El Cuaderno de Sara: Aventura dentro de la coctelera africana

El cuaderno de Sara

De entrada, esta es una película a la que hay que dedicar una batería de elogios, pues se hace muy evidente los innumerables problemas que su producción y su rodaje le han tenido que ocasionar al equipo técnico y artístico. Los productores, el director y sus actores se merecen, sin duda, un aplauso por empaquetar con profesionalidad e interés una historia filmada en zonas de África, urbanas y selváticas, abiertas como un coco, en las que el guion es un accesorio al que no es fácil verle la utilidad: lo visible, lo real, lo cotidiano, es insuperable. No obstante, hay un guion (y hecho por un reputado guionista, Jorge Guerricaechevarría), una previsión de relato que nos sitúa en una historia de aventuras selváticas, de intrigas familiares y de relaciones extremas: una mujer busca a su hermana desaparecida en la selva y entre las diversas guerrillas que se disputan territorio y la explotación de ese mineral llamado coltán, muy apreciado en microelectrónica… Belén Rueda es una especie de capitán Willard, un extraño que se adentra en ese mundo de locura (el «Corazón de las tinieblas» de Conrad o el «Apocalypse…» de Coppola) tras las huellas del coronel Kurtz, aquí el médico que interpreta Marián Álvarez con menos ínfula y magia que Brando, y ese viaje es la esencia de la película, lo que encuentra, lo que ve, lo que soporta, las mil tragedias que estaban allí antes de que llegara ella y que continuarán después, y acierta Norberto López Amado, el director, al no entretener el viaje (la aventura, la intriga) para reportajear y editorializar sobre ello. Deja que sea su protagonista, una magnífica Belén Rueda, quien asuma los desgastes de la tragedia, que notemos en su progresivo deterioro todo el horror, sin necesidad de subrayados. Y si la película no entrara en algún explicado familiar y evitara alguna persecución y escena de «tiros» y flautas, aún ganaría en verosimilitud.

Valoración de ABCPlay

Una película a la que hay que dedicar una batería de elogios

Oti Rodríguez Marchante
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«Gran Torino» revisa el sueño americano

Gran Torino

Cuatro años después de haber protagonizado la tercera obra maestra de su carrera, «Million Dollar Baby», Clint Eastwood volvió a ponerse delante de las cámaras para sacar adelante una película en teoría pequeña, de escaso presupuesto y que, sin embargo, se convertiría en la cuarta joya de su excelsa corona. Desde el primer fotograma «Gran Torino» deja estupefacto al espectador, al cinéfilo, al aficionado al cine de todo tipo, clase o estrato social. Sin alardes, casi en casa, rodando con su entrañable intimismo habitual, Eastwood forja una película de un pulso firme, una narrativa poderosa y un latido tan fuerte que te deja sin aliento.

La historia arranca en el Detroit de toda la vida, oscuro, sórdido, un barrio invadido por las etnias asiáticas que acaban rodeando a un viejo jubilado, herido de muerte por un cáncer que le devora, y con secretos de una guerra pasada, pero no olvidada, encerrados en un baúl con mil llaves. Walt Kowalski, de origen polaco, es un veterano de Corea al que no le gusta la gente. Es gruñón, odia a los asiáticos que han invadido su barrio de siempre y reniega del mundo. Su familia le da de lado y él tampoco hace esfuerzos para cambiarlo. Solo tiene a su perro, un sacerdote al que da la vara (en una riña dialéctica mutua), un peluquero con el que hace charlas de bar con tono de viejos olvidados por la vida, y su coche, un Ford Grand Torino de valor sentimental incalculable.

La forma, sutil y entrañable, en la que Eastwood da la vuelta a su personaje para convertirlo, sin querer, en un héroe vecinal de todos aquellos a los que odia, es inigualable. Esa transformación liviana, sin prisa pero sin pausa, es un ejemplo para las nuevas generaciones de cineastas de cómo hacer cine de verdad, del clásico, del de toda la vida, filme realizado con poco dinero y mucho, muchísimo talento, manejando los silencios como solo él sabe, como un rugido sordo que se desliza por el ojo del espectador con una intensidad arrebatadora, sublime. El genio en su esplendor.

Un final inesperado, grandioso, astuto y sibilino del gran maestro hace que «Gran Torino» suba al Olimpo de las grandes películas de la década. Rodada en solo 33 días (dos menos de lo previsto) por el siempre veloz Clint, fue la película más recaudadora de su director, pero no por ello de menor calidad que las otras tres perlas de Eastwood («Sin perdón», probablemente una de las mejores películas de la historia del cine; «Mystic River» y «Million Dollar Baby»). «Gran Torino» completa el póquer de uno de los mejores directores que el cine ha visto
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Crítica de Call me by your name: Ensalada de hormonas y frondosidad de emociones

Call Me By Your Name

Aunque narra con enorme acierto visual y grandes dosis de buen gusto una historia de enamoramiento veraniego entre un joven de 17 años y otro algo mayor, de lo que realmente habla la sensual y detallista película de Guadagnino es del voluptuoso torrente de la juventud y de algo realmente profundo y complejo que se traduce en la mejor escena de la película (la que le quita y le pone sentido a la historia) entre padre e hijo, Timothée Chalamet, que es candidato al Oscar por su carnal y pujante Elio, y Michael Stuhlbarg, demoledor en esos instantes de encuentro con su hijo en los que habla con una rotundidad y precisión sobre la vida y tú como no se había visto ni escuchado nunca… Stuhlbarg (quien, por cierto está en tres de las películas candidatas al Oscar, en «Los archivos del Pentágono» y en «La forma del agua» además de en ésta) pasa directamente al pódium de los mejores padres de la historia del cine y disputándole el cajón de arriba a Atticus Finch. Esa magistral secuencia, junto al primer y sostenido plano final de Elio-Chalamet en el que su rostro te cuenta las tres siguientes películas que nadie rodará, hacen de esta historia esa maravilla que te oxigena de arriba abajo.

Es una película larga, contemplativa, que se recrea en los maravillosos paisajes, personajes y localizaciones, que le extrae al guion de James Ivory toda esa temperatura y voluptuosidad que recoge con encanto de cámara Guadagnino. El absoluto centro de observación es el joven Elio, buen lector, magnífico músico y joven al que le cuesta ser él mismo entre el caos hormonal, la confusión emocional y la ensalada de feromonas masculinas y femeninas que tiene alrededor y que forman parte de ese frondoso, aromático, gastronómico y soleado verano italiano. La película habla de atracción, de amor, sí, y de pulsiones eróticas, de ese bucear ya sin apenas aire al final de la adolescencia, de ese estar tan a gusto con nuestras dudas como incómodo con nuestras certezas… Una película que se ha de ver como algo saludable, como si se fuera uno a beber uno de esos «smoothys» de fruta y verdura.

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Profunda y compleja

Oti Rodríguez Marchante
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Crítica de El corredor del laberinto: la cura mortal: Juventud asediada y rebelde

El corredor del laberinto: La cura mortal

Tercera parte de esta serie de películas que se disfrutan más con un ligero bozo que con una barba canosa, y que remiten (¿cómo no?) a un futuro distópico, a una juventud asediada y víctima de una rara enfermedad, «la llamarada», y en la que ocurren «cosas» a tal velocidad que uno se las pierde mientras se mesa la barba (canosa). El arranque es espectacular y te afeita al instante, con una secuencia de tren a toda velocidad que agota ya por completo el cuenco de palomitas. Pues resulta más fácil y cómodo seguir a ese tren desbocado que el hilo del argumento, con planes enrevesados, rescates imposibles, zombis que nos rodean, la búsqueda de un antídoto milagroso… El mismo equipo de guionistas, Dashner y Nowlin, y el director Wes Bell, que han hecho la trilogía entera y, probablemente, lo que le cuelgue (nunca terminan, aunque lo aseguren), consiguen fundir eso tan difícil que es una historia bien boba con un trabajo bien hecho y magníficamente servido, de tal modo que solo al final, o después incluso, te percates de la justita sustancia argumental. Tuvo infinidad de problemas de producción, incluido el grave accidente del protagonista, pero no se notan.

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Una historia bien boba con un trabajo bien hecho

Oti Rodríguez Marchante
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Crítica de Sin amor (Loveless): Pesimismo cruel

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La trama avanza sobre la nieve con pies de plomo, como si temiera resbalar y caerse

Federico Marín Bellón

Entre las candidatas al Oscar en lengua no inglesa destaca esta película rusa, más de arte que de ensayo, dada la contrastada calidad de su autor. Cuenta el doble drama de una pareja: su guerra intestina y su frente común, encontrar al hijo desaparecido tras una de sus insoportables riñas. «Sin amor» es una obra muy de festival -en Cannes ganó el premio del jurado-, de las que recomiendan los críticos. Son cualidades nada desdeñables, pero no garantizan el éxito entre los espectadores «normales», sobre todo cuando la trama avanza sobre la nieve con pies de plomo, como si temiera resbalar y caerse.

Sin amor (Loveless)

El lado bueno de la balanza, que pesa mucho más, es la espectacular caligrafía de su director y coguionista, Andrey Zvyagintsev, conocido por títulos tan destacados como «Leviatán» y «El regreso». Su talla es incuestionable, aunque la forma de contar la crueldad ciega de los padres y el dolor sordo del adolescente puede ser una tortura precisamente por su veracidad, quizá reiterativa. La angustia de la búsqueda es otro ejercicio impecable y que a la vez cala los huesos. El clima pesa demasiado, como el telón de fondo de una Rusia inhóspita. Todo ello se regleja en la historia de principio a fin, hasta llegar a la insatisfactoria resolución de su intriga. Ni siquiera en ese momento decisivo alivia Zvyagintsev el peso del espectador. Un final menos abierto, más decididamente trágico, habría supuesto al menos una liberación, que no concede ni como válvula de escape. Hasta ese punto llega su pesimismo
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Crítica de C’est la vie: Precisión y carcajadas

C’est la vie

Aún más divertida que «Intocable», el gran éxito anterior de Olivier Nakache y Eric Toledano, y mucho más ácida, elaborada y milimétrica. El argumento es algo trillado y pasablemente bueno: la preparación de una boda en un magnífico castillo en la campiña. Pero la construcción de personajes y los distintos tonos y temperaturas en su relación son insuperables, y por ejemplo se nos describen ejemplares de boda cuyo solo recuerdo nos procura las mismas risotadas que durante la proyección, como ese fotógrafo genial y zampón, el cantante orgulloso, el cuñado holgazán, el novio cursi y anormal, su madre con ganas de pelea… una fauna digna del mejor documental de la jungla salvaje, capitaneada por el único ser sensato (o sea, que sabe que es un poco tonto, y no como los otros) de la función, que interpreta con enorme estoicismo Jean-Pierre Bacri. Además de reírse como hiena en tantas ocasiones que dificulta escuchar bien los diálogos enteros, uno puede asombrarse con el control de los tiempos, los movimientos y los momentos entre los personajes, en un perfecto bordado y una sorprendente coreografía en la que cada pieza, guasa, sarcasmo, sentimiento y carcajada, encaja de modo milagroso. Solo hay algo de lo que hay que prevenir al espectador sobre esta película: que no le apetezca troncharse de risa en público.

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Aún más divertida que «Intocable»

Oti Rodríguez Marchante
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Crítica de El pasajero: Liam Neeson lo rompe todo

El pasajero

Es la cuarta película que hacen juntos el director Jaume Collet-Serra y el actor Liam Neeson y, como en las anteriores, uno se sube a ella como a una de esas atracciones de parque a toda velocidad y puro grito. En «Non stop (Sin escalas)» era un avión, y aquí es un tren, pero la intriga, el frenesí, la sensación de encerrona y la imposibilidad de parar son iguales. Liam Neeson empieza siendo un vendedor de seguros y Collet-Serra ofrece una radiografía interesante del «viajero» cotidiano, el que coge siempre y a la misma hora un tren, y muestra ese terreno de la rutina (personas, cruces, saludos, tics…) que tan interiorizado e invisible tenemos todos. Y aparece Vera Farmiga, motivo que por sí solo vale el precio de una entrada, pero es un espejismo: propone toda la carga de inverosimilitud, es decir, lo contrario a la rutina, que tiene la película, se enroca en una propuesta argumental entretenidísima y disparatada, y deja a Liam Neeson para que se coma entero el imparable potaje de la trama. Ya no es un vendedor de seguros, ya es ese tipo terco y bruto con el que no conviene coincidir en un lugar cerrado, aunque aquí se muestre algo más vulnerable. Técnicamente, es un completo alarde de ritmo, cámara y acción, y hay momentos más allá de lo espectacular, y solo precisa de la colaboración del espectador (el tipo quisquilloso de los ¿y por qué tal?, ¿y por qué cuál? sobra si uno quiere pasárselo bien) para cumplir su función al cien por cien. De acuerdo, el cine de Collet-Serra y Liam Neeson tiene mucho de fórmula, pero la Coca Cola también.

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El cine de Collet-Serra y Liam Neeson tiene mucho de fórmula

Oti Rodríguez Marchante
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Critica de 120 pulsaciones por minuto: Amor en tiempos de plaga

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Hablan mucho, porque es una película -en este sentido- muy francesa y cómo les gusta oirse

Antonio Weinrichter

Esta película, premiadísima desde que empezó su andadura en Cannes, no acaba de parecerme a la altura de su reputación. Sospecho que en parte la tiene por la seriedad de su tema: el sida en los tiempos en que se consideraba una forma de peste y se asociaba con lo que se denominaban grupos de riesgo que a su vez quedaban «contaminados» por el estigma social.

Para combatir este mortífero círculo vicioso se formaron colectivos como el de la película. Ciertamente las primeras secuencias que muestran una «acción» y una reunión posterior del grupo, y de paso sirven para introducir a los personajes principales, tienen una urgencia y una precisión admirables; y saben retratar el idealismo tajante de la figura del joven activista y la concienciación del recién llegado.

Pero luego las reuniones y las acciones se suceden. Y hablan mucho, porque es una película -en este sentido- muy francesa y cómo les gusta oirse; y es lo que se hace en las reuniones, debatir a muerte. Pero el mundo asambleario sólo interesa a sus integrantes, no produce buen cine, o no durante tanto tiempo.

120 pulsaciones por minuto

En una película de dos horas y media, la primera escena no coral llega al terminar la primera hora. A esas alturas, el amor apasionado entre dos activistas no produce una identificación profunda en el espectador. Una relación condenada, por motivos que pueden imaginar, pero que no consigue el patetismo de las primeras películas contemporáneas del sida, obras que fundaron el «queer cinema» hace treinta años como «Compañeros inseparables» o «Miradas en la despedida&raquo
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Crítica de Plan de chicas: Black is beautiful

Valoración de ABCPlay

Lo mejor: Tiffany Haddish, que vendría a ser lo contrario de Audrey Hepburn

Antonio Weinrichter

Nadie piense que esta es una buena película; pero puede resultar más interesante que otras mejores, a quien le interesen los llamados estudios culturales (el contexto más que el texto de una película) y, sobre todo, a quien arrostrara el desprecio de cinéfilos serios por disfrutar con La boda de mi mejor amiga» o «Romy y Michele». En el fondo ambas razones convergen: hay toda una generación de grandes payasas (razón segunda) salidas de la tele como Kate McKinnon o Kirsten Wiig a las que solo les faltaría… hacer una película decente alguna vez. Mientras tanto propician (razón primera) un nuevo cine de/para mujeres, incluso con remakes de películas muy de colegas como la reciente versión «todo-chicas» de «Los cazafantasmas».

Plan de chicas

Aplicando la teórica al caso que nos ocupa: «Plan de chicas» entra de lleno en el masculino terreno del subgénero «resacón en…» con chistes escatológicos de no creer y un tono general de grosería que confirma nuestras peores sospechas sobre lo que pasa en las despedidas de soltera; además, transcurre en Nueva Orleans en el marco de un evento real, el Essence, un curioso retrato de cómo se ve a sí misma la cultura afroamericana.

Y, de final, lo mejor: Tiffany Haddish. Las otras actrices están bien pero todas, incluso la opulenta reinona Latifah, se hacen a un lado para que este incandescente ciclón negro con nombre de joyería famosa, y que vendría a ser lo contrario de Audrey Hepburn, se luzca hasta convertirse en una de las revelaciones de la temporada
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Crítica de Plan de chicas: Black is beautiful

Valoración de ABCPlay

Lo mejor: Tiffany Haddish, que vendría a ser lo contrario de Audrey Hepburn

Antonio Weinrichter

Nadie piense que esta es una buena película; pero puede resultar más interesante que otras mejores, a quien le interesen los llamados estudios culturales (el contexto más que el texto de una película) y, sobre todo, a quien arrostrara el desprecio de cinéfilos serios por disfrutar con La boda de mi mejor amiga» o «Romy y Michele». En el fondo ambas razones convergen: hay toda una generación de grandes payasas (razón segunda) salidas de la tele como Kate McKinnon o Kirsten Wiig a las que solo les faltaría… hacer una película decente alguna vez. Mientras tanto propician (razón primera) un nuevo cine de/para mujeres, incluso con remakes de películas muy de colegas como la reciente versión «todo-chicas» de «Los cazafantasmas».

Plan de chicas

Aplicando la teórica al caso que nos ocupa: «Plan de chicas» entra de lleno en el masculino terreno del subgénero «resacón en…» con chistes escatológicos de no creer y un tono general de grosería que confirma nuestras peores sospechas sobre lo que pasa en las despedidas de soltera; además, transcurre en Nueva Orleans en el marco de un evento real, el Essence, un curioso retrato de cómo se ve a sí misma la cultura afroamericana.

Y, de final, lo mejor: Tiffany Haddish. Las otras actrices están bien pero todas, incluso la opulenta reinona Latifah, se hacen a un lado para que este incandescente ciclón negro con nombre de joyería famosa, y que vendría a ser lo contrario de Audrey Hepburn, se luzca hasta convertirse en una de las revelaciones de la temporada
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Crítica de Zama: Impresiones de Colonias

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Nadie en su sano juicio dirá al salir: «¡Qué divertida es la película de Lucrecia Martel!»

Oti Rodríguez Marchante

La obra de Antonio Di Benedetto, hombre de letra compleja e idea recóndita que fascinó a lectores y escritores, de Borges a Coetzee, encuentra en la mirada de cineasta compleja y recóndita de Lucrecia Martel un modo más o menos desordenado y sugerente de establecerse en la pantalla.

Zama

Como película enmarañada que es, se hace necesario darle mucha importancia a lo hipnótico y fascinante de su aparato audiovisual, que nos cuenta algo de la vida de Don Diego de Zama, funcionario de Indias a la espera de un traslado, un cambio de colonia (finales del XVIII) o de perfume, presentado con aroma de cine profundamente figurativo pero profundamente desfigurado en su cruce de espacio y tiempo: esa vindicación de la huida, o de la espera insoportable, se cuenta en varios tiempos que hay que «localizar» por los cambios de personajes o los sufridos en el físico de su protagonista, un realmente esforzado Daniel Giménez Cacho.

Lo que pretende Lucrecia Martel no es contarnos a Diego de Zama, sino meternos dentro de él, de su aburrimiento, desesperación, paranoia, en fin, sus cosas…, lo cual conviene saber que no es precisamente «entretenido» o «interesante» (nadie en su sano juicio dirá al salir: «¡Qué divertida es la película de Lucrecia Martel!»), pero sí tiene esa punta de lápiz de colores que a cierto tipo de cinéfilo le gusta mordisquear. Quiero decir, que igual se pierde una obra maravillosa que no olvida nunca o se mete usted a ver un tostonazo del que no se recupera en días
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