Marilyn Monroe: la rubia más universal

«¿Dónde está el bourbon?». Nadie lo habrá preguntado tantas veces como ella. Billy Wilder le mandó repetir la frase cincuenta veces, hasta que logró pronunciarla correctamente. El récord no la acredita como la mejor actriz que ha engendrado el séptimo arte, pero basta mirar para ver una sensualidad nunca antes –ni quizá después– exhibida en pantalla. Marilyn Monroe seducía a la cámara con descaro, y hacía temblar a los directores. De hecho, solo Wilder le dio una segunda oportunidad: «La tentación vive arriba» (1955) y «Con faldas y a lo loco» (1958). Norma Jeane Mortenson, posteriormente Norma Jeane Baker y más conocida por su nombre artístico Marilyn Monroe, vino a su mundo en Los Ángeles en 1926. No fue precoz. Hasta el 27 de mayo de 1949, no pasó de ser un nombre pequeño en los títulos de crédito de películas como «Las chicas del coro» o «Amor en conserva» de los hermanos Marx. La vida de esta aprendiz de actriz, que rozaba en ese momento los 23 años, estaba más llena de penurias que de certezas económicas. Unas vacas flacas que la llevaron a aceptar la oferta del fotógrafo Tom Kelley para posar desnuda a cambio de 50 dólares. La única condición que puso es que no fuera reconocible. Hoy, aquella imagen la reconoce el mundo entero. Pudo haber sido el final de una carrera agotada en la mediocridad, pero fue la erupción del mayor icono sexual del siglo XX. Los 50 dólares de aquel posado por necesidad pasaron a ser, dos años después, 5.000 en el bolsillo del fotógrafo Kelley, que vendió las imágenes del desnudo para ilustrar un calendario de 1952. El almanaque, que recibió el nombre de Golden Dream (Sueño Dorado), fue un éxito rotundo del que se vendieron nueve millones de ejemplares. Por aquel entonces, mitad de siglo, Marilyn Monroe empezaba a ser famosa gracias a sus papeles en «La jungla de asfalto», «Eva al desnudo» o «Divorciémonos». El rumor de que la protagonista del almanaque era ella corrió como la pólvora. Y supo sacarle partido, como se lo sacaba a su geometría. Su vida fue una montaña rusa, un constante, y abrupto, altibajo en sus peripecias personales y su filmografía. Tres matrimonios –Jim Dougherty, Joe DiMaggio y Arthur Miller–, relaciones amorosas escandalosas con los hermanos Kennedy (el presidente John y su hermano Bob) y el internamiento en un centro psiquiátrico hicieron de ella un juguete roto. Fallecía el 5 de agosto de 1962 por una supuesta sobredosis de barbitúricos mientras rodaba «Something’s Got to Give». A la chica del calendario le faltó tiempo.
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