«En la guerra, solo las mujeres y la rutina hacen que perdure la humanidad»

El cine ha contado la guerra desde mil ópticas diferentes: con la épica de los vencedores o con el dolor de los vencidos, con la cámara entre las balas que silban en el frente o desde el despacho donde se dan las órdenes; incluso Nolan fue más allá y rodó el paso del tiempo en la mente de los soldados que luchan –o huyen– por tierra, mar y aire en «Dunkerque». No tenía un reto fácil el veterano cineasta belga Philippe Van Leeuw para contar un conflicto tan intoxicado desde los medios como el sirio. Así que su propuesta fue «desnaturalizarlo», llevar el salón de cualquier casa de Europa a un barrio de clase media de Alepo o Damasco, y descubrir que lo único que puede frenar la degradación que supone una batalla de desgaste es una madre y el tedio de la falsa normalidad:«En una guerra, solo las mujeres y la rutina hacen que perdure la humanidad», reveló el director de «Alma Mater» en su visita a Madrid para presentar el filme, que se estrena este viernes. En realidad, lo que hace Van Leeuw no es nuevo –«Clash» contó los disturbios del golpe de estado en Egipto sin salir del interior de un furgón policial– pero lo hace con un alegato por la vida ante la sombra permanente de la muerte que hace que todo brille bajo el polvo de los escombros. Botín de guerra La familia protagonista, encabezada por la epatante Hiam Abbass, es la última que resiste en un edificio que apenas conserva el esplendor de lo que algún día fue. Los pisos vacíos los ocupan a veces soldados –¿amigos, enemigos? No importa en realidad– que disparan a los francotiradores de otros bloques. En el interior, con las persianas echadas, además de la madre y sus tres hijos, está el abuelo, una vecina con su bebé y la asistenta. La batalla de la madre es por la rutina, por no perder la trinchera de la normalidad frente a la barbarie, a la que combate con rigurosos horarios de comidas y de higiene, y racionando las horas de televisión, radio e internet. «No quería que fuera una familia demasiado rica o pobre, su apartamento es tan normal como el que puedes tener tú en España o yo en Bélgica. Incluso la música es actual porque no quería nada exótico: buscaba mostrar una intimidad reconocible», desgrana el cineasta. En ese sentido, hay que fijarse en la aparición de Dios en una guerra en la que la religión ha tenido su impronta.Ninguna de las protagonistas luce el velo árabe, y solo se evoca a Dios como cualquiera lo haría un viernes de abril de camino al trabajo. Tan solo una vez, la joven vecina aparece con la cabeza cubierta cuando sostiene a su hijo en brazos en una imagen que recuerda a la Virgen de las Angustias. «A mí me educaron los Jesuitas, y hay cosas interiores de las que uno no se puede desprender», responde con humor Van Leeuw, que concluye: «Reconozco que no es una película fácil para decidir ir a ver, pero en festivales la gente me dio las gracias por mostrar algo con lo que se pueden identificar, porque esa gente no solo no es diferente de nosotros, sino que podemos ser como ellos».
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