Alfred y Amaia, la historia de amor de OT 2017 que une a España

El amor ha cambiado. Al menos, la visión que la televisión quiere vendernos sobre el tema, pervirtiendo la conquista, las miradas, por el puro espectáculo. Estamos acostumbrados a que los realities se apropien de esa idea de la pasión fugaz, del todo o nada y más ahora, de los edredoning... pero hay mucho más detrás. Operación triunfo TVE ha demostrado con OT 2017 cómo manejar un talent musical. No banalizan la idea del amor, frívola en otros programas similares. El concurso de la cadena pública conoce sus prioridades, se limita en sus galas a resumir los ensayos de los concursantes, mostrando el esfuerzo semanal por hacer suyo un tema del que serán evaluados. Pero no descuida la otra cara, sin explotarla. Es inevitable que al reunir a un puñado de jóvenes en una casa, la Academia, salten las chispas, pero no se pervierte el formato, que sabe dar a cada cosa la importancia que merece. Muchos esperan cada gala de Operación Triunfo para ver si los vídeos muestran la química entre algunos concursantes, para seguir sus historias, para trascender la pantalla. Pero OT contiene las ganas de los espectadores. Lo hace con su canal 24 horas, donde suelta píldoras para los que prefieren lo personal y no tanto el canto. La historia de amor de esta edición de OT 2017 es la de Alfred y Amaia; una en la que los besos se ausentan o no se ven, pero sí lo hacen las miradas. Puede haber sido un producto deliberado de la cadena, que sabe cuándo y dónde sacarlo partido. Pero el feeling evidente entre los dos jóvenes concursantes es un hecho desde que se sentaron en un piano y lo tocaron a cuatro manos, desde que enamoraron a España con la mejor actuación de la historia de Operación Triunfo, desde que se escriben notas y se comen con los ojos, y sonríen, cómplices. Desde que reinventaron el amor millennial, apresurado, por la tensión, regodeándose en una perpetua pausa. Lo que no suele mostrar la televisión, rendida al espectáculo y al share, es la previa, la conquista. Las ganas. Es vivir esperando un beso que puede que no llegue, y hacer que los testigos contengan en aliento como ellos, con cada acercamiento. TVE ha sabido ponerse en la piel de sus protagonistas, tomando distancia y acercando posturas; jugando, como ellos, inocente. Ya no importa tanto materializar ese amor, o desvelarse por ese juego en el que un par de ciegos juegan a hacerse daño; importa el cómo más que el cuándo, el proceso. Y las miradas.
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