«La fábrica de nada»: Así es la película consagrada por el Festival de Cine Europeo de Sevilla

«La fábrica de nada» se ha convertido en una de las películas más sorprendentes que se han dejado notar este año en festivales como el de Cannes, donde ganó el premio de la Federación de Críticos y provocó siete minutos de aplausos, o el de Sevilla, que la acaba de consagrar como mejor cinta europea. Desde Portugal con grandes dosis de originalidad, así es la propuesta de Pedro Pinho, un director nada convencional que pulveriza las barreras entre géneros. El mensaje, múltiple pero directo, se transparenta gracias a un arranque de «thriller», un viaje por la ficción o por el documentalismo y un aderezo que incluso bebe del musical. Nada usual, por tanto. Como tampoco lo es su duración: tres horas, que no le han impedido subyugar al público de Lisboa y Oporto en los dos meses que hace de su estreno comercial al otro lado de la frontera. Estamos ante un largometraje colectivo, basado en la pieza homónima de la autora holandesa Judith Herzberg y escrito por el propio Pinho en colaboración con el equipo de guionistas formado por Luísa Homem, Leonor Noivo y Tiago Hespanha, con el dramaturgo Jorge Silva Melo poniendo el contrapunto más abiertamente teatral. El rodaje transcurrió en una fábrica ubicada a las afueras de la capital portuguesa (concretamente, en Póvoa de Santa Iria, a unos 20 kilómetros de la ciudad), en una zona deprimida desde el punto de vista económico, como demuestra el hecho de que solo subsistan 17 de las 50 factorías que existían con anterioridad. Ahí se alzan como protagonistas los operarios, mientras la música con aire post-rock sobrevuela la sucesión de escenas deudoras de la autenticidad más callejera. José Smith Vargas, Carla Galvao, Njamy Sebastiao, Joaquim Bichana o Hermínio Amaro son algunos de los actores no profesionales que brillan en esta modesta producción, sustentada en la imaginación y en la ausencia de prejuicios para ofecer un mosaico contemporáneo de las dificultades del trabajo moderno. Las frases de denuncia se van sucediendo, con la diáfana vocación de concienciar al espectador partiendo de un estilo que a veces recuerda a Michael Moore, aunque sin concesiones a la obviedad antirrepublicana. Avanza el filme, y las palabras se revelan como el arma de lucha: «El capitalismo existe para producir beneficios», «el lucro no es más que una parte del valor, producido por el trabajo humano», «las máquinas no crean valor», «toda la evolución tecnológica tiende a sustituir el trabajo por las máquinas», «desde los inicios del capitalismo, esa es su evolución, que adquirió proporciones gigantescas en las últimas décadas». Más mensajes para la reflexión: «Esa es una contradicción de la cual no salimos», «ninguna estrategia capitalista puede, verdaderamente, resolver este problema». No tiene intenciones propagandísticas esta película distinta. ¿O sí? Tal vez algunos puedan pensarlo, aunque sus hechuras rabiosamente contemporáneas pretenden poner el foco más en la renovación del lenguaje cinematográfico. Porque el director de «La fábrica de nada» lo tiene claro: «Hay un cine que se constuye, un lenguaje que se construye a partir de una producción limitada». Pedro Pinho, saludado como punta de lanza del nuevo cine portugués, ha declarado también: «La factoría en la que filmamos cambió su sistema organizativo y su estructura varios meses después de la Revolución de los Claveles. Corría el año 1975 cuando lo hizo y la fórmula estuvo en funcionamiento de ahí hasta 2016, cuando la fábrica ceró definitivamente sus puertas». Esa fórmula no era otra que la autogestión, a la que los empleados se aferran en la pantalla con tal de conservar su trabajo. Porque ahí radica la defensa fundamental que proclama el filme: realizar una tarea es un derecho del hombre y todo el mundo debería poder acogerse a él sin problemas, sin cortapisas, sin presiones. «La fábrica de nada» subraya que la producción fílmica en el país vecino apenas puede disfrutar de presupuestos ajustados, pero el ingenio desbordante no se le puede negar a Pinho. Ni tampoco a otros representantes del séptimo arte en el Portugal de hoy, surgido después de la petición de un rescate al Fondo Monetario Internacional en 2011. Ahí están, para confirmarlo, directores como Miguel Gomes, cuya película triple «Noches de Arabia» asombró en Cannes hace dos años, o Joao Pedro Rodrigues, igualmente adscrito al «crossover» de géneros en su aclamada «El ornitólogo», una suerte de «western» pasoliniano en absoluto convencional. Hoy es Joao Botelho quien despunta igualmente con «Peregrinación», ambientada en la historia de Fernao Mendes Pinto en 1537: un peregrino, un embajador, un soldado, un esclavo, un aventurero que partió hacia la India en busca de fama y fortuna. Tampoco puede olvidarse a Marco Martins, quien había alzado su voz con la bucólica «Alice» y después se pasó a una especie de neorrealismo del siglo XXI a través de «San Jorge», saludada con vítores en el Festival de Venecia el año pasado.
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