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El señor Polizzi, vestido de amarillo de pies a cabeza, brazos y prorrumpió en exclamaciones entusiastas. Era un hombre de poca estatura, cuyo rostro lleno de granos, cuya nariz respingona, cuya barbilla saliente y cuyos ojos redondos formaban una fisonomía extraordinariamente expresiva.
Me llamó excelenica, me dijo que señalaría aquella fecha con piedra blanca y me invitó a sentarme. El aposento donde nos hallábamos le sería, a la vez de cocina, de salón , de alcoba, de estudio y de bodega. Allí había hornillos, una cama, lienzos, una caballete, botellas de vino y pimientos colorados. Dirigí una mirada a los cuadros que cubrían las paredes.
- ¡ Las artes, las artes¡- exclamó el señor Polizzi alzando nuevamente los brazos al cielo -. ¡Las artes¡ ¡Cómo dignifican y consuelan¡ Soy pintor, excelencia.
y me enseñó un San Fracisco que no estaba terminado y que hubiera podido seguir de aquel modo sin prerjicio del arte ni del culto. Luego me mostró alguans cuadros antiaguos de mejor escuela, pero que parecían restaurados con bastante indiscreción.
- Restauro cuador antiguos - me dijo -. ¡Oh, los maestro antiguos¡ ¡Qué alma, qué genio ¡
- ¿Es usted a un tiempo pintor anticuario y negociante en vinos?
- Para servir a su excelencia re respondió- . En este momenteo tengo un verdadero céctar, cada una de cuyas gotas es un perla de fuego. Quiero que su señoría lo pruebe.
- Me agradan los vinos de Sicilia - respondí -; pero no es eso lo que aquí me trae.
Él - ¡Será un asunto relacionado con la pintura? ¿Es usted aficionado. Me propociona una alegría inmensa recibir a los amantes de la pintura. Voy a enseñarle la obra maestra de Monrealesse, si, excelencia, ¡su obra de la escuela siciliana¡
Yo - Veré con gusto esa obra; pero hablemos antes de lo que principalmente me interesa.
Sus ojitos vivarachos se fijaron en mi con curiosiodad y me angustió cruelmente edvertir que ni siquiera sopecha el objeto de mi visita.
Muy turbado, y sientido que se me halaba el sudodr de las frente, mascullé con tono lastimero una frase muy semejante a ésta.
- Vengo ex profeso de París para informarme acerca de un manuscrito de La leyenda dorada que usted me ofreció.
Al oír aquellas palabra levantó los brazos, y abrío desmesuradamente las boca y los ojos con señales de las más viva agitación.
-¡Oh¡ ¡el manuscrito de La leyenda dorada. Unas perla, excelencia, un rubí, un diamante. Dos miniaturas tan encantadora como dos rincones del paraíso. ¡Qué suavidad¡ Su colorido, solamente comparable al de las flores mas bellas, endulz alos ojos. ¡Julio Clovio no la hecha nada mejor¡
- ¡Enseñemelo ¡ - dije sin poder disimular mi inquietud ni mi esperanza. 

