Sidney Sheldon
Filmografía de Sidney Sheldon
A cara descubierta 1984, Guionista
Lazos de sangre 1979, Guionista
Todo en una noche 1961, Guionista
La reina del Oeste 1950, Guionista
Desfile de Pascua 1948, Guionista
El solterón y la menor 1947, Guionista
The Sands of Time.
Traducción: Rosa S. Gcorgatelli.
Como las demás obras de Sidney Sheldon, las arenas del Tiempo es un relato trepidante que ha tenido un extraordinario éxito de ventas en Estados Unidos y otros muchso países. Ahora, "Plaza$Janés" debe señalar que la España descrita en las páginas de esta novela tiene muy pocas semejanzas con el país actual. El autor demuestra tener un conocimiento demasiado superficial de nuestra historia y problemas auténticos. Se trata, en definitiva, de una ficción destinada a entretner al lector.
Nota del autor.
Esá es una obra de ficción. Y sin embargo....
La romántica tierra del flamenco y Don Quijote y las eñoritas de aspecto exótico con peinetones de caparazón de tortuga en el cabello es tambien la tierra de Torquemada, la Inquisición española y una de las guerras civiles más sangrientas de la Historia. Mas de medio millón de personas perdieron la vida en las batallas por el poder entre los reublicanos y los rebeldes nacionalistas en Espña. En 1936, entre febrero y junio, se cometieron doscientos setenta y nueve asesinatos políticos, y los nacionalistas ejecutaban republicanos a un promedio de mil por mes, sin permitir ningún duelo. Se quemaron hasta los cimientos ciento sesenta iglesias y se retiró a la fuerza a las monjas de los conventos, "aunque" - escribió el duque de Saint- Simon refiriéndose a un conflicto anteriro en tre el Gobierno español y la Iglesia- eran postritutas en un burdel". Se saqueaban las oficinas de los diarios, y las huelgas y los disturbios eran endeémicos en todo el país. La Guerra Civil culminó con una victoria para los nacionalistas a las órdenes de Franco, después de cuya muerte España se conviertió en monarquía.
La Guerra Civil, que se prolongó desde 1936 hasta 1939, quizá haya termindo oficialmente, pero las dos Españas que la libraron nunca se reconcilaiaron. Hoy otra guerra contiúna asolando a España, la guerra de guerrillas de los vascos para recupera la autonomía que habián ganado bajo la república y perdieron bajo el régimen de Franco. Esta guerra de libra con bombas, robos a los bancos para financiar las bombas, los asesinatos y los disturbios.
Cuando un miembro de ETA, un grupo clandestino guerrillero vasco, murió en un hospital de Madrid después de ser capturado por la Policía, los desórdenes que ese hacho produjo en todo el país llevaron a la dimisión del Director General de la Fuerza Policial de España, de cinco jerfes de segurida y doscientos oficiales policiales de alto rango.
En 1966 los vascos quemaron públicament ela bandera española, y en Pamplona miles de personas huyeron aterradas cuando los nacionalistas vascos chocaron con la Policía en una serie de motines que se extendieron por España y amenazaron la estabilidad de Gobierno. La policia paramilitar tomó represalias actuando con violencia, quemando al azar hogares y negociso vascos. El terrorismo contínúa y es ma´s violento que nunca.
Este libre es una obra de ficción. Y sin embargo.
Capítulo Primero.
Pamplona, España, 1976.
Si el plan sale mal, moriremos todos. Lo repitió mentalmente por última vez, probando, sondeando, buscando fallos. No pudo encontra ninguno. EL plan era arriesgado y requería un cálculo cuidadoso, al segundo. Si funcionaba, sería una fiesta espectacular, digna del gran Cid. Si fallaba...
Bueno, ha pasdo el momento de preocuparse, pensó filosóficamente Jaime Miró. Ahora, es el momento de actuar.
Jaime Miró era una leyenda, unéroe del pueblo vasco y un anatema para el Gobierno español. Medía un metro ochenta, tenía un rostro ene´rgico, expresión inteligente, cuerpo musculoso y ojos oscuros, editambudno. Los testigos solían describirlo como más alto de lo que ra, más moreno, más bravo. Se trataba de un hombre complejo, un realista que compredía las enormes posibilidades en su contra, un romántico dispuesto a mori por aquello en lo que creía.
La ciudad de Palmplona se había vuelto loca. Era la última mañana de la corrida de toros, las fiestas de San Fermín, la celebración anula que iba del siete al catorce de julio. Treinta mil turistas babían llegado a la ciudad como un enjambre, provenientes de todas partes del mundo. Algunos iban simplemente a contemplar el peligroso espectáculo de la corrida de toros, otros para demostras su virilidas corriendo delante de las bestias que embestían. Hacía ya tiempo que todas las habitacciones de los hoteles estaban ocupadas; los estuidants universitarios de Navarra habían hecho noche en los umbrales, en los vestíbulos de los Bancos, en automóviles, en las plazas y aún en las calles y las aceras de la ciudad.
Los turistas llenaban los cafés y los heteles, observando los desfiles bulliciosos y coloridos de los gigantes de cartón y escuchando la música de las bands que marchaban . Los integrantes del desfiles llevaban trajes violetas, algunos con capuchas verdes, otros de color granate o dorads. Las procesiones, que fluían a través de las calles, parecían ríos de colores. Los cohetes que estallaban a lo largo de los troles y los cables de los tranvías se sumaban al ruido y la confusión generales.
La multitud había acudido a presencia las corridas de tosos de la tarde, pero el suceso más impresiones era el "Encierro": la carrera, por la mañana temprano, de los toros que lidiarían más tarde ese mismo día.
Dies minutos antes de la medianoche, las oscurecidas calles de la parte baja de la ciudad, había sacado a los toros de los Corrales de Gas, para llevarlos por un puente sobre el río hasta el fondo de la calle Santo Domingo, cdonde los tendrían toda la noche. Por la mañana los soltarían para que corrieran por las angosta calle Santo Domingo, cercados por barreras de madera en cada esquina, hasta que por último desembarcarn en los corrales de la Plaza de Hemingway, donde los retendrían hasta la corrida de la tarde.
Desde la medianoche hasta las seis de la mañana los turistas permanecieron despiertos, bebiendo, cantando y haciendo el amor, demasiado eufóricos para dormir. Aquellos que participarían en la carrera ante los toros llevaban los pañuelos rojos de San Fermín alrededor del cuello.
A las seis y cuarto de la mañana las bandas comenzaron a ciercualr por las calles, tocando las estimulante música de Navarrra. A las siete en punto, un cohete voló por el aire para dar la señal de que los portones del corral habían sido abiertos. La multitud vibró con febril expectación. Unos momentos más tardeun segundo cochete se elevó para advertir a la ciudad que los toros ya estaban corriendo.
Lo que ocurrió a continuación fue un espectáuclo inolvidable.
Primero, el sonido. Comenzó como un murmullo que traía el viento, debíal y distante, caí imperceptible, y luego fue tornándose mas y más fuerte hasta convertirse en una explosión de pesadas pezuña, y de pronto aparecieron como un estallido ante la vistas, seis cabestros y seis toros enormes. Cadas uno pesaba setecientos ciuncuenta kilos y avanzaban por la calle Santo Domingo embistiendo como mortales trenes expresos. Dentro de los burladoeros de madera que se habían colocado en cada intersección de calles para mantener a los toros confianados en esa única senda había cientos de jóvenes asionos y nerviosos que intentaban demostrar su valentía enfrentándose a los enloquecidos animales.
Los toros corrían a toda velocidad desde el otro extremo d ela calle, recorreidno la calle de La estafeta, las calle de Javier, y pasando junto a farmacias, tiends de ropa y fruterias hacia la Plaza de Hemingway, mientras la multitud frenética gritaba. Cuando la embestida de los animales se hizo más próxima, comenzó una loca riña por escapar de los afilados cuernos y las pezuñas letales. La súbida realidad de acercarse a la muerte provocaba que algunos participantes huyeran a salvaguardarse en los portales. La gente los ridiculizaba griándoles "¡Cobardes¡". Algunas personas que se hallaban en el camino de los toros tratabillaron y cayeron y fueron rápidamente levantadas por los demás yllevadas a lugar seguro.
Un niño y su abuelo se hallaban de pie detrás de la barrera, ambos sin aliento por la emoción del espectáuclo que se desarrrollaba a unos pocos pasos de ellos.
- ¡ Míralos ¡- exclamó el viejo - ¡Magníficos ¡
El niño temblaba.
- Tentgo miendo, abuelo. Tengo miendo.
El viejo lo rodeó con sus brazos.
- Sí, Manuel, es aterrador, pero también es maravilloso. Una vez corrí un toro. No hay nada igual. Unos se prueba a sí mismo contra la muerte, y eso hace que te sientas un hombre.
Por lo general,los animales tardaban dos minutos en cruzar al galope los novecientos metros desde la calle Santo Domingo hasta la arena, y cuando los toros se hallaban seguros en el corral se enviaban al aire un tercer cohete.Ese día, el tercer cohete no se disparó, pues ocurrió un incidente que jamás había sucedido en los cuatrocientos años de historia de las corridas de toros en Plamplona.
- Mientras los animales se precipitaban por la angosta calle, media docena de hombre vestidos con atuendos típicos cambiaron las barreras de madera y los toros se vieron obligados a salir de la calle cercada y se desbandaron sueltos, hacia el corazón de la ciudad. Lo que un momento antes era una celebración feliz se sonviertió instantáneamente en una pesadilla. Las bestias enloqucidas embistieron contra los atóniso espectadoes. EL niño y su abuelo fueron de los primero sen morir, derribados y pisoteadso por los toros furioso. Los cuernos hendieron un cochecito de bebé, mataron al niño y arrojaron a la maddre al suelo, donde fue aplastada. La muerte estaba en el aire, entodas partes. Los animles atropellaban a los indefensos espectadores, derribando a mujeres y niños, hundiendo sus cuernos largos, mortales, en las gente, en los uestos de comida, barriendo todo lo que tuvieran la desgracia de interponerse en su camino.La gente aullaba de terros, luchando desperadamente por salir del paso de esos monstruos.
Una camioneta de color rojo brillante apareció a embestirla, bajando por la calle Estrella, que conducía a la cárcel de Pamplona.
La cárcel es un edificio de piedra, de dos pisos y aspecto amenazador. En cada una de sus cuatro esquinas hay torretas encima de la puerta flamea la bandera española roja y gualda. Un portón depiedra conduce a un pequeño patio. El segundo piso consiste en una serie de celds que encierran a los prisioneros condenadoa muerte.
Dentro de la prisión, un guardia corpulento con el uniforme de la Policia llevaba una ametalladora.
Adviertiendo la mirada interrogativa del sacerdote ante el arma el guardia comentó:
- Aquí toda precaución es poco, padre. En este piso tenemos la escoria de la Tierra.
El guardia indicó al cura que pasara por un detector de metales,semejante a los que utilizan en los aeropuertos.
- Lo lamento, padre, per las reglas.
- Por supuesto, hijo mío.
Mientras el sacerdote pasaba por el portal de seguidad el alarido de una sirena atravesó el corredor. Instintivamente, el guardia aferró su arma con más fuerza.
El sacerdote se volvió y sonrió al guardia.
- El error ha sido mío - dijo mientras se quitaba una pesada cruz de metal que le colgaba del cuello con una cadena de plata, y se la tendió al guardia. Está vez, al pasar por el detector, la máquina permaneció en silencio. El gaurdia, devolvió la cruz al cura y ambos continuaron su travesía hacia las profundidades de la entñas de la prisión.
El hedor del corredcor contiguo a las celdas era abrumador.
El guadia se hallaba de ánimo filosófico.
- Auí está perdiendo el tiempo, padre. Estos animles no tiene almas que salvar.
Aún así debemos intentarlo, hijo.
El guardia sacudió la cabeza.
- Le digo que las puertas del infierno esperan para darles la bienvenida a los dos.
El sacerdote miró al hombre con expresión de sorpresa. - ¿A ellos dos? Me han dicho que aquí había tres hombres que necesitan confesión.
El guardia se encogió de hombros.
- Le ahorramos un poco de tiempo. Zamora murió en la enfermería esta mañana. Un ataque al corazón.
Los hombre ha´bian llegado a las dos celdas más lejanas.
- Aquí estamos, padre.
El guardia abrió la puerta de la primera celdas y dio cautelosamente un paso hacia atrás mientas el sacerdote entraba. El guadia volvió a cerrar y se quedó en el corredor,alerta por si surgía cualquier signo de problema.
El sacerdote avanzó hacia la figura que yacía en el sucio catre de la prisión.
- ¿Cual es tu nombre, hijo?
- Ricardo Mellado.
El sacerdote lo observó. Era difícil describir el aspecto de ese hombre. Su rostro estaba hinchado y en carne viva; sus ojos, casi cerrados. Dijo:
- Me alegra que hay podido veneri, padre.
El sacerdote respondió:
- Tu salvación e el deber de la Iglesia, hijo mío.
-¿Me va a colgar esta mañana?
El sacerdote le palmeó un hombreo con suavidad.
- Te han sentenciado a mori por garrote.
Ricardo Mellado le miró con fijeza.
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