Hoy vengo enamorada... -suspiros-. Enamorada de Roma, enamorada de Gregory Peck, enamorada -¿por qué no?- de Audrey Hepburn... -más suspiros-, que, ya en 1953, conquistaron al público con esta deliciosa comedia romántica: 'Vacaciones en Roma'.

Llevaba varios días con el DVD dentro del reproductor, listo para -valga la redundancia- ser reproducido, pero -¡ay! la pereza que mala es- no había encontrado ningún rato de tranquilidad para sentarme a disfrutarlo como se merece. Pero ayer ya no me pude resistir más, tenía que verla fuera como fuese... Así que, cerca ya de las once de la noche, acurrucada con mi manta favorita y con un par de trozos de pizza, le di al play...
Y ahí estaba Ella, tan joven, tan señorial, tan etérea, en el papel de la princesa Anna en el que la Hepburn desvela todo su encanto natural y su innato glamour y que le garantizó su rápida y merecida conquista del corazón de Hollywood, así como el Oscar a la Mejor Actriz.

Y después: Él. Con ese aspecto de bribón encantador, galán por antonomasia, con sonrisa burlona. ¡Ah! -más suspiros-. Menos mal que se lo pensó dos veces y, al final, aceptó el papel de periodista fracasado y resistió los envites de la mano dura de Billy Wilder... Pues ahí estaba él, siempre dispuesto a encalidar a la bella protagonista (y a las menos bellas féminas del público) y hacerla vivir -siempre pretendiendo desconocer su verdadera identidad- unas maravillosas y románticas 'Vacaciones en Roma'.
Cuando pienso en Roma, no puedo dejar de imaginarme a Peck con Audrey Hepburn recorriendo sus bulliciosas calles montados sobre una Vespa, en Joe Bradley y la princesa Anna metiendo sus manos en la Boca de la Verdad y esos otros pequeños pero intensos placeres que ofrece la ciudad inmortal como comer helados de un puesto ambulante, bailar en una verbena nocturna y visitar algunos de los enclaves más turísticos (la plaza de España, la de Venecia, el Muro de los Deseos, la Boca de la Verdad...).

Y, entre helados, monumentos y motos, surge el amor entre la princesa y su caballero andante, un amor imposible e inolvidable que queda reflejado en las miradas de ambos en la rueda de prensa, uno de los desenlaces más bonitos y dramáticos, que William Wylder -perfeccionista exacerbado- les obligó a repetir incensamente.
Por cierto, una anécdota. En la rueda de prensa de la escena final, los corresponsales de periódicos destacados en Roma eran en verdad eso: corresponsales de periódicos y entre ellos figuraban los representantes de dos cabeceras españolas (ABC y La Vanguardia).




