Los edificios son todo un tema dentro del rubro de los inmobiliarios. He notado que por lo general la gente prefiere vivir en pisos altos, lo cual para mí carece de sentido, pues ante una emergencia como puede ser un terremoto o un siniestro, las posibilidades de escapatoria con vida se acortan conforme los pisos avanzan hacia lo alto. Sin embargo, las personas prefieren pisos como el número diez o doce, aduciendo que de esta forma logran cierta privacidad y ya no escuchan el ruido de la calle que tienen a sus pies. Otros incluso profesan ciertas cábalas y el último piso que elegirían sería el número 13 por ser este número símbolo de mala suerte en el mundo de la cábala. Pero lo que no cambia es que mientras más alto más riesgoso, sino recordemos el caso que le tocó vivir al guitarrista y cantante británico, Eric Clapton. La tragedia tocó su puerta cuando su hijo de cuatro años cayó desde uno de los últimos pisos de un rascacielos ubicado en la ciudad de Nueva York.
Pero lo que quería, era comentar un poco acerca del caso de un obrero ecuatoriano que es noticia en estos días y no porque sea dueño de un edificio, todo lo contrario. Alcides Moreno de 37 años de edad y ecuatoriano de nacimiento, se desempeñaba trabajando como limpiador de ventanales en un rascacielos ubicado justamente en la ciudad de Nueva York, conocida por ser cuna de estas espigadas edificaciones. Esta labor la desempeñaba en compañía de su hermano y ya tenía tiempo en el rubro pues antes había pertenecido a una compañía que tenía contrato con varias inmobiliarias dentro del rubro de limpieza. El trabajo, por tanto, no le era ajeno y, a decir verdad, ya tenía algunos años trabajando en los rascacielos, trabajo al que muchos de sus compañeros regían y no se les puede culpar, yo preferiría mendigar antes que desafiar a la muerte a cada minuto limpiando las ventanas de un rascacielos. El 7 de Diciembre, del año pasado, era un día laborable más para Alcides, era viernes y había hecho planes para, junto a su hermano, viajar a visitar a su madre que se encontraba en otro estado de la unión americana. Sin embargo, el destino tenía otros planes y quiso que el andamio que sostenía a ambos se venciera. Ambos hermanos cayeron al vacío desde una altura de 47 pisos. Una muerte segura, pensará usted, pero el destino a veces hace bromas pesadas también. Efectivamente, Alcides, protagonista de nuestra historia, sobrevivió increíblemente a tan monstruoso accidente, a diferencia de su hermano quien murió en el acto. Pero aquí apenas comenzaba la historia para este bravo ecuatoriano.
Alcides yacía semiinconsciente en el pavimento, no he encontrado referencias acerca de los detalles del momento aquel, pero sin duda el dolor debe haber sido muy intenso pues es sabido que la inconsciencia es el mecanismo de defensa del cuerpo cuando se tiene un dolor muy intenso. El obrero ecuatoriano soportó estoicamente, sin poder moverse pues tenía el cuerpo literalmente destrozado. Llegaron bomberos y paramédicos quienes con una delicadeza propia del ballet, lo colocaron en la camilla que lo trasladaría al centro de salud más cercano. Los doctores no salían de su asombro, no concebía cómo una persona pudo haber sobrevivido a una caída tan aparatosa. Ya en el Hospital Presbiteriano de Nueva York, los doctores del Centro Médico Will Cornell, comprobaron el patético estado de Alcides y pusieron manos a la obra para obrar el milagro. Para comenzar, debían tener un cuidado extremo pues el ecuatoriano tenía múltiples fracturas y sangraba por todas partes por lo que los galenos llegaron a pensar que un movimiento en falso podía poner punto final a su vida. Alcides presentaba fracturas en ambas piernas, en el brazo derecho y en la muñeca. Además tenía varias vértebras de la espina dorsal quebradas, sangraba internamente y tenía edema cerebral producto del sangrado. Se necesitaron 24 unidades de sangre durante todos estos días para reponer su maltrecho cuerpo que en condiciones normales supone la mitad de volumen sanguíneo. Paralelamente a esto, los médicos optaron por mantener su abdomen abierto para mitigar la presión que afectaba a sus órganos internos. Luego poco a poco fueron reconstruyendo su cuerpo mediante más de una decena de cirugías que repararon las fracturas múltiples que había sufrido. Junto a esto huido que hacerle una traqueotomía para que respirara adecuadamente y hubo que insertarle un catéter en el cerebro para eludir el sangrado interno, además de administrarle plaquetas para fomentar la coagulación de las heridas. Casi un staff de médicos se dedicaba día y noche a la salud de Alcides.
El Destino también se sumó a la cruzada y echó una mano a los médicos quienes con estupefacción vieron que el cerebro de Alcides no estaba tan dañado para tamaña caída. El pronóstico mejoraba y Alcides abrió los ojos justo el día de Navidad y pudo pronunciar sus primeras palabras desde aquel fatídico 7 de Diciembre, ya podía respirar por sus propios medios e incluso podía mover todas sus articulaciones. Su mujer, Rosario Moreno, no paraba de llorar y agradecer a los médicos por haberle salvado la vida de su marido. Ahora los doctores creen que Alcides no tendrá que enfrentar una parálisis y podrá volver a caminar. Por su parte, el obrero ecuatoriano dijo que aún no era su tiempo de morir y que por eso esta allí junto a su familia y amigos. Sin duda se trata de un milagro.

