Algunas lecciones no se aprenden con facilidad. Me refiero a las condiciones que se dan para que un hecho fortuito ocurra al interior del inmobiliario. Dicen por ahí que la mayoría de los accidentes ocurren en casa y parece que es cierto. Si uno hace un recuento de las cosas que le han sucedido, se dará cuenta que realmente son varios los accidentes que nos han sucedido estando dentro de casa. Puede que no hayan sido graves pero son accidentes al fin y al cabo. Tropezones, resbalones, topes contra algún mueble, menajes rotos, aparadores caídos, floreros destrozados, cortes involuntarios y un largo etcétera. Pero sin duda uno de los accidentes que suceden con mayor frecuencia dentro de casa, son los toques eléctricos y, es aquí que cobra sentido la frase con la que abrí este post. Uno no termina de aprender ciertas lecciones. Me explico.
El primer encontronazo con la corriente eléctrica lo había tenido cuando apenas tenía tres o cuatro años de edad. El accidente no sucedió dentro de mi casa sino en un establecimiento comercial. En aquella época, quien escribe tenía la costumbre de acompañar a cualquier miembro de la familia en sus compras. No importaba la cantidad de cosas que fuera a comprar o la calidad de las mismas, mi objetivo era salir a la calle. Evidentemente, al tener cuatro años de edad, debía ser con compañía. El día del accidente, acompañaba a mi tía al supermercado que queda a la vuelta de mi casa, la idea era comprar una bombilla eléctrica pues una de estas había volado. Era el foco correspondiente a la habitación de mi tía y le urgía cambiarlo. Salimos entonces al supermercado, mi tía me tomaba de la mano pues era bastante inquieto y a la menor distracción salía corriendo hecho un bólido y me perdía, era un juego divertido esconderse y jugar con la angustia de los familiares. En este caso no pude hacer mi juego y todo el tiempo estuve tomado de la mano. La compra fue rápida y sencilla y ya de regreso, mi tía olvidó probar el foco en el supermercado. Dimos media vuelta y regresamos para hacerlo. Una vez en el mostrador donde se probaban los focos, nos dimos con la sorpresa de que no había nadie quien atendiera por lo que mi tía volteó para ver si había alguien disponible para ayudarnos. En esos momentos, cometió un grave error soltándome la mano. No salí corriendo como era costumbre sino que me interesé por el dispositivo que servía para prender las bombillas. Ya había visto antes cómo funcionaba, simplemente introducían el foco en un orificio y éste se encendía. No sé por qué se me vino a la mente en esos momentos el personaje del Tío Lucas, de la serie Los Locos Adams. Recordé que el regordete personaje se atornillaba el foco en la boca y lo encendía y pensé que yo podría encenderme como un foco si es que introducía un dedo en el orificio que servía para encender las bombillas.
A partir de ahí todo ocurrió muy rápido. Apenas y alcanzaba la altura del mostrador donde estaba empotrado el probador de focos pero pude introducir mi dedo en el orificio. En esos momentos sentí como si algo pegajosos me mordiera la punta del dedo. Creo que desde niño he tenido muy buenos reflejos y de inmediato saqué la mano dando un latigazo hacia arriba. Nadie se percató de la maniobra y mi tía al voltear me preguntó que había pasado. Al correr de los años me confesó que en ese momento yo traía una cara como si hubiese visto un fantasma. En fin, ahí quedó ese hecho y muchos años después la historia se repitió de manera muy similar. Lo recuerdo ahora porque estamos en época navideña. Habíamos desempacado los artículos de navidad para armar el nacimiento que adornaría nuestro inmobiliario. Hicimos otro tanto con el árbol de navidad y con el juego de luces que adornarían la chimenea del inmobiliario. Al probar las luces, notamos que no prendían. Hicimos el descarte enchufándolas en distintas tomas pero el resultado era el mismo. Esto solía suceder cuando uno de los tantos foquitos que formaban el juego se quemaba, todo el circuito se veía afectado. Sin embargo esta vez vimos que uno de los cables estaba un poco pelado y al parecer no hacía contacto. Decidí repararlo, uniéndolo con cinta adhesiva pero olvidé desconectar la toma a corriente. Al tocar la zona no aislada del cable recibí una fuerte descarga. Esta vez no pude reaccionar puesto que los cables se enredaban entre mis manos. Afortunadamente hacía escasos meses que reemplazamos el sistema antiguo de plomos del inmueble por las modernas tomas que se apagan automáticamente cuando detectan una sobrecarga de energía. Fueron unos dos o tres segundos en que mi mente quedó en blanco. No quiero ni pensar lo que hubiese pasado si es que el sistema de electricidad del inmueble seguía siendo en base a plomos.

