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28 Agosto 2007

De casa a Departamento, sentido común o supervivencia

El cable, en su infinita prodigalidad, nos ofrece paquetes de canales con buenas series de TV, películas, música, noticieros para estar al día y otra tanda de canales en lenguas ininteligibles que pasamos rápidamente mientras hacemos zapping.

He tenido la oportunidad de haber vivido toda mi vida en una casa grande, de tres pisos, siete habitaciones, áreas separadas, jardín, sala y la cocina en el piso inferior, y las habitaciones en los pisos superiores. El otro día sintonicé lo que a mi parecer era un noticiero matutino en el canal Japonés. El reportero, con su sonrisa de oreja a oreja, sus inclinaciones de cabeza, en señal de respeto a la persona que le acompañaba, y su lenguaje completamente desconocido para mí, se introdujo en un pequeño cubículo para enseñarnos una de esas tantas peculiaridades a las que nos tienen acostumbrados los avances tecnológicos japoneses. La habitación era lo suficientemente grande para que entrara una cama, un escritorio y un ropero (o demasiado pequeño como para que solo entrara eso), lo raro era que no había espacio para un baño, un living o una cocina, sin embargo, en lo que le llevó al joven reportero sonreír, inclinarse y mirar a la cámara, las paredes comenzaron a voltearse con relativa velocidad. Entonces lo que era antes un dormitorio, se convirtió en una sala de estar y luego pasó a ser una cocina (y lamentablemente también pasaría a ser un baño). Tremenda muestra de minuciosidad me dejó atónita, no sabía si admirar el ingenio de la tecnología o temer esa muestra futurista de lo que nos viene encima. Hoy por hoy, vivimos en una época en que la velocidad con que se vive el día a día, es decir trabajar, estudiar, divertirse, salir con los amigos o tener una mascota, es proporcional a los espacios a los que podemos llamarles hogar que se van reduciendo más y más de acuerdo a las necesidades de urbes cada vez más superpobladas. El ejemplo de Japón es uno más. Las capitales de todo el mundo empiezan a vivir a un tiempo acelerado y ante la imposibilidad de crecer a los costados, como era normal hasta hace unos siglos, crecen hacia arriba, en forma de grandes edificios. Sean modernos o no, ahora se paga un precio por el vacío donde se construirá un departamento y las dimensiones limitadas de ese rectángulo o cuadrado empiezan a exigir cambios en la mueblería. Resulta irónico recordar aquella frase clásica ‘mi hogar es mi castillo’ y remitirnos a épocas antiguas cuando los muebles y la moda obedecían al capricho de los reyes y gobernantes de turno. Por un lado las siluetas femeninas de las sillas del Rey Sol de Francia en el Siglo XV o el recatado encanto Victoriano de Inglaterra o más aún el exagerado encanto del barroco. Para el siglo XX, con más exactitud, a mediados de este y comienzos de nuestro siglo, la reducción de espacios obliga a la reducción de curvas y adornos bajo el riesgo de tratar de empotrar un enorme sillón estilo Luis XV en un departamento de reducidas dimensiones. El lunes pasado estaba sentada leyendo sobre los enormes y macizos sillones de cedro de la sala de mi casa y me dirigí al comedor para leer el periódico sobre la mesa de mármol con las clásicas patas curvas y labrados de flores. No es que yo sea una persona adinerada, para nada, todos esos muebles son herencia para una familia de clase media como nosotros, que está viendo que los costos para mantener una casa son mil veces mayores que las de un departamento. Un sabor anacrónico queda en mi boca al pensar cómo diablos entrarán consolas, mesas, mesitas y demás en un departamento, cuando solo la sala y comedor ocupan un primer piso. Mientras, sigo mirando el canal japonés, captando sonidos pero sin entender palabra alguna, entonces la sonrisa del reportero se me antoja siniestra, en la pantalla aparece un recuadro mostrando el nuevo y más reciente avance, un perro electrónico. ¿Quizá no solo los muebles resultarán anacrónicos en caso de un nuevo departamento?

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Lisette Prima

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