
En su segunda película, Jaime Rosales sigue buscando su propio y marcado estilo, un cine que emana de lo monótono, de la rutina, que pretende trascender hasta lo excepcional por accidentes o casualidades, atrapándolo con la cámara objetiva en imágenes directas y frias, aunque con esos chispazos ocasionales como pasiones maquilladas...
En esta ocasión, en torno a mujeres y el devenir cotidiano de sus vidas, con los pequeños y grandes problemas que surgen cada día, relatado con una pantalla a veces dividida para conseguir un paralelismo entre las vidas independientes de las protagonistas, quienes, por otra parte, sólo verán alterada sus relojes biológicos por una circunstancia excepcional que marcará sus vidas: un atentado terrorista...
En realidad, no nos llevemos a engaño, la película es aburrida, no sale del eterno tema del cine melodramático español que está tan de moda, y tan subvencionado, personajes que nos muestran sus sentimientos, siempre cortados por el mismo patrón, y que nos enredan en su aburrida existencia, elevando nuestros espíritus a un estado de inconsciencia alterada por la indignación por ver en la pantalla grande cosas que todos sabemos y no deseamos recordar cuando vamos a desahogar nuestros espíritus de la semana que ha sido...
Al cine español le falta grandeza, le falta un héroe que lo trinque por el gaznate, lo zarandee y lo libre de tanta panocha mental; urge una mente calenturienta capaz de batirse en duelo con cineastas a la última ungidos de psicólogos sociales, de batirse y vencerles en buena lid... ¡Hace falta acción, coño! Eso es...

