
Alex de la Iglesia se nos pone estupendo en esta incursión en el cine de suspense, con la adaptación de la novela homónima de Guillermo Martínez; y sin asearse, como es habitual en él, nos suelta que
Disfruto siendo un aprendiz mediocre de Hitchcock
Sí, sobre todo mediocre... En esta cinta vemos a Frodo (¡vaya ojos gigantescos que nos trae el muchachote, dan miedo!) como alumno aventajado, en un trabajo simplón y que nos lleva constantemente a reivindicar su enclaustramiento en la puñetera Tierra Media. John Hurt como profesor, muy correcto... Y ambos dos tendrán que dedicarse a resolver una serie de crímenes, casi parecen muertes naturales, donde juegan un papel importante las matemáticas.
¡Ah! No hay que olvidar la estelar presencia de Leonor Watling, probablemente en uno de sus mejores papeles, porque habla poquito y enseña mucha carne, lo cual es su mayor talento..., si obviamos eso que dicen que canta, aunque mayormente susurra...
Muchos primeros planos, y recursos Hitchcockianos, valga la palabreja, para toparnos con un guión simple, unos personajes huecos, y una trama que sería buena para una teleserie americana más que para un film de suspense, porque al final llega a un desenlace tontorrón...
El orondo de la Iglesia tiene menos sentido del suspense que Boris Izaguirre del ridículo o Lucia Lapiedra del recato. A él le va más la chavacanería moderna y cutrona, estercolero del inexistente talento subvencionado característico de la farándula cinematográfica hispánica...

Nos encontramos con un thriller que gira en torno a enigmas matemáticos, lo que es siempre, para este género, un buen punto de inicio, un gran atractivo; además, en este film se usa la ya conocida maniobra de la reunión misteriosa de personajes convocados por un desconocido anfitrión, personajes que ocultan una relación anterior, como la celebérrima Diez negritos, a la que recuerda demasiado...





¡ay va..., ay va..., ay va que vulgaridad! Así es la historia que cuenta Gerardo Herrero, con guión de la intelectual del género mínimo Belén Gopegui, y su ya clásico elenco de estrellitas galaicas acaparando los títulos de crédito: una cuarentona amargada que piensa que nadie la escucha, o sea, con la autoestima por los suelos, que ansía una polla como una olla donde pillar, pues su marido la dejó por otra más joven, y probablemente menos jartible que ella...
Augusto M. Torres, autor de este bodrio, tanto de la dirección como del guión, también es, paradójicamente, crítico cinematográfico; es de suponer que se habrá puesto, como tal, un cero patatero o media estrellita... Porque, ciertamente, la cosa que ha rodado se las trae, en lo que cuenta y en cómo lo cuenta: una chica que regresa de Italia tras terminar sus estudios universitarios descubre por una misteriosa carta que su padre, recientemente fallecido, era director de cine, desentrañando poco a poco la ambigua relación entre ambos, quasi incestuosa...
La segunda incursión cinematográfica del gallego Antón Reixa nos cuenta una historia de historias, de gente corriente cuyo denominador común son las relaciones de pareja, siguiendo el hilo conductor que marca un mechero extraviado, y con la aparición constante de personajes sorprendentes cuya sinceridad abruma, sin obviar la subliminal idea de la presencia urbi et orbi de los gallegos...
