El curso de Educación Física en el colegio es uno de los que más recordamos. Definitivamente era el más divertido para muchos de nosotros que esperábamos con ansias el horario que le correspondía en la semana. En mi escuela este horario correspondía a las dos últimas horas del día viernes lo que convertía a la Educación Física en nuestra recompensa semanal luego de aburridas clases de Matemáticas, Lenguaje y demás cursos nunca solicitados por nosotros. Sin embargo, este horario sólo se mantuvo durante los años de educación que correspondieron a la primaria, a partir de la etapa secundaria esto cambio y el curso de Educación Física pasó a ser un curso más que podía caer en cualquier día de la semana. Lo que recuerdo muy bien es que, durante el último año de la secundaria, llevábamos este curso el día martes. Uno de estos días es de especial recordación para mí porque cayó un día Martes 13. La leyenda de la mala suerte que ya casi habíamos dejado atrás junto con la primaria, volvió fuerte y clara en nuestras mentes ese día.
Ese día se abría con el curso de Matemáticas, realmente un pesado desacierto de la persona encargada de armar nuestros horarios, aunque nuestro profesor nos dio la explicación de que era mejor llevar los cursos de números a primera hora del día en que nuestros cerebros están más despejados. Evidentemente el factor sueño no era tomado en cuenta y se asumía que no era una actividad aburrida. En fin, el día seguía con el curso de Economía Política, luego Historia Universal, Religión y el resto no lo recuerdo. Sólo recuerdo que las últimas dos horas estaban destinadas al curso de Educación Física. En aquella oportunidad estábamos jugando un partido de béisbol, organizados en tres equipos, obviamente los hombres por un lado y las mujeres por otro. Los equipos eran muy parejos, por esos años se había creado una especie de fiebre del béisbol y muchos recreos fueron empleados para la culminación de reñidas entradas que no se resolvieron durante el curso. Incluso la hora de la salida era pactada para continuar con la ronda de revanchas. En ese contexto fue que se desarrollaron los hechos a los que me estoy refiriendo. Le tocaba el turno de batear a mi amigo Gonzalo, no era muy diestro en ese movimiento y ya teníamos dos “outs” hasta ese entonces, era casi seguro que lo poncharan en esa jugada y todos rezábamos para que pudiera pasar a primera base por bolas. Todos oímos lo que no queríamos “Strike 2”. Eso nos dejaba en capilla, el pitcher del otro equipo era muy bueno y difícilmente iba a fallar los cuatro lanzamientos restantes así que el capitán de nuestro equipo le ordenó a Gonzalo que bateara con un toque suave y que luego corriera a primera base como una gacela. Vino el lanzamiento del pitcher y Gonzalo apenas tocó la bola que quedó dormida prácticamente sobre su sitio. Inmediatamente soltó el bate y salió disparado rumbo a primera base mientras el pitcher corría para alcanzar la bola y lanzarla a primera base. En coro se escuchó “Bárrete Gonzalo”, iba a ser un desenlace muy ajustado sin duda.
En el último tercio del recorrido de Gonzalo, vimos que el pitcher del otro equipo ya tenía la bola en su poder y se disponía a lanzarla. Tenía dos posibilidades, lanzarla directamente contra Gonzalo o lanzarla a su compañero de primera base. No arriesgó y efectuó un lanzamiento recto hacia su compañero en primera base, la bola cortaba el aire inexorablemente mientras que Gonzalo se agachaba para barrerse, el tiempo parecía detenerse e ir más lento. Bola y Gonzalo llegaron en final de fotografía y el juez de esa esquina determinó “out”. No lo logramos, en especial Gonzalo. Cuando el resultado de la jugada quedó claro, vimos que Gonzalo no se levantaba, hacía gestos de dolor pero no se quejaba, seguramente por la vergüenza. El profesor se acercó entonces y comprobó que Gonzalo se había lesionado de gravedad, al parecer tenía una fractura en la canilla pues no podía mover el pie izquierdo. De inmediato varios de nosotros lo auxiliamos y, cargándolo, lo llevamos al tópico de la escuela. Cuando lo examinaron, todo hacía indicar que tenía una fractura. Ahí no se podía hacer más y tuvieron que trasladarlo al hospital. Aún faltaba media hora para que finalice el curso de Educación Física y fue la media hora más larga que recuerdo haber esperado. Ni bien sonó el timbre que anunciaba el fin de la jornada, varios de nosotros salimos disparados rumbo al hospital que quedaba a pocas cuadras de la escuela. Preguntamos por Gonzalo y nos dimos con la sorpresa que lo iban a operar. Ahí mismo nos enteramos que tenía fractura doble de tibia y peroné y que además no se trataba de una fractura común, sino que uno de los huesos, la tibia, se había astillado en tres fragmentos, por lo que se requería cirugía para reparar el daño. La operación no duró mucho y le pusieron un par de clavos y una pequeña placa de platino al buen Gonzalo.
Al día siguiente, ya más repuesto y sin los efectos de la anestesia, nos contó que lo pero había sido justamente a la hora de anestesiarlo. Nos contó que lo hicieron sentar en una camilla con los pies colgando y le indicaron que se incline ligeramente hacia delante y luego le clavaron la jeringa conteniendo la anestesia en plena espalda. Era anestesia local llamada epidural y que insensibilizaba a la persona de la cintura hacia abajo. Una falla y ahí mismo podía quedar paralítico, todos lo lamentarían, excepto el mundo del béisbol para el cual mi amigo era un auténtico negado.

