A veces una escena puede representar la falta de educación de una persona o una mala actitud, una suerte de desconsideración hacia la otra persona. Pero a veces esta impresión puede ser sólo la punta del iceberg que no permite discernir en primera instancia lo que se está tejiendo detrás. Esta situación describe a la perfección lo que sucedió en el gimnasio al que asisto, hace menos de tres meses. En efecto, todo comenzó a raíz de un problema postural que repercutía en un fuerte dolor en la zona correspondiente a mi espalada baja. Mi trabajo es estar sentado frente al ordenador un promedio de diez horas diarias y, al parecer, esta fue la razón principal de la inoportuna lesión. Sin embargo mis teorías apuntaban hacia otro lado. Hacía aproximadamente tres años que había dejado de entrenar en un gimnasio, justamente por este nuevo trabajo. Había estado cerca de seis años entrenando duro y parejo en el gimnasio, sin ninguna lesión de consideración y, hablando con un entrenador, me comentó que cuando se ha entrenado duro por un período de tiempo más o menos considerable y luego se deja, en seguida empiezan a aparecer muchos dolores que eventualmente se pueden volver crónicos y traducirse en lesiones, generalmente en las articulaciones como las rodillas o los codos y en la espalada baja, dependiendo del grado de actividad diaria o, mejor dicho, de inactividad diaria. Confío bastante en este entrenador pues no solamente tiene estudios en Educación Física, sino también en medicina deportiva y biomecánica, además de algunos cursos de psicología deportiva. Al menos de la gente relacionada al deporte, es el más capacitado que conozco. Fue él quine me sugirió que volviera de inmediato a los entrenamientos y que los dolores desaparecerían como por arte de magia. La idea me entusiasmo pero aún había un par de cosas por resolver. Lo primero era, recibir una segunda opinión, la opinión de un médico tradicional, especialista en Traumatología y la segunda era acomodar mis horarios en el trabajo si pensaba retornar en serio al entrenamiento con pesas.
Entonces pedí cita con el traumatólogo para esa misma semana y me revisaron. El doctor me dijo que tenía un pinzamiento del nervio ciático y que ese dolor se irradiaba a la zona de la espalada baja y que si no recibía tratamiento, el dolor se empezaría a irradiar, bajando por una o por las dos piernas, en su cara posterior. El tratamiento consistía en varias sesiones de quiro praxis o tracción en la espina dorsal, masajes localizados y utilización de técnicas de calor e incluso rayos láser. Paralelamente a esto debía bajar unos cinco kilos para restar presión a la zona lumbar. El tratamiento prometía extenderse por unos tres meses amén del elevado costo que representaba pues mi seguro no cubría este tipo de terapias, increíblemente consideradas como estéticas. Fue así que decidí optar por la salvación que me ofrecía mi entrenador. Bien, sólo restaba ver la mejor forma de acomodar mis horarios en el trabajo para poder avocarme de lleno a los entrenamientos, a recuperar mi antiguo nivel y sobretodo a erradicar esa molestia en la zona lumbar. Afortunadamente tuve la anuencia de mi jefe quien me permitía cierta tolerancia en la hora de ingreso, siempre y cuando terminara mi trabajo correspondiente a la jornada laboral diaria. De esta forma, me programé para entrenar en las mañanas, muy temprano. Debía estar ya comenzando a entrenar a más tardar a las 6:30 de la mañana, eso me daría tiempo para terminar sin más prisas que las que exige un entrenamiento a cabalidad, podría ducharme y vestirme con calma e incluso tomar desayuno antes de partir para el trabajo.
Tenía gran entusiasmo pues no solamente volvería a tener la exquisita sensación del dolor post entrenamiento, sino que me reencontraría con gente que no veía hacía mucho tiempo entre personal del gimnasio y alumnos fieles. El lunes de la semana siguiente arrancaba mi nueva etapa en el gimnasio. Legué un poco más temprano para no perder tiempo en la toma de medidas y el pesaje en la balanza. El entrenador me hizo varias preguntas y confeccionó mi rutina, tomando en cuenta la lesión que me aquejaba. Con cierta timidez comencé el plan de trabajo, esa semana casi no podía moverme por el dolor producido por el entrenamiento luego de mucho tiempo de para. Sin embargo todo marchaba bien pues era un dolor benéfico, sinónimo de un buen entreno. Y fue pasando el tiempo y cuando menos me di cuenta, el dolor en mi espalada baja había desaparecido por completo. Efectivamente necesitaba regresar al gimnasio para recuperar la postura y la fuerza en ciertas zonas del cuerpo. Y en todo este tiempo en el gimnasio me di cuenta de un detalle que justamente consigné en las primeras líneas de este artículo. Sucedió que uno de los ejercicios de mi programa debía ser efectuado en una máquina especial para el trabajo de piernas. De estas máquinas sólo había una en el gimnasio al que asistía pero daba la casualidad que siempre estaba ocupada, algo que me llamó la atención pues era muy temprano en la mañana. La máquina en cuestión, quedaba exactamente enfrente del vestuario de damas. Luego, advertí que la máquina estaba ocupada casi siempre por la misma persona, un tipo que prácticamente no justificaba su desarrollo en las piernas merced a todos los minutos que permanecía sentado en la mencionada máquina.
En efecto, el tipo llegaba casi a la misma hora que yo y aún seguía merodeando por la zona dos horas después cuando quien escribe procedía a retirarse. Al poco tiempo me enteré que no le habían renovado la matrícula a aquel tipo porque varias chicas se habían quejado de él. Al parecer era un mirón que se sentaba en esa máquina ya que, desde esa posición, podía otear el vestuario de las mujeres cada vez que la puerta de este se abría. Y yo que creí que simplemente se trataba de un disipado alumno o de una persona desconsiderada y sin educación en el peor de los casos.

