Siempre ando por la vida sin prisas, me gusta observar situaciones, analizarlas profundamente desde varios ángulos y encontrar soluciones prácticas. Sin embargo este ritmo puede traer problemas. Por ejemplo, hay gente que anda por el camino opuesto, a un ritmo frenético en que hacen varias cosas al mismo tiempo para optimizar y aprovechar mejor su tiempo. Se les reconoce porque pierden la paciencia con facilidad y andan apurando al resto dejando de lado la educación y la tolerancia. Por ejemplo, esto es algo muy notorio a la hora que se forma el tráfico en las calles. Fíjense bien lo que sucede cuando los carros están detenidos por una luz roja en el semáforo. Apenas la luz cambia a verde cediendo el pase, varios conductores hacen sonar sus bocinas sin importar la posición en la que se encuentren al momento del cambio de luz del semáforo. Es obvio y natural que el primero del cortejo de autos en espera arranque, en seguida el segundo, el tercero y así sucesivamente. Evidentemente el décimo en la fila arrancará con cierto retraso respecto a la visualización del cambio de luz. Pues bien, los “apuraditos” que se encuentran más allá de la décima posición se desesperan tocando la bocina de sus autos, incluso ya están viendo que la luz correspondiente a la calle contigua ya esté en color ámbar para empezar a “ajustar” a los de delante de la fila. Otra situación se ve en los estacionamientos, cuando alguien que busca sitio apresura al que está por salir sin siquiera darle tiempo a acomodarse el cinturón de seguridad o a calentar el automóvil.
Hemos nombrado un par de casos que suceden a bordo de un auto, pero veamos ahora lo que sucede cuando uno es peatón. En este caso es difícil que lo apuren a uno pues esto representaría un claro desafío y una falta de educación como mínimo, cosa que no sucede cuando las personas se escudan dentro de sus autos. A nivel peatón se da más bien la situación contraria y justamente quiero contar un caso en el que participé para mi mala fortuna. Como dije me gusta ir lento y sin prisas. Lo que me sucedió tuvo lugar en un supermercado mientras hacía algunas compras para los días sucesivos. Recuerdo que era bastante tarde y el establecimiento comercial estaba a punto de cerrar. Decidí priorizar entonces lo que cenaría esa noche y de inmediato me dirigí hacia la zona de las carnes. Al llegar me topé con una señora que tuvo la misma idea que yo y prácticamente estiramos el brazo al mismo tiempo para alcanzar las pinzas que nos permitirían recoger una pieza de carne. Mi educación me hizo abdicar el turno en favor de la mujer que se hizo con una de las dos piezas de carne que quedaban. Esperé y tomé la pieza de carne que quedó solitaria en la bandeja. A tiempo –pensé-, pero el Destino me tenía reservada una broma muy pesada.
Ya sin tiempo para adornarme, decidí comprar tomates y mostaza para complementar el trozo de bife que había adquirido, me dirigí a al caja y cancelé el importe de mis compras. Sin prisas, fiel a mi estilo, me dirigí a casa para cocinar la suculenta carne. La sazoné con poca sal y enseguida corté los tomates en rodajas grandes. No hubo tiempo para cocinar arroz, así que incrementé la ración de mostaza sobre la carne. Grave error. Esa noche me fui a dormir pensando en que había tenido suerte de encontrar ese último filete de carne. A las pocas horas empecé a sentirme mal, indigestado. Lo atribuí a los tomates, quizá no los había lavado bien o quien sabe le puse demasiada mostaza a la carne. Si y no. Al poco empecé a sudar frío y tuve nauseas, las arcadas eran muy violentas, más de lo normal, a continuación me subió al fiebre y empecé a tener temblores en manos y piernas. Paralelamente a esto, se me soltó el estómago pasando a convertirme en una coladera. Ahora sí debía correr al baño. Me dolía mucho la zona media del abdomen. A duras penas llamé al servicio de médicos de mi seguro que llegaron a los treinta minutos. Me encontraron sin color y con la presión muy baja, el cuadro de deshidratación era bastante severo y tuvieron que trasladarme al hospital de emergencia. El parte médico arrojó intoxicación por consumo de carne en mal estado, una de las peores y más mortales intoxicaciones a las que puede ser sometido un ser humano. Seguramente no advertí el mal sabor por el exceso de mostaza que le apliqué antes de consumirla. Estuve más de una semana en el hospital, mientras la infección remitía. Afortunadamente mis defensas eran buenas y logré sobrevivir. Por paciente y educado, me tocó un filete en mal estado, el último de la charola, aunque quizá la otra mujer también corriera la misma suerte por apresurada.

