De vez en cuando se dan situaciones en que uno pierde totalmente la educación y hasta el autocontrol que rige su vida. La verdad es que son momentos en que se tiene que alzar la voz para defender los derechos. Sin embargo, ya cuando las cosas han pasado y se analiza la situación en frío, uno no puede dejar de sentir cierta vergüenza. Lo que me sucedió fue algo inesperado y ante lo cual, repito, no pude dominarme. Los hechos transcurrieron mientras me encontraba compartiendo una amena reunión con mis compañeros de trabajo. Sucedió que aquel día, tocaba la reunión mensual de nuestro equipo de trabajo. Estas reuniones siempre tienen el mismo tenor amical y de integración, más que el de una reunión tensa y formal. En esta ocasión, la reunión había sido programada con dos semanas de anticipación para un día viernes en horas de la tarde en un local que siempre alquilábamos para este propósito. Uno a uno fuimos llegando al punto de encuentro conforme íbamos terminando nuestras labores del día y finalmente, cuando completamos la nómina, dio inicio la reunión. Como digo, más que una reunión formal de trabajo, se trataba de una amical conversación acerca de ciertos detalles del trabajo susceptibles de mejora. Todos aportábamos con sugerencias y recomendaciones para un mejor desempeño laboral tanto en tiempo como en rendimiento. Por ejemplo, se habló de la posibilidad de que los redactores creativos trabajaran desde la comodidad de su hogar como lo venían haciendo, pues estaba visto que sus mentes trabajaban mejor en un ambiente aislado y familiar como el que ofrecían sus propias casas. Más bien iba a resultar un grave error circunscribirlos al tráfico y la desconcentración propias de un ambiente común como una oficina, sin mencionar los gastos de transporte y refrigerio. En efecto, la creatividad está más allá de cualquier trabajo y debe ser apuntalada de la mejor manera, brindándole todas las facilidades para su desempeño ya que en ella reposa el éxito de toda empresa. Si esos cimientos fallan, la solidez de la estructura empresarial quedaría en alas del azar. Hubo consenso en este punto y se acordó elevar la propuesta a la jefatura.
La reunión continuó y se trataron otros puntos menores pero de igual importancia. Al cabo de una hora, se daba por terminada la reunión y por allí surgió la propuesta de irnos a comer. La idea fue bien recibida pues recién nos habían abonado el sueldo y era fin de semana, una combinación bastante peligrosa para los bolsillos. La decisión fue unánime y enseguida, pusimos manos a la obra. Muchas propuestas surgieron a propósito del lugar que elegiríamos para merendar, sin embargo pensamos que lo mejor era elegir un restaurante cercano para evitar que alguien se desanimara en el camino. No conocíamos ningún restaurante por la zona así que decidimos entrar al primero que vimos en el camino. Fue un error. Siempre me gusta comer en sitios recomendados o sugeridos y en este caso me tocó a mí comprobar porque es tan importante esta recomendación. Al llegar a la esquina, luego de haber abandonado nuestro lugar de reunión, nos topamos con un restaurante que ofrecía todo tipo de comidas rápidas y bebidas preparadas al instante. Paramos allí mismo y el pleno del grupo ingresó. Nos ubicamos en una de las mesas del fondo ya que fue necesario juntar tres de ellas para hacer una sola gran mesa donde cupiéramos todos. Una vez instalados, procedimos a ordenar. Uno a uno fuimos ordenando y, en mi caso ordené un sándwich de pollo extra grande y un jugo de piña. Las bromas entre los miembros del equipo se encargaron de hacer la antesala a la comida que la verdad, demoró un poco. Lo atribuimos a los casi quince pedidos distintos y esperamos.
Al fin llegó la comida, uno a uno fuimos atendidos y cada uno se desentendió de la conversación, estábamos hambrientos. El silencio se hizo en la mesa y cada uno apuró su platillo. En mi caso, devoré el sándwich en poco menos de cinco minutos y en seguida recordé que tenía un exquisito jugo de piña al costado. El vaso se veía rebosante, con la espuma que se forma tras el licuado coronando la parte alta del vaso. Un sorbete me ayudó a dosificar el jugo y debería decir, a salvarme de la desgracia que estaba por aparecer. En efecto, casi al finalizar el jugo, noté que el flujo de líquido se bloqueó. Eso haría indicar que el contenido del vaso había sido terminado, en cuyo caso un sonido característico aparecería al sorber el aire. Esto no fue así. Como digo, simplemente sentí como si la parte baja del sorbete hubiese sido bloqueada. En menos de dos segundos bajé la mirada para ver que sucedía, quizá un trozo de piña no licuada estaba taponando la entrada del sorbete. La piña no es de color marrón, además no tiene patas ni antenas. De un salto me puse en pie y pateé la silla tras de mí, al mejor estilo de Jerry Lee Lewis cuando entraba en catarsis. Había una cucaracha en el fondo de mi vaso. Empecé a dar gritos, producto de la adrenalina y a proferir una serie de insultos al aire. Como digo, la educación y el buen talante quedan abolidos en esos momentos. Como habrá sido de intensa la escena que mis compañeros no se rieron, lo cual era lo más lógico ante el jocoso incidente. En fin, tanto grito que al final la comida salió gratis, para todos. Me calmé cuando comprobé que el número de patas y de antenas del insecto en mi vaso, estaba completo.

