En estos días el tiempo es oro y conviene administrarlo de la mejor manera para que el día nos alcance para todas las actividades que hemos programado. En efecto, la rutina del mundo globalizado exige que seamos disciplinados y muy acuciosos a la hora de distribuir nuestros tiempos, máxime si dentro de nuestro día están presentes actividades de diversa índole como el trabajo, la crianza de los hijos, un negocio propio, actividades físicas, actividades culturales o simplemente un tiempo libre para meditar y reflexionar. Este tema se me vino a la mente en una visita que hice a la peluquería donde calculé el tiempo que la mujer se demora en promedio para atenderse, el cronómetro marcó cerca de dos horas de ritual y francamente me pareció un exceso. Claro que está el otro punto de vista, el que señala que la rutina en la peluquería no pertenece al día a día, sino que se realiza una vez por semana o cada quince días y que además representa una forma de relajación para la mujer. Correcto, pero no olvidemos que muchas veces hay terceros implicados en el asunto, por ejemplo, abnegados maridos que acompañan a su mujer para cuidar al hijo mientras ella se atiende o, simplemente, el niño que se ve obligado a acompañar a su madre en caso ésta sea madre soltera o sea separada.
Como digo, la última vez que asistí a uno de estos centros, además de tomar tiempos, pude recrearme con unas escenas que fueron motivo de análisis. La principal fue la que protagonizó un niño que, a primera vista, podría ser acusado de haber recibido una mala educación. Quien escribe, estuvo observando la escena desde un principio y puedo dar fe de que el niño se comportó bien pero alcanzó su límite pasada la hora de espera. Yo había ido en plan de acompañante, no tenía anda que hacer en esas horas y pensé que era una buena oportunidad para revisar algunas revistas con las últimas tendencias en peinados mientras analizaba algunos comportamientos. Mientras esperaba, ingresó una mujer de aproximadamente 35 años de edad, muy guapa. Era alta, vestía un pantalón negro apretado y una camisa blanca parcialmente abierta, bajo la cual llevaba un sujetador que dejaba entrever un prominente busto. Sin embargo su cabello no iba a la par con su porte y ciertamente necesitaba una revitalización. Supongo que para eso fue a la peluquería. La mujer iba acompañada de un niño de aproximadamente ocho años de edad, deduje que se trataba de su hijo por la forma en que ambos se comportaban. Luego de su ingreso, la guapa mujer tuvo que esperar turno como todos, y el hijo fue arrastrado en ese mismo destino. Sin embargo, el niño empezó a comportarse muy educadamente, en los primeros momentos ni siquiera se movió de su asiento y simplemente le preguntaba a su madre acerca de algunas cosas nuevas que iba observando.
El tiempo corría y bordeaba la media hora desde que la mujer había ingresado en la peluquería. El niño ya se había bajado de su asiento y empezó a recorrer los distintos ambientes de la peluquería y a observar los cortes que las personas se realizaban, quedaba maravillado con los instrumentos de alisado y con los sprays que algunos peluqueros aplicaban. Pero eso duró poco y al rato el niño ya empezaba a coger varias cosas sin permiso, llegó a derramar un frasco de shampoo al apretarlo entre sus manos. Para esto, su madre ya había empezado a atenderse, pero, contrariamente a lo que yo había calculado, la mujer se mandó a hacer un tratamiento completo de cabello además de una manicura y pedicura completas, sin mencionar la depilación de algunas de sus zonas. El tiempo seguía corriendo y el niño preguntaba a su madre a que hora se iban a retirar. La madre respondía a esa pregunta cada cinco minutos y evidentemente también alcanzó su umbral de paciencia. El ánimo se caldeó y las relaciones se cortaron, el niño rompió en llanto y practicó un agudo y pesado berrinche y la madre se endureció. Pero era lógico que una conducta así se diera, era demasiado tiempo transcurrido, poco más de dos horas y sabe Dios si se llegó a completar el proceso.
Creo que es un exceso de tiempo, pasar tanto tiempo en la peluquería, al menos para un solo día. Quizá conviene distribuir los tratamientos a lo largo de una semana o aprender a realizarlos de forma personal. Si aún así no se pueden rebajar los tiempos, pues al menos hay que liberar a inocentes de semejante maratón.

