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4 Diciembre 2007

EDUCACIÓN EN LAS CONVERSACIONES CALLEJERAS

Siempre me gustaron las vacaciones en la época de la escuela y en la actualidad las disfruto tanto como en aquellas épocas. Mi idea de diversión no se ha sofisticado al paso de los años y se disfrutar de las cosas simples de la vida como lo es una conversación con un amigo del vecindario en la puerta de su domicilio. La educación rezaría que el dueño de casa invite a pasar a la visita, lo cual es correcto, pero por otra parte, conversar en la puerta que da a la calle tiene su encanto, al menos para los hombres es así. He notado que esto se debe a que nos gusta ver pasar chicas por la calle o a bordo de sus autos con hermosos lentes de sol y su cabello meciéndose al viento. Cierto que es que se puede asociar este comportamiento a personas mal educadas que por lo general se exceden en los piropos, pero en el otro extremo puede resultar hasta inspirador. Se me viene a la mente, en estos instantes, aquella vieja melodía de los años sesenta titulada justamente “música para ver pasar chicas”. Indudablemente el magistral arreglo fue inspirado en una de estas escenas callejeras en la que el cortejo de la naturaleza se hace de manera casi estática.

Pero volviendo al tema de las conversaciones espontáneas, debo decir que uno a cierta edad ya no promueve estas prácticas con la fruición con que lo hacía en los años de adolescencia y temprana juventud. Sin embargo, tampoco es que nos neguemos a participar de esta actividad cuando ésta se da de manera espontánea. En estos días en que disfruto de mis vacaciones y de las vacaciones de mis hijos, se me facilitó una de estas conversaciones callejeras. Sucedió que había ido al supermercado a comprar una porción de queso para la hora de la merienda del atardecer y al salir, tomé la ruta de regreso a pie. Este camino me hacía pasar justamente por la fachada de mi amigo Ramón que no veía hacía mucho tiempo, digamos unos seis meses. La última vez que nos pudimos reunir fue para el día de su cumpleaños y eso que vive a tan sólo tres calles de mi casa. Las obligaciones que uno va adquiriendo a lo largo de la vida son así y, si antes nos reuníamos a conversar en la puerta de su casa cinco veces por semana, ahora lo hacíamos cada vez que nos cruzábamos en la calle, es decir una vez al año. Tanto él como yo andamos afanados en nuestras respectivas obligaciones como padres de familia, siempre apoyando a nuestros hijos en su educación, sobre todo en la actualidad en que está muy de moda recargarlos con tareas para la casa. ¿En qué estaba? Ah si, entonces, con el queso bajo el brazo (no literalmente) avancé hacia mi casa y, a los pocos metros vi que Ramón salía de su casa y cerraba con llave tras de sí, avanzó uno metros y al levantar la mirada nos topamos. Las clásicas frases afloraron. “¿Qué ha sido de tu vida? Te has perdido”. Nos dijimos casi al unísono y, ahí mismo, nos paramos a conversar unos momentos.

El tema que se abordó por obligación fue el de los hijos. Ambos padecíamos acompasadamente la sobrecarga de tareas que les dejaban en la escuela y nos veíamos obligados a meter el hombro para apoyarlos. También comentamos un poco sobre la actualidad, sobre el rey Juan Carlos que mandó a callar a Hugo Chávez y uno que otro comentario de fútbol a propósito del grupo que le ha tocado a la selección española en la fase final de la Euro 2008 que se realizará entre Austria y Suiza. Al darnos cuenta de la hora, ya habían transcurrido cerca de 45 minutos desde que nos topamos y allí seguíamos parados, conversando y sin querer despedirnos. Fue un momento grato que no practicábamos hacía cinco o seis años tranquilamente, desde que las obligaciones familiares y laborales terminaron por engullirnos. Pero todo tiene su final y fui yo quien, con la mayor educación posible, pasó a despedirse, poniendo como excusa que debía llegar con el queso para la merienda vespertina a tiempo. “un gusto de verte” respondió Ramón y nos despedimos prometiendo encontrarnos poco antes de la navidad.

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Lisette Prima

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