No es extraño toparse en estos días con infinidad de artículos, reportes y libros dedicados a la importancia y desarrollo de programas de educación preescolar. Es más, nos vemos rodeados de cientos de textos y estudios sobre cómo incentivar la educación del niño y hay, incluso, una fuerte tendencia a empezar su desarrollo intelectual cuantitativo desde una etapa más temprana.
La importancia de dicha etapa de preparación para el niño es ahora vital y quien no esté al tanto de las nuevas estrategias y métodos corre el riesgo de ser visto como un padre de la edad media.
La historia de la educación inicial o preescolar en occidente no es tan antigua como uno puede pensar. Se puede centrar sus precedentes en la época de la Revolución industrial aunque más bien con un apunte más práctico. Tiempo después es que se le empieza a dar horizontes de carácter pedagógico, reglas y directrices.
Hasta hace unos cincuenta o sesenta años la enseñanza preescolar era exclusividad de la familia, si es que esta tenía el tiempo y los medios para hacerlo. En los sectores acomodados era normal que se impartiera la preparación del niño por ayas o institutrices.
La época de la industrialización trae una oferta y demanda de trabajo mayor, los padres ya no laboran en campos sino que se dirigen a fábricas donde se requieren enseñanzas específicas y sus hijos pequeños quedan a la deriva durante la ausencia de sus progenitores. Por eso, los primeros centros de preescolar se orientaban más al sentido de una guardería infantil.
Hoy en día las ofertas educativas no son solo un negocio sino una exigencia para el desarrollo adecuado de un ciudadano que se integre perfectamente a la sociedad. Por eso la atención educativa se empieza desde más temprano.
Entre las edades de 3 a 6 años los niños se encuentran en una etapa de apertura al mundo que los rodea, son extremadamente receptivos así como sensibles a lo que el medio les transmite. En esta etapa la enseñanza preescolar se trata más de una preparación para el niño en diversos niveles, es decir una preparación diversificada en los aspectos sociales, motrices y demás. Por otro lado el desarrollo académico se debería dejar para el siguiente nivel de su educación.
Hoy por hoy, se estila mucho tratar de ‘quemar etapas’ en el desarrollo del niño, pensando que la enseñanza académica y la acumulación de datos a menor edad prepara de mejor manera al niño en su futuro académico. El peligro de estas medidas es que aspectos como el desarrollo emocional y social son dejados de lado.
Se debe tener siempre en cuenta que la etapa de la educación preescolar ayuda al desarrollo de las habilidades del niño sobre todo en su desarrollo psicológico, no a brindarle información destinada a ser desarrollada en los siguiente niveles.
Por eso los padres deben recordar que en esta etapa su participación es vital y no se le debe dejar la responsabilidad a los profesores.
Una buena educación preescolar, por tanto, debe estar orientada a preparar al niño en los aspectos emocionales, enseñarle a entenderse como un pequeño individuo así como a relacionarse e integrarse en distintos grupos sociales, sobre todo a aprender a convivir con niños de su edad y a tratar con personas que no sean de su entorno inmediato (el familiar).
De un correcto desarrollo de un programa preescolar se puede obtener como resultado un niño que sea sociable, que sabe relacionarse con sus compañeros de clase y que es receptivo para el trabajo en grupo y aprender nuevas cosas.
A veces nuestro entorno parece indicarnos que lo más importante para que un niño pueda desenvolverse en el mundo laboral en su futuro son las buenas notas y una memoria amplia. Sin embargo en muchos casos se olvida lo vital que es desarrollar en él las habilidades de integración y socialización.
Un mal planteamiento para la preparación del niño en la edad más temprana puede producir malos ecos en su desarrollo futuro, que dará como resultado a un niño solitario, que no sabe interactuar con su entorno y que podría tener experiencias negativas más adelante.

