El Centro de Cultura Contemporánea de Barcelona ofrece cada verano una muestra selecta de ese cine que no llega nunca, o casi nunca, a las pantallas comerciales. El éxito con cada edición está asegurado. La prueba está en que la segunda semana casi me pierdo el estreno en España de la última película de Werner Herzog, cineasta inclasificable, siempre fascinado y empalagado a partes iguales por la especie humana. Dos minutos antes de la proyección me quedé a las puertas del patio del Centro, pues en ese mismo momento el aforo se encontraba completo. Estaba a punto de desistir y volver a casa, cuando por el sistema de “salen 2 - entran 2”, accedí al recinto mientras fuera se agolpaban más de doscientas personas que no tuvieron la misma suerte. Por los que se quedaron fuera, me propuse entonces prestar una atención adicional a una película que, sobre el papel, ya resultaba lo suficientemente interesante: la visión de este maestro del cine, especialmente del género documental (ver a modo de ejemplo sus películas God’s Angry Man, 1980; Death of Five Voices, 1995; Mi enemigo íntimo – Mein Liebster Fiend, 1999, y la sobrecogedora Grizzly Man, 2005... para darse cuenta de ello) sobre la Antártida y la huella dolorosa del ser humano sobre la naturaleza.

A partir de aquí, fiel a su estilo, Herzog presenta una galería de imágenes bellas, pero alejadas totalmente del estilo “fondo de escritorio de Windows”; y también de imágenes embarradas y ocres de McMurdo, la colonia y centro logístico para la mitad del continente, una especie de ciudad similar a cualquier ciudad industrial, en la que no falta de nada... heladería, bolera y cajeros automáticos incluidos. El lamento del director de Munich es largo al respecto, y se esfuerza en recordarnos que en la Antártida no todo es belleza glacial e inerte, sino que también el hombre pasó por allí hace un siglo escaso, dejando pronto su sello colonial, y su extraño encanto.
En el largometraje aparecen los dos elementos claves en la filmografía del alemán: por un lado, la ambición o la megalomanía de una humanidad pequeña frente a una naturaleza enorme, eterna, hostil y a la defensiva, ambición que se personifica en el ansia de los “primeros”, como Shackleton o Scott, los cuales dejaron a un lado el espíritu aventurero para convertirse en los primeros en colocar la bandera británica en el lugar... pero también se materializa esta ambición en personajes como el de un individuo que quiere obtener el record Guinness llegando al Polo Sur en saltador. El otro elemento es la proliferación de nuevas y singulares especies. Asistimos al descubrimiento de seres unicelulares únicos, y también al de personajes raros y obsesionados con su trabajo de cuyos estudios, no lo olvidemos, dependen muchos de los informes sobre el cambio climático que llegan a nuestros telediarios.

Sin embargo, no estamos ante una colección de freaks divertidos que nos hacen reflexionar sobre temas como la ecología, aunque reconozco que estos seres solitarios y apacibles me han enseñado mucho más del asunto que el aparentemente revelador documental protagonizado por Al Gore (An inconvenient Truth, Davis Guggenheim, 2006). En la pantalla líquida por efecto de la brisa marina en ese patio del CCCB, recibimos el golpe fresco de alguien que, como bien apunta el crítico Roger Erbert “se mueve en extremos”.
Herzog nos lleva al fin del mundo, a un sitio que presuponemos sin vida, que imaginamos un poco como el desierto helado de la segunda entrega de la saga galáctica de George Lucas; entonces destapa una caja de la que surgen esculturas naturales de hielo, días eternos, filósofos azules, naturalistas y mecánicos exóticos, pingüinos suicidas, psicodélicos gritos de focas bajo el océano... un lingüista que no encuentra lenguas para salvar, sino invernaderos bajo un sol frío, y las vibraciones de científicos jugando con guitarras eléctricas y tratando de abarcar el terreno con globos aerostáticos que se asemejan a las medusas incandescentes del fondo de un iceberg, al que sólo se puede acceder por profundos agujeros parecidos a la boca de un estómago de nitrógeno. O algo por el estilo. La perplejidad es una de las mejores armas esgrimidas en el film.
El marco en que se proyectaron las películas de esta muestra era el de la interculturalidad, partiendo de puntos de vista únicos sobre culturas y convivencias distintas pero encuadradas en un mismo ambiente. Herzog lo hace, nos lleva además a lo más remoto, y una vez allí, nos acribilla a preguntas, muchas de ellas incómodas y evidentes.

Partimos de la nada y el silencio, del blanco lechoso de un ambiente imaginario, para aprender a maravillarnos, para maravillarnos de las paradojas de un mundo nuevo. No nos queda más remedio que aceptar que, por mucho que nos esforcemos en ocultarlo, tenemos poco que decir, y mucho más de lo que asombrarnos.
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(Encounters at the end of the world)
Nacionalidad Estados Unidos, 2007
Narración, Guión y Dirección Werner Herzog.
Género Documental.
Color.
Duración 99 min.
Página web www.encountersfilm.com


