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Encuentros en la Fase

Cine y Fe

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9 Abril 2008

Homenaje a una PELÍCULA: Arrebato (1980), de Iván Zulueta

Fdo.: Daniel Jándula Martín

Málaga, mi ciudad de nacimiento, rinde estos días un homenaje a la que es mi película española favorita, junto a "El espíritu de la colmena". Una historia sobre el amor a la imagen, el amor a lo perdido, y el amor desprendido del amor. Una película que hoy es de culto, y que dentro del debate sobre lo que hay que hacer en el cine español para que éste despierte y pueda competir con otras cinematografías, tiene la categoría de ejemplo.

Se estrenó el año de mi nacimiento, 1980, en el cine Azul de Madrid, y duró una semana en cartel. Un segundo estreno, al año siguiente en los cines Alphaville, la dejó impresa en la mente y espíritu de una juventud que acudió en masa a verla en los inicios de la movida. Esta segunda oportunidad duró más de un año, y muchachos con chaleco amarillo, pelo rebelde y pendiente alarmante, se agolparon para verla una y otra vez en sesión contínua. Fue la ópera prima del reportero Iván Zulueta, y no ha vuelto a dirigir otro largometraje desde entonces. "La película la habré visto seis veces - afirma -. Me duele demasiado". Algo así me pasa a mi con la ciudad que ahora la proyecta en su festival de cine español.

Fresca, vital, hipnótica, libre, desesperante, inquietante, rara, entretenida, barata, letal, vampírica, arriesgada... estos y otros mil epítetos le sientan bien, pero sobre todo, la palabra que la define es: imaginación. En estado puro. Os dejo un fragmento aquí abajo...

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Daniel Jándula Martín

España

Sobre mi: Una noche de verano, mi madre me despertó, a eso de las once y media de la noche. Yo tendría siete años. Recuerdo perfectamente mi incierto y zigzagueante paseo hasta la pequeña sala de estar. Mi padre roncaba en una esquina. Ella me iba diciendo que tenía que ver algo, que no debía perderme. En la tele de catorce pulgadas, un hombre despertaba a su vez a sus hijos, y les decía que fueran con él para ver algo. Ellos tampoco debían perderse esa experiencia. La película era Encuentros en la Tercera Fase, de Steven Spielberg, y su tesis principal era la siguiente: no estamos solos en este mundo. Fue una experiencia que nunca olvidaré, pues marcó mi afición al cine, y sobre todo, fue la primera piedra para mi conversión al cristianismo, y para mi aceptación de que Dios nunca dejará que me encuentre solo. Todo un encuentro. Siempre he pensado que muchos directores de cine, desde Scorsese a Wim Wenders, desde Ozu a Abel Ferrara, pasando por Kieslowski, Werner Herzog, Paul Schrader o Bergman, entre otros cientos, han sabido imprimir a su obra un punto de vista espiritual (y en algunos casos hasta religioso) de la vida, dando un sentido mucho más amplio a este arte, yendo más allá de los 24 fotogramas por segundo. La pretensión de este blog es, desde la humildad de un simple aficionado, hablar de eso: de cine y fe. De las certezas impregnadas en historias que remueven nuestras conciencias, y buscar una aplicación para nuestro crecimiento espiritual. Apartando las críticas inaccesibles y las referencias inútiles para mirarnos el ombligo, queremos aprender de las películas en aspectos que normalmente se suelen despreciar, pues se cree a menudo que lo espiritual no es intelectual, y al revés... lo cual es una gran estupidez. Que tú, lector, creyente o no, disfrutes de estos contenidos... pues tu vida vale más de lo que piensas...

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