(Artículo sobre “There Will be Blood”, de Paul Thomas Anderson)
De nuevo el Oeste americano nos da una gran lección sobre eso tan complicado que llamamos la condición humana.
La última obra maestra de Paul Thomas Anderson arranca con las penalidades de un luchador buscador de plata que obtiene su premio tras su constancia y su obcecación. Con lo que obtiene por esa piedra, Daniel Plainview invierte en el oro negro que aún hoy, más de un siglo después, condiciona nuestra economía como rige el destino y futuro de miles de personas en Oriente Medio, lejos de nuestras tranquilas sociedades occidentales y adormecidas.

There will be Blood (cuyo título ha sido traducido de un modo desastroso por Pozos de ambición) presenta un panorama devastador sobre la extracción de petróleo en una gris y a menudo nublada California, y sobre todo acerca de un hombre surgido de la nada, de un odio desmesurado respecto a un mundo que le es totalmente ajeno (no tiene padre, su hijo no es suyo, ni tiene conexión real con nadie, algo recurrente en el cine de Thomas Anderson).
La película trata la eterna lucha entre la poderosa e industrial América que conocimos en Gigante (de George Stevens, 1956), y el Edén salvaje de El tesoro de Sierra Madre (John Huston, 1948), aunque poco tiene que ver con ellas. Y lo hace con el ritmo del mejor western, la violencia de los más memorables films bélicos, pero con el peso dramático de todo el reparto. La música del guitarrista de Radiohead, Jonny Greenwood, con esos sonidos de la tierra, y esos tambores del infierno en ciertas secuencias inquietantes, da golpes incesantes a nuestro pobre corazón, sin que nos demos cuenta, y conduce nuestra visión del personaje principal, que va de una firme comprensión al comienzo, hasta la observación repulsiva de un león enjaulado que no duda en usar todos los medios para conseguir su objetivo: amasar poder hasta la náusea, una ambición mayor que la de la fortuna económica. En todo momento dudamos como espectadores de esos destellos breves de arrepentimiento en Plainview, enfrentado a la naturaleza, a la historia, a la religión, y a la vida.
Con imágenes que parecen sacadas del libro de Eclesiastés, nos vemos aquí inmersos en una sociedad que comienza a vivir con el capitalismo a cuestas, y con una imagen distorsionada de Dios por la Iglesia de la Tercera Revelación, que acaba de desechar su vinculación con la Iglesia Presbiteriana, bajo la figura del predicador Eli Sunday (interpretado por Paul Dano), otro personaje solitario y ambicioso como Daniel Plainview, tan perturbador y lunático como los predicadores de los relatos de Flannery O’Connor, que con gran virtuosismo el director de la película le lleva a arrojar hacia el público uno de esos demonios que afirma poder controlar con sus poderes.
Las primeras 150 páginas de las 500 que forman Oil!, una novela publicada en 1927 por Upton Sinclair, sirvieron para inspirar a Paul Thomas Anderson la redacción de su guión, también impactado por El lado oscuro de la fortuna, escrita por Margaret Leslie Davis, una biografía del petrolero Edward Doheny, auténtico icono de la avaricia y la corrupción. La investigación se acompañó de un elaborado y largo proceso de investigación de campo. Pero lo que más interesaba de esta historia, la parte más importante de la novela de Sinclair, era explorar hasta lo más profundo el enfrentamiento entre una avaricia de poder descontrolada y un idealismo espiritual encarnado en una familia pobre, de moral fundamentalista y pseudo-pentecostal, con el hijo mayor Eli Sunday como referencia, quien también demuestra sus propias ambiciones.
There Will Be Blood (Habrá sangre), va más allá de las duras condiciones físicas de los extractores de petróleo (más reflejados en el libro), y se centra en la no menos dura condición espiritual de una época en violenta transformación, a medida que va creciendo económicamente.
Una dura condición que aún hoy tiene sus potentes ecos en la sociedad estadounidense, fundamentalismo religioso incluido. La película es cruda y existencialista en este sentido. No hay lugar para la esperanza. Ninguno de los personajes está limpio, después de tanto tiempo rodeados del líquido negro. Y es que la ambición es algo que no solemos descubrir hasta que no nadamos ahogados en ella.

Sabemos que, a menos que seamos capaces de transformarnos a nosotros mismos (lo más difícil de conseguir, como decía Tolstoi), jamás podremos mejorar nuestro mundo. Sin embargo, lo mejor de esto es que a pesar nuestra, sí que está en nuestra mano ese cambio, y además es posible.
No hay cantidad suficiente de petróleo que pueda anular la determinación de alguien que decide negarse a sí mismo, y situarse de espaldas ante la ambición, sea del tipo que sea, siempre que esta negación sea verdadera. La película está presentada de un modo épico, al estilo (siempre con el filtro personal de este genial director) de las grandes historias del cine que nació en esa misma California desierta, ese monstruo indomable, lo que nos da una medida de la importancia de este asunto.
En textos bíblicos como Job 20:20, Salmo 112:10, Proverbios 1:19, 1 Pedro 5:2, 2 Pedro 2:3, se ve claramente que el resultado de la ambición cegadora, o dicho de otro modo, una vida egocéntrica, nos conduce a hundirnos aún más en el barro, a no hallar el sosiego y a esa paz que creemos que la riqueza o el poder nos proporcionarán, y que a menudo observamos de magnates como el que se nos presenta en esta película, alguien que podemos comprobar nunca descansa tranquilo. Pero podemos decir que la fe en aquella sangre que Cristo derramó nos salva aún hoy de un triste final, y ni todo el artificio religioso se encuentra a la altura de ese sacrificio. Cuando la ambición se encuentra con la fe, y trata de competir con ella, nos damos cuenta de que la fe siempre vence.


