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Encuentros en la Fase

Cine y Fe

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4 Diciembre 2008

+ Cine Sensible

Desde ahora, este blog deja de actualizarse; pero no así las reflexiones sobre cine y fe que desde hace año y medio hemos estado realizando. Esto es sólo una mudanza. Sigue con estas reflexiones, que tendrán también a partir de hoy un apoyo multimedia mayor y unas actualizaciones más frecuentes.

Sólo hay que seguir este link:

www.cinesensible.blogspot.com

Muchas gracias por visitarme. Espero que nos sigamos viendo en este nuevo espacio de Cine Sensible.

Un abrazo.

Daniel Jándula Martín.

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1 Diciembre 2008

12 de diciembre - Cine Sensible: necesidad de verdad

{El próximo viernes 12 de diciembre, Daniel Jándula moderará en Barcelona un coloquio-reflexión sobre introducción a la crítica cinematográfica, centrado en el tema de la sensibilidad del espectador ante una película, y las cargas que como consumidores de este arte todos llevamos sobre nuestros hombros cuando entramos a ese lugar llamado sala de cine; un lugar que posee una liturgia y un lenguaje propios. Los asistentes podrán jugar, descubrir, aprender y debatir con algunos fragmentos de películas interesantes. El acto lo organiza el colectivo artístico zruH, dentro de sus actividades como comunidad de apoyo y formación a aquellos artistas que se interesan por adquirir y profundizar en valores espirituales. Para coonocer más detalles, escribe a leo_pierre@yahoo.fr}

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16 Septiembre 2008

"Encounters at the end of the world" (por Daniel Jándula)

El Centro de Cultura Contemporánea de Barcelona ofrece cada verano una muestra selecta de ese cine que no llega nunca, o casi nunca, a las pantallas comerciales. El éxito con cada edición está asegurado. La prueba está en que la segunda semana casi me pierdo el estreno en España de la última película de Werner Herzog, cineasta inclasificable, siempre fascinado y empalagado a partes iguales por la especie humana. Dos minutos antes de la proyección me quedé a las puertas del patio del Centro, pues en ese mismo momento el aforo se encontraba completo. Estaba a punto de desistir y volver a casa, cuando por el sistema de “salen 2 - entran 2”, accedí al recinto mientras fuera se agolpaban más de doscientas personas que no tuvieron la misma suerte. Por los que se quedaron fuera, me propuse entonces prestar una atención adicional a una película que, sobre el papel, ya resultaba lo suficientemente interesante: la visión de este maestro del cine, especialmente del género documental (ver a modo de ejemplo sus películas God’s Angry Man, 1980; Death of Five Voices, 1995; Mi enemigo íntimo – Mein Liebster Fiend, 1999, y la sobrecogedora Grizzly Man, 2005... para darse cuenta de ello) sobre la Antártida y la huella dolorosa del ser humano sobre la naturaleza.

A partir de aquí, fiel a su estilo, Herzog presenta una galería de imágenes bellas, pero alejadas totalmente del estilo “fondo de escritorio de Windows”; y también de imágenes embarradas y ocres de McMurdo, la colonia y centro logístico para la mitad del continente, una especie de ciudad similar a cualquier ciudad industrial, en la que no falta de nada... heladería, bolera y cajeros automáticos incluidos. El lamento del director de Munich es largo al respecto, y se esfuerza en recordarnos que en la Antártida no todo es belleza glacial e inerte, sino que también el hombre pasó por allí hace un siglo escaso, dejando pronto su sello colonial, y su extraño encanto.

En el largometraje aparecen los dos elementos claves en la filmografía del alemán: por un lado, la ambición o la megalomanía de una humanidad pequeña frente a una naturaleza enorme, eterna, hostil y a la defensiva, ambición que se personifica en el ansia de los “primeros”, como Shackleton o Scott, los cuales dejaron a un lado el espíritu aventurero para convertirse en los primeros en colocar la bandera británica en el lugar... pero también se materializa esta ambición en personajes como el de un individuo que quiere obtener el record Guinness llegando al Polo Sur en saltador. El otro elemento es la proliferación de nuevas y singulares especies. Asistimos al descubrimiento de seres unicelulares únicos, y también al de personajes raros y obsesionados con su trabajo de cuyos estudios, no lo olvidemos, dependen muchos de los informes sobre el cambio climático que llegan a nuestros telediarios.

Sin embargo, no estamos ante una colección de freaks divertidos que nos hacen reflexionar sobre temas como la ecología, aunque reconozco que estos seres solitarios y apacibles me han enseñado mucho más del asunto que el aparentemente revelador documental protagonizado por Al Gore (An inconvenient Truth, Davis Guggenheim, 2006). En la pantalla líquida por efecto de la brisa marina en ese patio del CCCB, recibimos el golpe fresco de alguien que, como bien apunta el crítico Roger Erbert “se mueve en extremos”.

Herzog nos lleva al fin del mundo, a un sitio que presuponemos sin vida, que imaginamos un poco como el desierto helado de la segunda entrega de la saga galáctica de George Lucas; entonces destapa una caja de la que surgen esculturas naturales de hielo, días eternos, filósofos azules, naturalistas y mecánicos exóticos, pingüinos suicidas, psicodélicos gritos de focas bajo el océano... un lingüista que no encuentra lenguas para salvar, sino invernaderos bajo un sol frío, y las vibraciones de científicos jugando con guitarras eléctricas y tratando de abarcar el terreno con globos aerostáticos que se asemejan a las medusas incandescentes del fondo de un iceberg, al que sólo se puede acceder por profundos agujeros parecidos a la boca de un estómago de nitrógeno. O algo por el estilo. La perplejidad es una de las mejores armas esgrimidas en el film.

El marco en que se proyectaron las películas de esta muestra era el de la interculturalidad, partiendo de puntos de vista únicos sobre culturas y convivencias distintas pero encuadradas en un mismo ambiente. Herzog lo hace, nos lleva además a lo más remoto, y una vez allí, nos acribilla a preguntas, muchas de ellas incómodas y evidentes.

Partimos de la nada y el silencio, del blanco lechoso de un ambiente imaginario, para aprender a maravillarnos, para maravillarnos de las paradojas de un mundo nuevo. No nos queda más remedio que aceptar que, por mucho que nos esforcemos en ocultarlo, tenemos poco que decir, y mucho más de lo que asombrarnos.

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(Encounters at the end of the world)

Nacionalidad Estados Unidos, 2007

Narración, Guión y Dirección Werner Herzog.

Género Documental.

Color.

Duración 99 min.

Página web www.encountersfilm.com

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24 Mayo 2008

"Viento en las velas" (por José de Segovia)

De todos los mitos de la Ilustración, ninguno goza de tan extraordinaria salud como la creencia de que los niños son inocentes. Afirmar lo contrario, hoy en día es considerado un auténtico sacrilegio. El escritor galés Richard Hughes (1900-1976) se propuso desmontar esta idea en una interesante novela, recientemente reeditada por Alba. Se llama Huracán en Jamaica, y fue llevada magistralmente al cine por el británico Alexander Mackendrick, en una película de los años sesenta, protagonizada por Anthony Quinn y James Coburn, que acaba de editarse en DVD, bajo el titulo de Viento en las velas.

El libro narra las peripecias de un grupo de niños que viajan a Inglaterra en un barco de vela para recibir la clásica educación británica. Al poco de iniciarse la travesía son capturados por unos patéticos bucaneros, que habían logrado sobrevivir en las costas de Cuba, hasta la época victoriana. El mar y la vida a bordo son el escenario sobre el que se proyecta esta melancólica sátira de unos piratas que terminan por ser víctimas de sus pequeños pasajeros. La historia suena a comedia, pero es en realidad un drama de extraordinaria crueldad, capaz de erizar la piel al lector más sensible…

El libro se puede disfrutar como un relato de aventuras, pero lo que sorprende es su perfecto análisis de la mentalidad infantil: la capacidad que tienen los niños para vivir el presente, su sentido de la justicia, pero también su crueldad y egocentrismo. El autor estudió en Oxford, donde se licenció en 1922. Viajó por Norteamérica y el Caribe, colaborando en revistas literarias, siendo destinado durante la Segunda Guerra Mundial al Almirantazgo. Los últimos años de su vida los pasó de corresponsal en Hong Kong del Sunday Times. Escribió poesía, teatro, cuentos, libros infantiles y novelas, pero la más conocida es Huracán en Jamaica, que publicó en 1929.

La película es igual de impresionante. El crítico José María Latorre la describe como “inagotable” en un espléndido ensayo de su libro La vuelta al mundo en 80 aventuras. Es un film de estructura clásica, compuesto de tres actos muy bien definidos. Primero, el relato del huracán que destruye la casa de los Thornton en Jamaica, que obliga a los niños a embarcar hacia Inglaterra. Después, el barco asaltado por los piratas, que mantienen prisioneros a los chicos, aun sin quererles hacer daño alguno. Y por últimos, ciertos incidentes fortuitos, que precipitan la captura y ejecución de los asaltantes, siendo acusados falsamente por los niños, que no hacen nada para salvarlos.

Anthony Quinn hace aquí una de sus mejores composiciones, como el capitán Juan Chávez, que salta y revolotea por el barco como un niño, de aquí para allá, riendo y bebiendo. Mientras, la niña Emily (la debutante Deborah Baxter, antes de su penúltimo papel, en El viento y el león de John Milius) conserva en todo momento la fría introspección de la burguesía británica. En medio está Zac, el misterioso James Coburn, que se mueve como un gato, actuando como el espectador que sabe que está contemplando el final de una época, y no puede hacer nada para impedirlo. En el duelo callado entre Chávez y Emily, todo parece determinado…

La crudeza de esta historia desmonta el mito de la supuesta inocencia infantil. Lo hace de una forma sobria y despojada, en un tono distanciado y cruel, de acuerdo a la extraña lógica de los niños protagonistas. La película está contada desde el punto de vista de una de las niñas, Emily, mientras que el libro está narrado desde la perspectiva omnisciente del autor, Los hechos son analizados como con un microscopio, extrayendo sus consecuencias, pero al final el escritor admite su impotencia para penetrar en los secretos de la naturaleza humana.

La película acaba con la niña jugando junto a un lago con sus hermanos, mientras contempla un barquito de juguete que se aleja, arrastrado por la corriente. Es la inocencia perdida. Nadie puede negar la tragedia que la Biblia llama pecado. Es el origen de la muerte (Romanos 5:12-14). Si decimos que el niño no tiene mal alguno, ¿por qué entonces los niños mueren? Nacemos con una naturaleza que nos inclina irresistiblemente al mal.

Podemos hacernos ilusiones de nuestra pretendida inocencia, pero nos engañamos cuando idealizamos la infancia como un tiempo libre de toda sombra. La verdad es que los niños no son ángeles. David se da cuenta que es malo desde que nació (Salmo 51:5).

La presuposición de aquellos que niegan el pecado original es que la culpa requiere un ejercicio claro y deliberado de la voluntad de la persona. La Biblia tiene sin embargo una visión mucho más amplía del pecado. Hay pecados de omisión (Santiago 4:17) y pecados inconscientes, que necesitan también del perdón de Dios (Salmo 19:12), ya que están bajo su juicio (1 Corintios 4:4). La Ley establece sacrificios para ello (Números 15:27 ss.).

Somos “hijos de la ira” (Efesios 2:3), pero “si confesamos nuestros pecados, podemos confiar en que Dios hará lo que es justo: nos perdonará nuestros pecados y nos limpiará de toda maldad” (1 Juan 1:9).

José de Segovia es periodista, teólogo y pastor en Madrid

© J. de Segovia. ProtestanteDigital.com (España, 2008).

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24 Mayo 2008

"Viento en las velas" (por José de Segovia)

(Fuente: Protestante Digital)

De todos los mitos de la Ilustración, ninguno goza de tan extraordinaria salud como la creencia de que los niños son inocentes. Afirmar lo contrario, hoy en día es considerado un auténtico sacrilegio. El escritor galés Richard Hughes (1900-1976) se propuso desmontar esta idea en una interesante novela, recientemente reeditada por Alba. Se llama Huracán en Jamaica, y fue llevada magistralmente al cine por el británico Alexander Mackendrick, en una película de los años sesenta, protagonizada por Anthony Quinn y James Coburn, que acaba de editarse en DVD, bajo el titulo de Viento en las velas.

El libro narra las peripecias de un grupo de niños que viajan a Inglaterra en un barco de vela para recibir la clásica educación británica. Al poco de iniciarse la travesía son capturados por unos patéticos bucaneros, que habían logrado sobrevivir en las costas de Cuba, hasta la época victoriana. El mar y la vida a bordo son el escenario sobre el que se proyecta esta melancólica sátira de unos piratas que terminan por ser víctimas de sus pequeños pasajeros. La historia suena a comedia, pero es en realidad un drama de extraordinaria crueldad, capaz de erizar la piel al lector más sensible…

El libro se puede disfrutar como un relato de aventuras, pero lo que sorprende es su perfecto análisis de la mentalidad infantil: la capacidad que tienen los niños para vivir el presente, su sentido de la justicia, pero también su crueldad y egocentrismo. El autor estudió en Oxford, donde se licenció en 1922. Viajó por Norteamérica y el Caribe, colaborando en revistas literarias, siendo destinado durante la Segunda Guerra Mundial al Almirantazgo. Los últimos años de su vida los pasó de corresponsal en Hong Kong del Sunday Times. Escribió poesía, teatro, cuentos, libros infantiles y novelas, pero la más conocida es Huracán en Jamaica, que publicó en 1929.

La película es igual de impresionante. El crítico José María Latorre la describe como “inagotable” en un espléndido ensayo de su libro La vuelta al mundo en 80 aventuras. Es un film de estructura clásica, compuesto de tres actos muy bien definidos. Primero, el relato del huracán que destruye la casa de los Thornton en Jamaica, que obliga a los niños a embarcar hacia Inglaterra. Después, el barco asaltado por los piratas, que mantienen prisioneros a los chicos, aun sin quererles hacer daño alguno. Y por últimos, ciertos incidentes fortuitos, que precipitan la captura y ejecución de los asaltantes, siendo acusados falsamente por los niños, que no hacen nada para salvarlos.

Anthony Quinn hace aquí una de sus mejores composiciones, como el capitán Juan Chávez, que salta y revolotea por el barco como un niño, de aquí para allá, riendo y bebiendo. Mientras, la niña Emily (la debutante Deborah Baxter, antes de su penúltimo papel, en El viento y el león de John Milius) conserva en todo momento la fría introspección de la burguesía británica. En medio está Zac, el misterioso James Coburn, que se mueve como un gato, actuando como el espectador que sabe que está contemplando el final de una época, y no puede hacer nada para impedirlo. En el duelo callado entre Chávez y Emily, todo parece determinado…

La crudeza de esta historia desmonta el mito de la supuesta inocencia infantil. Lo hace de una forma sobria y despojada, en un tono distanciado y cruel, de acuerdo a la extraña lógica de los niños protagonistas. La película está contada desde el punto de vista de una de las niñas, Emily, mientras que el libro está narrado desde la perspectiva omnisciente del autor, Los hechos son analizados como con un microscopio, extrayendo sus consecuencias, pero al final el escritor admite su impotencia para penetrar en los secretos de la naturaleza humana.

La película acaba con la niña jugando junto a un lago con sus hermanos, mientras contempla un barquito de juguete que se aleja, arrastrado por la corriente. Es la inocencia perdida. Nadie puede negar la tragedia que la Biblia llama pecado. Es el origen de la muerte (Romanos 5:12-14). Si decimos que el niño no tiene mal alguno, ¿por qué entonces los niños mueren? Nacemos con una naturaleza que nos inclina irresistiblemente al mal.

Podemos hacernos ilusiones de nuestra pretendida inocencia, pero nos engañamos cuando idealizamos la infancia como un tiempo libre de toda sombra. La verdad es que los niños no son ángeles. David se da cuenta que es malo desde que nació (Salmo 51:5).

La presuposición de aquellos que niegan el pecado original es que la culpa requiere un ejercicio claro y deliberado de la voluntad de la persona. La Biblia tiene sin embargo una visión mucho más amplía del pecado. Hay pecados de omisión (Santiago 4:17) y pecados inconscientes, que necesitan también del perdón de Dios (Salmo 19:12), ya que están bajo su juicio (1 Corintios 4:4). La Ley establece sacrificios para ello (Números 15:27 ss.).

Somos “hijos de la ira” (Efesios 2:3), pero “si confesamos nuestros pecados, podemos confiar en que Dios hará lo que es justo: nos perdonará nuestros pecados y nos limpiará de toda maldad” (1 Juan 1:9).

José de Segovia es periodista, teólogo y pastor en Madrid

© J. de Segovia. ProtestanteDigital.com (España, 2008).

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14 Abril 2008

¡Qué soledad la de "Taxi Driver"! (por José de Segovia)

(artículo extraído del número 223 de la revista Protestante Digital)

Se ha publicado una nueva edición para coleccionistas de la mítica película de los años setenta Taxi Driver. A la mejora del sonido, se une ahora un segundo disco con una gran cantidad de reportajes sobre el momento histórico en que transcurre la cinta y las motivaciones de sus autores, Paul Schrader y Martin Scorsese, dos cineastas norteamericanos que cambiaron la teología por el cine, haciendo una obra de culto para los inadaptados del mundo entero. Un film complejo y turbador, que refleja la soledad del hombre contemporáneo.

El profesor de la Universidad de Maryland, Robert Kolker, comenta la película en este disco, que incluye también el guión de Schrader. El profesor Kolker es autor de un famoso libro de la Universidad de Oxford, que describe las películas de los años setenta como Un cine de soledad (A Cinema of Loneliness). La portada nos muestra a Robert DeNiro andando por las calles de Nueva York, entre los carteles de los desaparecidos cines porno que llenaban el centro de la ciudad, hasta la llegada del vídeo. El segundo disco incluye una reciente entrevista con Scorsese y un interesante documental sobre la influencia de Taxi Driver en las generaciones más jóvenes.

Se han hecho muchas lecturas de la película desde su estreno en 1976. Algunos la consideran fascista y violenta, entendiendo que tiene un mensaje profundamente reaccionario. Otros la ven como un reflejo del espíritu convulso de la Norteamérica de los años setenta, que nos proporciona un insólito retrato de la pesadilla que surge al declinar el sueño hippie. Lo cierto es que la película no proporciona respuestas, sino que nos plantea interrogantes. Su autor, Paul Schrader cree que “la soledad y la paranoia de Travis”, el personaje del taxista que protagoniza Robert DeNiro, “no tienen un origen social”, sino que “son puramente existenciales”. Esta obra conmovedora nos enfrenta de hecho a la crisis de fe del católico Scorsese y el protestante Schrader, que abandonan sus estudios de teología, para dedicarse al cine…

Mucha literatura se ha vertido sobre el fallido intento del católico de origen italiano, Martin Scorsese (1943), de tomar los hábitos en el Seminario de la Catedral del Upper West Side neoyorquino. Parece que en realidad se limitó a seguir un curso de preparación algunos meses, hasta que fue expulsado del Seminario. Respecto al protestante Paul Schrader (1946), viene ciertamente de una estricta familia reformada ortodoxa de origen holandés, que no le permite ver ninguna película hasta los 18 años, pero sus estudios de teología no son también nada más que un curso introductorio en la Universidad Calvino de Grand Rapids (Michigan, EE.UU.), puesto que él no estudia propiamente en el Seminario Teológico de esta Universidad. La obra de ambos es sin embargo incomprensible sin entender su trasfondo cristiano.

“Aquello que hace que mis colaboraciones con Scorsese sean tan interesantes”, dice Schrader, que ha trabajado con el director italo-norteamericano en películas como Toro Salvaje o La última tentación de Cristo, “es el hecho de que esencialmente tenemos la misma formación moral, aunque mi origen sea rural y protestante, y el suyo urbano y católico, el mío del norte de Europa, y el suyo del sur”. Los dos son vistos como “víctimas de una moral propia de las sociedades cristianas más cerradas”, enfrentados a una dialéctica con el pecado, que se convierte en una falta o afrenta a expiar, hasta el punto de intentar purgarla con el castigo físico.

El término más usado para describir la obra de Scorsese y Schrader es su búsqueda de redención. Sus personajes torturados y obsesivos, nos muestran la condición del hombre contemporáneo, atrapado en sus contradicciones. Son figuras como Travis, inmersas en el infierno de la ciudad, pugnando constantemente por liberarse de sus pecados, en una catarsis de violencia y horror...

La preocupación espiritual de Schrader le lleva a hacer una tesis doctoral, mientras estudia en la Universidad de California, sobre lo trascendental en el cine del budista zen japonés Ozu, el católico jansenista francés Bresson y el luterano danés Dreyer. El libro, que está publicado en España como El estilo trascendental en el cine, está dedicado al profesor evangélico Nicholas Wolterstorff, que le enseñó filosofía en Calvin, manteniendo luego relación con él. Al encontrarse solo en Nueva York, Schrader entra en una profunda crisis, que le lleva a escribir Taxi Driver, al abandonar el hospital, donde es tratado por una úlcera.

El taxista que interpreta Robert DeNiro se nos introduce con la maravillosa música del maestro de Hitchcok, Bernard Herrmann, como un veterano de Vietnam, que sufre de insomnio. En la soledad de su desvencijado y solitario apartamento, escribe: “Gracias, Señor, por esta lluvia que ha limpiado las calles y las aceras”. Pero su esperanza es que “algún día caerá una lluvia de verdad que limpiará toda esta basura de las calles”, mientras limpia en el garaje el asiento trasero de su taxi de semen y sangre. Por las mañanas se dedica a vagar por la ciudad y frecuentar los cines porno, a la vez que se obsesiona con las armas…

“En la época en que escribí el guión”, dice Schrader, era un enamorado de las armas, un tipo de tendencias bastante suicidas, bebía mucho y estaba obsesionado por la pornografía, como sólo un solitario puede estarlo”. Para el autor, “todos esos elemenos aparecen en la película”.
El cineasta recuerda que “el libro que leía y releía hasta la extenuación, mientras escribía el guión era La náusea de Sartre”. Por lo que “si hay que buscar un modelo para Taxi Driver, ahí está”…

Tras perseguir a una hermosa rubia (Cybill Shepherd), que trabaja en la campaña electoral de un senador, la vida de Travis se convierte en un verdadero infierno. Ella no quiere verle, desde que la llevó a un cine porno. Se obsesiona entonces con salvar a una joven prostituta, que es casi una niña (interpretada por Jodie Foster), explotada voluntariamente por un chulo (representado por Harvey Keitel). En su soledad paranoica, el personaje de Robert DeNiro entra en una espiral de violencia, que lleva a una verdadera orgía de sangre…

Travis transita entre el pecado y la culpa, en busca de redención.

“Supongo que cualquier persona que haya tenido una educación profundamente cristiana, como yo”, dice Schrader, “estará interesado en la culpa, la redención, y la salvación”.
La pregunta para él, sigue siendo la misma de la Biblia. “¿Cómo conseguimos expiar nuestras culpas?”. Él se educó en las Escrituras que enseñan “que siempre hay que derramar sangre, la nuestra o la de quien nos represente, como Jesucristo”. Y Schrader sigue creyendo que “sangre debe ser derramada para expiar los pecados”. Así que “no importa lo antigua que sea, la cuestión del pecado, la redención y la gracia siempre será fundamental para mí”.

Taxi Driver, como Hardcore o Posibilidad de escape, son epopeyas urbanas sobre el pecado y el mal, que contrastan con el ansía de pureza que siente Travis. Lo que queda es un poso de desolación existencial tan desesperada como el personaje de Harvey Keitel en la película de Scorsese Malas calles o el de Richard Gere en el American Gigolo de Schrader. Son personajes moralmente desorientados en un infierno de neón, que luchan contra sí mismos, para superar sus miserias y alcanzar la paz.

La única victoria sobre el pecado viene sin embargo por la gracia de Dios. Ya que en Cristo “tenemos redención por su sangre y el perdón de pecados, según las riquezas de su gracia” (Efesios 1:7). La cruz es el triunfo de la gracia, que nos libra de esa soledad terrible, para reconciliarnos con un Dios, que “en amor nos adopta como hijos suyos por medio de Jesucristo” (v. 5). Lejos de Él, sólo hay desolación…

[José de Segovia es periodista, teólogo y pastor en Madrid]

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9 Abril 2008

Homenaje a una PELÍCULA: Arrebato (1980), de Iván Zulueta

Fdo.: Daniel Jándula Martín

Málaga, mi ciudad de nacimiento, rinde estos días un homenaje a la que es mi película española favorita, junto a "El espíritu de la colmena". Una historia sobre el amor a la imagen, el amor a lo perdido, y el amor desprendido del amor. Una película que hoy es de culto, y que dentro del debate sobre lo que hay que hacer en el cine español para que éste despierte y pueda competir con otras cinematografías, tiene la categoría de ejemplo.

Se estrenó el año de mi nacimiento, 1980, en el cine Azul de Madrid, y duró una semana en cartel. Un segundo estreno, al año siguiente en los cines Alphaville, la dejó impresa en la mente y espíritu de una juventud que acudió en masa a verla en los inicios de la movida. Esta segunda oportunidad duró más de un año, y muchachos con chaleco amarillo, pelo rebelde y pendiente alarmante, se agolparon para verla una y otra vez en sesión contínua. Fue la ópera prima del reportero Iván Zulueta, y no ha vuelto a dirigir otro largometraje desde entonces. "La película la habré visto seis veces - afirma -. Me duele demasiado". Algo así me pasa a mi con la ciudad que ahora la proyecta en su festival de cine español.

Fresca, vital, hipnótica, libre, desesperante, inquietante, rara, entretenida, barata, letal, vampírica, arriesgada... estos y otros mil epítetos le sientan bien, pero sobre todo, la palabra que la define es: imaginación. En estado puro. Os dejo un fragmento aquí abajo...

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6 Abril 2008

Cuestión de vida y muerte (por Daniel Jándula Martín)

(Artículo sobre “Joe Strummer. Vida y muerte de un cantante”, de Julien Temple)

En el preestreno del último documental del realizador de videoclips Julien Temple, se hicieron dos advertencias: a) esta película no muestra únicamente el lado amigable del legendario guitarrista de The Clash, sino que además asistimos como testigos a la conversión del personaje en aquello que ni él mismo deseó llegar a ser; y b) la celebración de Joe Strummer, de su vida y muerte, no puede ser una colección de testimonios al uso, alrededor de un fuego fatuo (leitmotiv reconocible del film), los cuales aparecen intercalados con imágenes aparentemente ajenas al tema tratado, las cuales crean un efecto de distanciamiento que permite comprender mejor la Inglaterra del movimiento punk… todo ello aderezado con un gran trabajo de fotografía, una concienzuda selección musical, y las preciosas animaciones a partir de los dibujos con tinta de boli Bic del propio Joe “el Rasgueador”. Julien Temple, amigo íntimo del músico fallecido hace ya cinco años de un fallo cardíaco congénito no diagnosticado, "quería además contar 50 años de la historia de mi país. Es un viaje a través de una cultura y el retrato de una persona que no se quiere dejar moldear por esa cultura", según dijo en la presentación realizada en el último festival de Gijón.

Strummer: profundamente contradictorio, salvaje, enemigo de lo fácil, cercano a la realidad más sórdida, okupa, guitarrista que fue actor eventual, radical poeta amante de Lorca, Buddy Holly y Woody Guthrie, estudiante rebelde, investigador de otras músicas... el líder indiscutible de la banda punk inglesa que junto a Sex Pistols (también pasados por el filtro de la cámara de este genial realizador en The filth and the fury - 2000) revolucionaron el panorama musical y aterrorizaron el thatcherismo en los setenta, aparece fielmente retratado en Joe Strummer. The Future is Unwritten (El futuro no está escrito, es el título original de la película). Dejando el virtuosismo formal aparte, merece la pena resaltar que no nos encontramos ante una reflexión musical, al contrario de lo que Martin Scorsese (que por cierto también aparece aquí, como alguien influido por la música de The Clash a la hora de rodar Malas calles, y Toro Salvaje) hace con su película sobre los Rolling Stones; es más bien un análisis de su vida, abarcando desde su problemática infancia y juventud, de internado en internado, hasta las excursiones con su familia al Festival de Glastonbury. Sigue diciendo Temple:

"es la historia de un hombre, no la de un músico… quería hablar de su procedencia, de lo que le convirtió en estrella del rock. De hecho, la historia de los Clash ya se ha contado varias veces. La vida de Joe era más interesante y no estaba tan explorada”.
Colaboran en el metraje personajes tan famosos e importantes como Bono, Jim Jarmusch, Johnny Deep, o Steve Buscemi. El que aparezcan celebridades alrededor de una fogata, como a Strummer le gustaba pasar las noches, es un hecho que pierde toda trascendencia en el momento en que uno se sumerge por completo en la historia.

La historia es en principio la de muchos otros músicos de rock: infancia complicada, drogas, noches intensas y bebidas, ansia y desesperación, para darse cuenta un día de que “aún estamos vivos y hay que hacer algo al respecto”. Según Strummer, la solución para su vacío es imitar a los indios y tomarse la vida con tranquilidad alrededor de los amigos, y cantar entre ascuas canciones de los Ramones. O volverse en lo que él siempre detestó: un grupo de carcas, como afirma que son los Stones. Por otro lado, descubrimos un misterioso personaje, como afirma Temple, alguien que

“evidentemente, no era un santo. Hay gente que trata de esconder sus contradicciones. Joe las usó como energía creativa. Yo quería mostrar a Joe como un ser humano, con sus miserias y sus riquezas.”

¿Cuáles fueron esas contradicciones? Fue una persona con una fuerte conciencia social, que le lleva a tratar temas como la guerra, el racismo, etc… característica desarrollada en su etapa posterior con la banda Los Mescaleros, durante finales de los 90. Sin embargo, también sufrió las consecuencias de su excéntrico temperamento, incluyendo continuos enfrentamientos con la prensa, y de su individualismo incómodo, que peleaba con sus deseos de pasar desapercibido; prevaleciendo finalmente ese individualista que no pudo con el éxito y una creciente ambición, pasando por encima de sus propios principios. Este es el asunto más tratado, en metraje y profundidad, en un cuento del futuro por escribir. Bajo el prisma de Temple, el futuro permanece en blanco mientras el legado de Strummer continúa; no obstante, uno no puede desquitarse de la sensación de responsabilidad adquirida por el sólo hecho de compartir este mundo con otros seres igual o aún más contradictorios que el presentado aquí.

Cabe preguntarse entonces qué futuro nos corresponde escribir. Es cuestión de vida y muerte, pero sobre todo de vida, escoger el camino a seguir. En la Biblia, en Lucas 7: 13, se nos habla de una puerta estrecha y complicada de atravesar, que sin embargo conduce a la eternidad. La historia está llena de individuos más o menos famosos, más o menos relevantes para la cultura y la sociedad, que a menudo nos parecen inalcanzables; la parte triste es que su huella sólo permanecerá en la medida en que sean recordados, o dicho de otro modo, su futuro depende de nosotros, de los que formamos el resto. Pero también tenemos conocimiento de otras personas que tomaron la puerta estrecha, y esas huellas que dejan en nuestro mundo son más imperecederas, pues no dependen sino del sustento de Dios abriendo la última puerta que podemos cruzar, la de la eternidad, aquella a la que Dylan llamaba, la del cielo.

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14 Marzo 2008

En Busca de la Sangre (por Daniel Jándula Martín)

(Artículo sobre “There Will be Blood”, de Paul Thomas Anderson)

De nuevo el Oeste americano nos da una gran lección sobre eso tan complicado que llamamos la condición humana.

La última obra maestra de Paul Thomas Anderson arranca con las penalidades de un luchador buscador de plata que obtiene su premio tras su constancia y su obcecación. Con lo que obtiene por esa piedra, Daniel Plainview invierte en el oro negro que aún hoy, más de un siglo después, condiciona nuestra economía como rige el destino y futuro de miles de personas en Oriente Medio, lejos de nuestras tranquilas sociedades occidentales y adormecidas.

There will be Blood (cuyo título ha sido traducido de un modo desastroso por Pozos de ambición) presenta un panorama devastador sobre la extracción de petróleo en una gris y a menudo nublada California, y sobre todo acerca de un hombre surgido de la nada, de un odio desmesurado respecto a un mundo que le es totalmente ajeno (no tiene padre, su hijo no es suyo, ni tiene conexión real con nadie, algo recurrente en el cine de Thomas Anderson).

La película trata la eterna lucha entre la poderosa e industrial América que conocimos en Gigante (de George Stevens, 1956), y el Edén salvaje de El tesoro de Sierra Madre (John Huston, 1948), aunque poco tiene que ver con ellas. Y lo hace con el ritmo del mejor western, la violencia de los más memorables films bélicos, pero con el peso dramático de todo el reparto. La música del guitarrista de Radiohead, Jonny Greenwood, con esos sonidos de la tierra, y esos tambores del infierno en ciertas secuencias inquietantes, da golpes incesantes a nuestro pobre corazón, sin que nos demos cuenta, y conduce nuestra visión del personaje principal, que va de una firme comprensión al comienzo, hasta la observación repulsiva de un león enjaulado que no duda en usar todos los medios para conseguir su objetivo: amasar poder hasta la náusea, una ambición mayor que la de la fortuna económica. En todo momento dudamos como espectadores de esos destellos breves de arrepentimiento en Plainview, enfrentado a la naturaleza, a la historia, a la religión, y a la vida.

Con imágenes que parecen sacadas del libro de Eclesiastés, nos vemos aquí inmersos en una sociedad que comienza a vivir con el capitalismo a cuestas, y con una imagen distorsionada de Dios por la Iglesia de la Tercera Revelación, que acaba de desechar su vinculación con la Iglesia Presbiteriana, bajo la figura del predicador Eli Sunday (interpretado por Paul Dano), otro personaje solitario y ambicioso como Daniel Plainview, tan perturbador y lunático como los predicadores de los relatos de Flannery O’Connor, que con gran virtuosismo el director de la película le lleva a arrojar hacia el público uno de esos demonios que afirma poder controlar con sus poderes.

Las primeras 150 páginas de las 500 que forman Oil!, una novela publicada en 1927 por Upton Sinclair, sirvieron para inspirar a Paul Thomas Anderson la redacción de su guión, también impactado por El lado oscuro de la fortuna, escrita por Margaret Leslie Davis, una biografía del petrolero Edward Doheny, auténtico icono de la avaricia y la corrupción. La investigación se acompañó de un elaborado y largo proceso de investigación de campo. Pero lo que más interesaba de esta historia, la parte más importante de la novela de Sinclair, era explorar hasta lo más profundo el enfrentamiento entre una avaricia de poder descontrolada y un idealismo espiritual encarnado en una familia pobre, de moral fundamentalista y pseudo-pentecostal, con el hijo mayor Eli Sunday como referencia, quien también demuestra sus propias ambiciones.

There Will Be Blood (Habrá sangre), va más allá de las duras condiciones físicas de los extractores de petróleo (más reflejados en el libro), y se centra en la no menos dura condición espiritual de una época en violenta transformación, a medida que va creciendo económicamente.

Una dura condición que aún hoy tiene sus potentes ecos en la sociedad estadounidense, fundamentalismo religioso incluido. La película es cruda y existencialista en este sentido. No hay lugar para la esperanza. Ninguno de los personajes está limpio, después de tanto tiempo rodeados del líquido negro. Y es que la ambición es algo que no solemos descubrir hasta que no nadamos ahogados en ella.

Sabemos que, a menos que seamos capaces de transformarnos a nosotros mismos (lo más difícil de conseguir, como decía Tolstoi), jamás podremos mejorar nuestro mundo. Sin embargo, lo mejor de esto es que a pesar nuestra, sí que está en nuestra mano ese cambio, y además es posible.

No hay cantidad suficiente de petróleo que pueda anular la determinación de alguien que decide negarse a sí mismo, y situarse de espaldas ante la ambición, sea del tipo que sea, siempre que esta negación sea verdadera. La película está presentada de un modo épico, al estilo (siempre con el filtro personal de este genial director) de las grandes historias del cine que nació en esa misma California desierta, ese monstruo indomable, lo que nos da una medida de la importancia de este asunto.

En textos bíblicos como Job 20:20, Salmo 112:10, Proverbios 1:19, 1 Pedro 5:2, 2 Pedro 2:3, se ve claramente que el resultado de la ambición cegadora, o dicho de otro modo, una vida egocéntrica, nos conduce a hundirnos aún más en el barro, a no hallar el sosiego y a esa paz que creemos que la riqueza o el poder nos proporcionarán, y que a menudo observamos de magnates como el que se nos presenta en esta película, alguien que podemos comprobar nunca descansa tranquilo. Pero podemos decir que la fe en aquella sangre que Cristo derramó nos salva aún hoy de un triste final, y ni todo el artificio religioso se encuentra a la altura de ese sacrificio. Cuando la ambición se encuentra con la fe, y trata de competir con ella, nos damos cuenta de que la fe siempre vence.

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14 Marzo 2008

El exorcismo de Micaela: `Réquiem´ (por José de Segovia)

Se publica en DVD una nueva película sobre Anneliese Michel, la chica de 23 años que murió de agotamiento en la localidad alemana de Miltenberg, después de ser sometida a varias sesiones de exorcismo, haciendo que un cura fuera a la cárcel en 1972. Réquiem fue premiada en el Festival de Sitges del año 2006, después que la actriz protagonista, Sandra Hüller, recibiera el Oso de Plata en el Festival de Berlín. Justo antes de que Hans-Christian Schmid hiciera este film, otro joven director, ésta vez norteamericano, hizo otra película sobre este caso real. El exorcismo de Emily Rose de Scott Derrickson, traslada la acción a Estados Unidos, donde sigue el proceso judicial contra el sacerdote, pero Réquiem nos habla de lo que pasó justo antes del exorcismo.

En la versión americana, la inocencia del cura (interpretado por Tom Wilkinson) no queda del todo clara. La película alemana contrasta sin embargo el escepticismo del anciano párroco de Micaela, con el fanatismo del cura exorcista, que convierte a la chica en una víctima de la ignorancia religiosa. Su muerte fue para algunos, culpa del agotamiento que producía el medicamento que los doctores le suministraban; y para otros, responsabilidad del sacerdote, que la dejó aislada, sin alimentación ni cuidado sanitario durante demasiado tiempo.

En la película de Derrickson, el cura es defendido por una abogada (representada por la maravillosa actriz neoyorquina Laura Linney), cuyo agnosticismo contrasta con la racionalidad del fiscal metodista, cuya fe no le impide denunciar el exorcismo como una superstición irracional. La fe es mostrada así en toda su complejidad, evitando los estereotipos que Hollywood suele utilizar para presentar a los creyentes. La obra de Schmid se centra más en el personaje de Anneliese (llamada aquí Micaela Klinger), una joven epiléptica que vive sus primeras experiencias en la Universidad, alejada de su estricta familia católica, en plena década de los setenta.

Si El exorcismo de Emily Rose se presenta en la publicidad como una cinta de terror, Réquiem es claramente un drama. No estamos ante una nueva versión de El Exorcista. Sólo en el último cuarto de hora comienza a hablarse de exorcismo, y éste nunca aparece en escena. Schmid nos presenta la brutal tragedia de una chica que desconoce su enfermedad. Al dejar de tomar su medicación, sufre alucinaciones y ataques epilépticos, que la familia interpreta como una posesión demoníaca. La película nos muestra el choque entre religión y ciencia.

Desde la Ilustración, el pensamiento occidental se ha visto dominado por una visión del mundo que no acepta lo sobrenatural. La creencia en realidades espirituales se ve así como un vestigio de una superstición primitiva, que no tiene lugar en el mundo moderno. El problema es que la existencia de seres espirituales no puede ser probada por métodos científicos. Cuando se mantiene una visión mecanicista del universo, todo se atribuye a causas naturales. No hay lugar entonces para creer en ángeles o demonios. Pero el hombre sigue perplejo ante el misterio del mal.

¿Cómo explicar el poder del mal en el mundo? ¿Se debe solamente a la perversidad humana? El más serio problema filosófico para creer en un Dios bueno y todopoderoso es el problema del mal. Esa es la pregunta que se hace Job en la Biblia. Y la respuesta apunta desde sus primeras páginas a un espíritu rebelde a Dios, cuya esencia es la maldad. Ya que Dios no es el autor del mal, sino Satanás, la figura que aparece en Génesis 3 como una serpiente que habla con astutas palabras, poniendo en duda la bondad de Dios. Es la criatura que juzga a su Creador, sembrando dudas sobre su justicia y benevolencia.

La serpiente dice en el Edén que si el hombre come del fruto prohibido, no morirá. Así que cuando Adán y Eva lo hacen, sin morir a continuación. Parece que han descubierto la verdad. Se les han abierto los ojos (v. 7). Pero las cosas no son como parecen. Al intentar ser como Dios, la criatura se independiza del Creador. Desde ese momento nos hemos arrogado el derecho a decidir por nosotros mismos qué es lo mejor para nosotros. Ya no hay bien, ni mal, sino lo que a nosotros nos convenga. Los resultados son ahora evidentes. Así que el problema del mal no es de Dios, sino nuestro.

¿Cómo lograr así exorcizar nuestros demonios? El exorcismo está tan arraígado en la cultura natural del hombre como el animismo. Ya entre los babilonios y asirios encontramos una serie de técnicas consistentes en recitar conjuros relacionados con ciertos objetos (atando, por ejemplo, un hilo blanco y otro negro a la cama de la víctima, mientras se invoca al espíritu del cielo y de la tierra). Así los budistas tibetanos usan una trompeta hecha con un fémur humano para sus ritos. Los sacerdotes taoístas emplean amuletos, y entre los musulmanes es especialmente conocida la mano de Fátima (que representa la sagrada familia de Islam).

En el judaísmo, el Talmud y la Midrash incluyen libros como los de Los Jubileos, donde un ángel da a Noé hierbas secretas contra los demonios, que pasa luego a su hijo mayor, Sem (10:10-14). O el arcángel Miguel revela cierto nombre esotérico como protección (69:14-15). Así en el libro apócrifo, para los judíos, de Tobías, se quema el hígado y el corazón de un pez con incienso, expulsando un demonio por los aires hacía Egipto (8:1-3). Los libros canónicos del Antiguo Testamento, no contienen sin embargo ningún procedimiento exorcista.

Satanás aparece en la Escritura como "el príncipe de este mundo" (Juan 14:30; 16:11). ¿Significa eso que el diablo tiene autoridad sobre los hombres? Puede dar esa impresión al leer estos textos que hacen pensar que Satanás ha recibido este poder tras la caída del hombre en el Edén (Génesis 3), ya que le promete también a Cristo los reinos de este mundo cuando es tentado en el desierto. Pero el cuadro bíblico es bastante diferente: Adán tenía a su cargo la creación, pero nunca fue señor de ella, por lo que ninguna autoridad se podía traspasar del hombre a Satanás tras la Caída. Si el hombre está bajo el dominio de Satanás es sólo a causa del pecado (Hechos 26:18), que le hace cautivo en su rebelión (Colosenses 1:13).

El exorcismo en el Nuevo Testamento no está basado en un ritual, sino en la proclamación del mensaje de salvación en Cristo, acompañado por la oración que sabe que no hay expulsión de Satanás sin venir a Cristo (Juan 12:31-32). Es por la obediencia de la fe, que el hombre deja de rebelarse contra Dios y recibe la victoria que Cristo ha obtenido en la cruz (Colosenses 2:14-15), atando al hombre fuerte y saqueando su casa (Marcos 3:27).

Al vencer sobre el poder del mal, la única relación que tenemos con Satanás, que es nuestra culpa (1 Juan 3:8-10), queda rota al confiar que por su muerte somos libres del pecado por el sacrificio que Él ha hecho en nuestro lugar. Satanás entonces ya no tiene más dominio sobre el creyente (1 Juan 4:4; 5:18).

José de Segovia es periodista, teólogo y pastor en Madrid

© J. de Segovia. ProtestanteDigital.com (España, 2008).

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9 Febrero 2008

'DE ORFANATOS Y ZOMBIES, 1 y 2' (por El Hombre Perplejo)

1.

La troupe de “El orfanato” no estará en los Oscars; se ha quedado fuera. No es ningún drama. Pretender que cada año los americanos nos tengan presentes en sus nominaciones es ambicioso y legítimo, pero poco realista. Hay una larga lista de otras cinematografías que producen hermosas películas en lengua no inglesa y que merecen su porción de gloria. Así que aceptémoslo, que tampoco es para tanto. Además: tenemos a Javier.

La decepción –si la ha habido- nos la hemos buscado solitos. Aquí tenemos la costumbre temeraria de sobredimensionar las cosas con tanto frenesí como ligereza. Si algo nos gusta nos dejamos poseer por el arrebato y lo elevamos a la categoría de excelso. Y va un joven director con meritoria experiencia en el cortometraje, hace su primera película y le adjudicamos el rótulo de genio y a su película el de obra maestra. Pero hay que ser más rigurosos.

“El orfanato” está bien. Y como diría aquel:

“hasta aquí puedo leer.” ¿Se merece un Oscar? Pues eso.

Por fortuna, aún hay margen para que los académicos españoles no se sientan obligados a dar solidariamente su voto a la película de Belén Rueda con la falsa presunción de que esto le haría ganar prestigio de cara a los Oscars. Esta vez podrán votar sin presión y con ecuanimidad para evitar que se repita el lamentable (y excesivo, otra vez) aluvión de Goyas que se llevó “Mar adentro”.

Esta generación de realizadores jóvenes (Plaza, Balagueró, Cerdá, Bayona, Fresnadillo…) son gente muy preparada; sobre todo técnicamente. Además de conocer su oficio dan muestras de controlar muy bien los mecanismos de la industria: preventas internacionales, desarrollos multiplataforma, marketing viral… y toda esa cara del negocio del cine que antes era patrimonio de los gestores de contenidos (productoras-estudios) y no de los proveedores de los mismos (guionistas-directores). Estos chicos saben hacer películas, pero sobre todo son unos fuera de serie vendiéndolas.

Todo el cine que producen genera una expectativa inusitada. ¡Les salen fans a las películas antes de que se estrenen! Es un fenómeno muy interesante. Pero como en todo, hay un reverso de la moneda…

2.

Hablamos de “El orfanato”, “[• Rec]”, “Frágiles”, “La monja”… y de esta horda de jóvenes realizadores que las han perpetrado metiéndose al público en el bolsillo y enriqueciendo a las productoras que les financiaron sus proyectos.

Cada generación se expresa a través de un género dominante. Los carrozones de la Transición usaron la Comedia: era un tiempo de alegría, libertad, esperanza y desahogo. Estos de ahora prefieren el Terror. Y resulta esclarecedor que hayan elegido el miedo como elemento vertebrador de sus historias ergo sus discursos personales, pues el miedo se está adueñando de esta sociedad y los que la conformamos.

Las suyas son películas sobre la muerte, habitadas por seres amenazadores, espectrales, malignos, con apariencia humana pero que no son humanos; entes sombríos, sin alma, que existen pero no están vivos. A mi juicio, sus películas son así también. Es cine (o lo parece), pero le falta algo. Son “cools” y dan mucho miedo. Pero ¿qué más? ¿De qué hablan? ¿De monstruos, zombies, fantasmas y vampiros…?

“La mosca”, “El increíble hombre menguante”, “La invasión de los ladrones de cuerpos” eran films cuya lectura iba más allá de la peripecia de los personajes.

La sociedad norteamericana de entonces se sentía angustiada por la amenaza alienígena, atómica y comunista, y aquellas películas de terror clásicas lo reflejaban en un segundo nivel de interpretación.

Cuando hablo de que a esta hornada de películas españolas les falta algo me refiero a esto.

En los films de Jaume Balagueró y compañía la gente normal se muestra torpe, pusilánime, temblorosa, atormentada por la idea de la muerte y de morir. En cambio, los muertos son seres agresivos, que gritan, corren, persiguen, atacan, muerden, devoran… ¡Es como si estuvieran más vivos que los vivos! Qué paradoja: los que ya no viven anhelan sentirse vivos mientras los que lo están deambulan por la película a merced de los acontecimientos, sin ningún control sobre lo que ocurre. Lo encuentro sugestivo. Y si quiero creer que, además de hacernos pasar miedo, estos chicos quieren decirnos algo la pregunta es: si la mayoría podemos identificarnos con esos vivos que no saben vivir… ¿quiénes son “los otros”?

Puedes ver el artículo "en su salsa", pinchando aquí.

Trailer de El Orfanato.

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18 Enero 2008

¿'EXPIACIÓN' FUERA DE LA CRUZ? (por JOSÉ DE SEGOVIA)

Se estrena ahora en España una película que fue muy bien acogida por la crítica y el público británico a finales del año pasado. Tiene como titulo una de esas palabras bíblicas, que dicen que ahora no se entienden y hay que traducirlas de otra manera. Se llama Expiación, como la novela en que está basada, escrita por Ian McEwan y publicada por Anagrama. Esta poderosa historia, protagonizada por Keira Knightley, explora la tragedia de una vida sin Dios, buscando expiar nuestros pecados, lejos de la Cruz...

La acción comienza un caluroso día de 1935 en una mansión victoriana de Surrey, donde vive Cecilia, la bella hija mayor de una acaudalada familia llamada Tallis. El personaje que interpreta Knightley, tiene una fantasiosa hermana de trece años, Briony, que empieza a escribir obras de teatro. Las dos tienen un ama de llaves, Brenda Blethyn, cuyo hijo Robbie, acaba de volver de la Universidad de Cambridge, donde estudia gracias al dinero de los Tallis. No tarda en surgir la chispa amorosa, que despierta los celos de su imaginativa hermana, con una falsa acusación que acabará con su relación, teniendo que partir el joven al frente…

La historia continúa cinco años después en la guerra, donde Briony está trabajando como enfermera, buscando redención. Se convertirá luego en una escritora famosa, que interpreta al final Vanessa Redgrave. Las tres épocas de la película se diferencian por la luz, los colores y una textura de imagen, que se hace cada vez más sombría. El relato tiene así el tono de una novela, obra de un autor que es conocido en el Reino Unido como El Macabro, por lo morboso de sus argumentos, que discurren a menudo entre la perversión y la disfuncionalidad. Cinco de sus diez novelas, han sido llevadas ya al cine. Ésta es para muchos su obra maestra...

Como en todas las obras de McEwan hay un profundo examen de la vida interior de los personajes. Uno entiende la angustia y el tormento que sufren, mental y emocionalmente. El tema del libro y la película gira en torno a una mentira y sus terribles consecuencias. Es cierto que todo nace en el fondo de un mal entendido, pero se trata claramente de un falso testimonio, cuyos resultados son irreparables. Las preguntas son inevitables: ¿Qué podemos hacer cuando mentimos?, ¿cómo podemos vivir, después de hacer daño a los que queremos?, ¿negando nuestra responsabilidad?, ¿sintiendo un remordimiento, que nos paraliza?, ¿cómo enfrentarse al caos, que hemos producido?, ¿qué podemos hacer, cuando la muerte de una persona a la que hemos hecho daño, impide toda reconciliación?

Este relato trata sobre el poder y el peligro de la imaginación. Nuestra mente nos permite tomar decisiones, actuar y funcionar en la vida, pero caminamos también al borde de un precipicio, que distingue la realidad de la fantasía. Tratamos con la personas, no en base a lo que ellas son realmente, sino a lo que pensamos que son, harán y dirán, de acuerdo a nuestra imaginación. Podemos asistir a un acontecimiento, pero no sabemos con seguridad las intenciones de las personas relacionadas con ese suceso. A menudo acertamos y nos parece que no estamos desencaminados, porque nos ponemos en el lugar de las personas afectadas, o tenemos alguna experiencia previa de ellas. Aunque la verdad es que nos falta el discernimiento para comprender que hay detrás de las acciones y palabras que encontramos…

Expiación tiene una sorpresa final, que no puedo aquí desvelar, pero da un sentido diferente la historia. No es una conclusión liberadora, ya que nos deja con el mal sabor de boca de un amor frustrado, una mentira oculta y una justicia insatisfecha, pero nos abre los ojos a una realidad de la que a menudo queremos escapar. El personaje de la novelista Briony intenta expiar su culpa, pero la felicidad en la ficción no puede evitar el mal que hacemos en nuestra vida. No hay paz, ni salvación posible en la imaginación de nuestra mente.

¿Cómo podemos enfrentarnos entonces a las consecuencias de nuestras mentiras y pecados? Para esto McEwan no tiene respuesta. A pesar de la nobleza de Briony, su prolongada penitencia y vida de autoflagelación, cargando con una culpa amarga, todo es al final inútil. No hay Dios, ni perdón, que limite las consecuencias de nuestro pecado, cambie las cosas y rompa el poder corrosivo de la culpa que nos ahoga. Esta expiación atea nos deja sin ningún consuelo o redención posible. No hay esperanza en la visión nihilista del mundo de McEwan.

“¿Cómo puede un novelista conseguir la expiación, cuando con su poder absoluto de decidir el futuro, es también Dios?”, se pregunta Briony. “No hay nadie, ninguna entidad, ni forma superior, a la que dirigirse, o con la que reconciliarse, que pueda perdonarla… No hay nada fuera de ella… Sólo el intento…” ¿No es esta también nuestra tragedia?

Al alejarnos de Aquel que puede expiar nuestra pecado, tomamos el papel de Dios y escribimos nuestra propia historia, pero al crear nuestra propia realidad, no hay expiación posible.

No hay confesión, ni sacrificio, que pueda lavar y limpiar nuestra conciencia. Sólo queda el intento, un intento inútil, si no nos volvemos a Aquel, que ha “puesto su vida en expiación por el pecado” (Isaías 53:10). Ya que no hay redención posible fuera de la Cruz. Por eso los cristianos debiéramos llorar al ver Expiación, no por el amor perdido, sino por la triste condición del hombre sin Dios…

Artículo extraído del nº 211 de Protestante Digital

José de Segovia es periodista, teólogo y pastor en Madrid

© J. de Segovia. ProtestanteDigital.com (España, 2008).

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Daniel Jándula Martín

España

Sobre mi: Una noche de verano, mi madre me despertó, a eso de las once y media de la noche. Yo tendría siete años. Recuerdo perfectamente mi incierto y zigzagueante paseo hasta la pequeña sala de estar. Mi padre roncaba en una esquina. Ella me iba diciendo que tenía que ver algo, que no debía perderme. En la tele de catorce pulgadas, un hombre despertaba a su vez a sus hijos, y les decía que fueran con él para ver algo. Ellos tampoco debían perderse esa experiencia. La película era Encuentros en la Tercera Fase, de Steven Spielberg, y su tesis principal era la siguiente: no estamos solos en este mundo. Fue una experiencia que nunca olvidaré, pues marcó mi afición al cine, y sobre todo, fue la primera piedra para mi conversión al cristianismo, y para mi aceptación de que Dios nunca dejará que me encuentre solo. Todo un encuentro. Siempre he pensado que muchos directores de cine, desde Scorsese a Wim Wenders, desde Ozu a Abel Ferrara, pasando por Kieslowski, Werner Herzog, Paul Schrader o Bergman, entre otros cientos, han sabido imprimir a su obra un punto de vista espiritual (y en algunos casos hasta religioso) de la vida, dando un sentido mucho más amplio a este arte, yendo más allá de los 24 fotogramas por segundo. La pretensión de este blog es, desde la humildad de un simple aficionado, hablar de eso: de cine y fe. De las certezas impregnadas en historias que remueven nuestras conciencias, y buscar una aplicación para nuestro crecimiento espiritual. Apartando las críticas inaccesibles y las referencias inútiles para mirarnos el ombligo, queremos aprender de las películas en aspectos que normalmente se suelen despreciar, pues se cree a menudo que lo espiritual no es intelectual, y al revés... lo cual es una gran estupidez. Que tú, lector, creyente o no, disfrutes de estos contenidos... pues tu vida vale más de lo que piensas...

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