Bourne Ultimatum va a la millas. Tan rápida es esta película que el espectador se ve obligado a atar cabos en retrospectiva. Una retrospectiva necesariamente ágil, dinámica, interactiva y retante al pensamiento tenaz.
La estructura fragmentada es un acierto tanto en sus inquietos movimientos de cámara como en la stacatto narrativo donde no hay espacio ni tiempo para regodearse en lo obvio. Pero lo que hace a esta pieza cinemática aún más inquietante es su demostración de la casi absoluta capacidad de la tecnología actual sobrevigilar y perseguir a un ciudadano.
Matt Damon representa a un agente de la CIA en lucha contra directivos corruptos de la Agencia de Inteligencia que lo quieren eliminar. La CIA controla todo a discresión, bancos, computadoras, teléfonos celulares, aeropuertos, cámara de vigilancia en calles y estaciones ferroviarias. Todo un aparataje de persecusión que corre como una locomotora desenfrenada que sale de Moscú, atraviesa Europa, Marruecos y culmina en el centro operativo de Nueva York.
Para sobrevivir, el héroe tiene que adelantarse a la increíble omnipresencia tecnológica del sistema que lo quiere desaparecer. Es una metáfora Kafkiana hecha para la generación del videogame donde está en juego a modo de ultimatum la identidad, la privacidad, el individuo. Un poco la teoria de George Orwell sobre los sistemas totalitarios traida a la era del Patriot Act. Un tanto alarmante cuando lo piensas bien pero buena materia prima para el buen cine.
Bourne Ultimatum redefine la narración cinematográfica con una vertiginosa propuesta que formula un precedente espectacular en cómo se hace o se ve el cine: reacción precede a la acción. O lo que es igual la naturaleza instintiva de la inteligencia precede a la razón que articula una acción y es la unica manera de que el sentido de individualidad sobreviva al acoso absolutista de la tecnología y de la agenda del poder.
Hay que verla con los ojos bien abiertos.

