No todo el cine que se hace en España es buen cine. Es decir, la mera natividad no implica sapiencia sin perjuicio de lo que diga Torrente. Lo dirija quien lo dirija, lo produzca quien lo produzca, lo interprete quien lo interprete.
Lo mismo ocurre con el cine de Hollywood, que sea comercial no es óbice para que sea malo. Todo esto viene a cuento de la nueva dimensión que la palabra infumable está tomando dentro de nuestro vocabulario. Tendemos a pensar que una superproducción estadounidense, en la que durante meses o incluso años han trabajado cientos de profesionales, es una “americanada”, como sinónimo de tontada o prescindible. Y sin embargo, una producción media española, filmada en formato digital, con tintes experimentales y un guión que se escapa al espectador medio, por insulso más que por otra cosa, es una obra de arte. Hemos entrado de nuevo en la involución del arte y tendemos a considerar cualquier obra propia como buena, lo cual no es inicuo, pero sí perverso. La obra europea tiene características propias, siendo éste un cine más emotivo a la par que lento. España, enmarcada social y económicamente dentro de esta esfera no obvia estos condicionamientos y se exhibe en las salas con tanta frescura como si proviniese directamente de la meca de cine. Y no es para tanto.
No hablamos de estilos, ni de fotografía, ni de colores, ni de ritmos, ni de bandas sonoras: hablamos de guiones y de entretenimiento. Y eso es lo que nos falta a día de hoy: ideas, originales y bien desarrolladas.
Remontándonos acaso unos pocos siglos, ya dijo Platón que al hombre le gusta que le cuenten historias (de ahí el éxito de las sombras, los mitos y las cavernas) y no hay más que eso. Las formas importan, pero menos. Una historia contada en la gran pantalla no se sostiene si no hay un argumento sólido de fondo. Y luego, si el diseño de decorados, la producción en línea, el “product placement” y hasta los actores lo acompañan, pues miel sobre hojuelas. Y eso vale para el cine americano, para el europeo, para el español y para el iraní.
Con un ejemplo queda más claro: tres películas estrenadas en nuestro país y con tecnología 3D: El bosque animado, Final Fantasy y Shrek (1 y 2). La primera es “made in Galicia”, fruto del trabajo duro de Dygra, animadores no profesionales del 3D y del esfuerzo de sus autores, que han buscado la subvención de debajo de las piedras. El resultado final es un cuento para niños que nos ha decepcionado un poquito no porque esté mal producida sino porque faltan capas en algunos tramos y porque las expectativas eran muchas. Sobre El Bosque animado habría mucho que hablar, igual que sobre el tema Dinosaurio, de Disney, y contrastarlo con la taquilla que en su momento hizo South Park, de Warner. Un tema absolutamente psicosocial que demuestra que la calidad no es siempre sinónimo de éxito y que el buen hacer está condicionado a los gustos más o menos obscenos de una buena parte del público que acude las salas de cine.
Final Fantasy, una obra donde el software utilizado para diseñar y programar el movimiento del pelo de la protagonista virtual supera con mucho el dinero que España gasta en diez películas de producción media-alta, carece de la necesaria trepidación que hay que imprimir a una labor de estas características. Una obra de chinos (perdón, japoneses) digna de un Oscar, un Goya y lo que sea, pero que no llega al corazón. Y por último Shrek, cumbre de la animación porque se nos olvida que es animación. Un guión de primera, con claros guiños a los arquetipos infantiles tradicionales, con risas y hasta moraleja. A ello le arropa mucho dinero, una estupenda promoción e incluso magníficas críticas. Pero así es la vida. Para competir nos queda la imaginación, nuestra mejor arma.
Pongamos otros ejemplos: Lucía y el sexo, de Julio Medem; El peso del agua, de Kathryn Bigelow y Para todos los gustos, de Agnes Jaoui. Tuvieron que pasar dos horas para entender, a medias, en qué consistía una película que desde el principio hizo un titánico esfuerzo por rehuir mi atención. Si hubiese querido una película porno me hubiese ido directamente a la sala del Duque de Alba, porque para escenas gratuitas de semejante índole, mejor si están hechas por profesionales. Por otra parte, Bigelow, americana, se ha lucido tirando el dinero de su productora por ahí por donde indica el título de su película. La novela de Anita Shreve no concibió escenas tan pobres, ni argumento tan liviano y mal hilado.
Y pese a lo “gili” que puede llegar a ser la indrúmina, la francesa Agnes Jaoui, ha tenido la suerte y el talento de escribir y adaptar al cine una de las mejores tragicomedias de la historia francesa actual. Para todos los gustos, que estuvo nominada como mejor película extranjera en los Oscar del 2001 y que recibió el reconocimiento de público, de la crítica y de los jurados internacionales, gastó menos en producción que Tarzán en calcetines.
La taquilla lo dice todo y es síntoma de que lo que el público pide es calidad en el guión. Porque, al fin y al cabo, ¿para qué se molesta uno en mirar la cartelera, elegir una película, movilizar a amigos, vestirse, salir de casa, coger autobuses, hacer colas y gastarse el dinero...?

