Le veo a usted muy metido en la cosa de ponerles música a las películas, señor García...
Hombre, metido he estado siempre. Lo que pasa es que últimamente las películas a las que les pongo música tienen más repercusión, o tienen alguna, si lo prefiere, y parece que son más. Pero Blanca Madison, por ejemplo, de Carlos Amil, es del año 2000, y la banda sonora ya era mía.
Y ‘Ni en sueños’, también por ejemplo, de Alber Ponte, es de más atrás, del 94 o por ahí, y la banda sonora también era suya...
Exactamente. Ahí tiene lo que le digo: una casi ni se vio, por mala distribución, o lo que fuese, y otra no se vio, directamente, salvo en la tele. Así que ahora parece que empiezo en esto.
Qué bien, ¿no? Quién pudiera estar empezando siempre...
-Visto así, sí. Pero si no es el caso, pues no es el caso.
-O sea, que le gusta.
-¿Hacer bandas sonoras? Claro. Se aprende mucho. Lo que no es práctico en esto es adelantar trabajo.
-Eso mismo les he dicho yo mil veces a todos los jefes que he tenido, y, oiga, ni caso.
-Me refiero a intentar componer y probar motivos y esas cosas antes de empezar a ver las imágenes que se van a acompañar.
-Ah. Yo no. Yo hablaba de adelantar trabajo en general.
-Ya, supongo. Pero una vez que veo las imágenes, ya sólo se trata de completar una obra en marcha, de poner mi parte para hacerla mejor, o más grande, o más redonda, o como quiera. Las películas son eso: gente aportando su montoncito a un montón más grande.
-Pues yo hubiese jurado que las imágenes limitaban a un músico.
-Pues no. Las imágenes acotan, sugieren caminos, establecen alguna condición... Pero yo me siento muy libre componiendo música para películas. Casi tanto como componiendo jazz para mí.
-O para mí.
-O para quien le guste. Hablaba de componer libremente.
-Más libremente...
-Eso. Más.
-Pues yo le voy a contar por qué le admiro, si me deja...
-A ver.
-Ha conseguido usted poner de acuerdo en algo al audiovisual gallego, que creo que no es fácil: casi todas las teleseries autóctonas, por no hablar de programas, llevan música suya.
-Pero eso va a ser porque llegué el primero.
-Por lo que sea.
-La tele también es una escuela estupenda.
-¿Qué me dice? ¿De qué?
-Para un músico.
-Uf. Qué susto.
-¿...?
-Era broma. A mí la tele me gusta mucho.
-A mí la buena también. Pasa como con la música.
-¿Con la música en general, o con la música para la tele?
-Con las dos. Hay música buena música mala, que es la única clasificación que a mí me vale. En la tele, en el cine y en los discos.
-¿Y ya está? ¿No me va a decir en qué se diferencia componer para el cine de componer para la tele?
-Sí, claro: en una cosa básica y prácticamente única...
-Me tiene en ascuas.
-En el presupuesto.
-Ahí he estado lento yo, ¿ve? Eso cae de cajón.
-Un poco sí, la verdad. A más dinero, más músicos, y a menos dinero, más máquinas. Y las máquinas resuelven, no voy a decir que no, pero deshumanizan la música.
-Lo que le faltaba a la tele: que la deshumanicen. Va a tener razón otra vez Billy Wilder.
-¿En qué?
-En aquello que dijo de que escribir para el cine era lo peor de lo peor, así que menos mal que llegó la televisión.
Yo eso no lo pienso sobre componer, de verdad: a cada medio le encuentro su aquel.
Con usted da gusto. Le puedo hacer una pregunta de guionista, que alguno habrá que nos lea?
Por favor.
¿Por qué el músico cobra derechos de autor por la misma sintonía en todos los capítulos de una serie y el guionista tiene que inventarse un capítulo nuevo cada vez que quiere cobrar su parte contratante, o como sea?
-Supongo que porque, cuando esto se inventó, se contaba con que el músico tocase todas las veces. Pero resulta que no, que ponen un disco. Es como el playback en los programas musicales: ya que no te dejan cantar tus canciones, tendrán que pagarte por ponerlas, ¿no?