Fue muy divertido haber conocido a Mónica. Hay veces que uno guarda recuerdos indelebles que perduran vívidos en la memoria aunque pasen muchos años. Este caso me sucedió hará cuestión de siete u ocho años mientras hacía mis compras para la semana en el supermercado, un acto totalmente rutinario y mecánico que vengo realizando hace veinte años. Siempre prefiero hacer mis compras los días lunes por la noche, cerca de la hora de cierre del súper mercado puesto que a esas horas es poca la afluencia de público y permite una compra más holgada y distendida.
Aquel día, paseando por las góndolas, fui a caer a la sección donde se apilan los artículos de aseo personal, el corredor estaba libre a excepción de una señorita vestida con un traje ceñido de color negro y en material sintético que brillaba al amparo de los focos del local. Cuando pasé por su lado me habló en un castellano un tanto masticado que me obligó a solicitarle que repitiera lo dicho. De nuevo no entendí pero en esta ocasión me di cuenta que la chica en cuestión, definitivamente no era española, tampoco era el idioma catalán el que parlaba. Más bien me pareció escuchar unos vocablos italianos insertos en medio de las palabras que pronunciaba. En efecto, cuando le pregunté si era española, me dijo que no, que era de Sicilia, al tiempo que se disculpaba por su pobre pronunciación. Era comprensible, la chica había sido colocada en aquel trabajo por su espectacular belleza. Sucedió que era la anfitriona de una de las colonias que se ofrecían en ese supermercado.
Como no había nadie más en el pasillo que nos reunía en ese momento, decidí detenerme a conversar con ella por unos momentos. Así me enteré que se llamaba Mónica y que había recibido una especie de sanción laboral por no haberse presentado a tiempo en el turno de la mañana, por lo que ese día tuvo que quedarse hasta el horario en que el supermercado cerraba sus puertas. Sin darme cuenta de la hora, me quedé a mitad de pasillo y con la carretilla casi vacía, pero en medio de una amena conversación con la italiana. Al poco de darme cuenta de eso, los altavoces del supermercado anunciaban el próximo cierre del local. Ya no había tiempo para comprar nada y jugué toda mis cartas invitando a Mónica a cenar luego de terminado su turno, mejor dicho, su castigo. Me sonrió angelicalmente y aceptó pero poniendo condiciones. “Quiero ir a una trattoría me dijo”. También sonreí y esperé pacientemente a que saliera por la trastienda luego de lo cual, mis clases de italiano empezaron y se prolongaron por casi un año.

