En una clase de literatura de hace unos años nos tocaba revisar la época isabelina, en este caso al escritor de obras teatrales William Shakespeare era el escritor seleccionado. Era la primera clase y todos esperaban con expectativa al profesor, que tenía una excelente reputación y era un experto en el tema. La sorpresa principal no nos la llevamos, como esperábamos por advertencias de alumnos que llevaron el curso antes, por la cantidad de lecturas que nos tocaba la asignatura ni mucho menos por la rigurosidad y exigencia que pidió al comenzar sino por la forma en que pronunciaba la palabra Shakespeare: lo hacía en español, es decir, fonéticamente no sonaba como estaba indicado en el inglés: ‘shekspir’, sino que lo pronunciaba Cha-kes-pea-re. Al principio los alumnos se miraron extrañados pero entonces hubo uno que comenzó a corregirle: profesor no es Chakespeare es ‘shekspir’. Lo corrigió unas cuatros veces hasta que el profesor se detuvo, dejó el libro que estaba leyendo y tomó otro y con una perfecta vocalización de inglés isabelino terminó de darnos las clases en inglés, lo único que dijo fue: si quieren que pronuncie en inglés entonces escuchen en inglés. Las siguientes clases el alumno que le corrigió no volvió a decirle nada y todos nosotros nos quedamos bastante impresionados por la actitud de nuestro profesor. Esto sucedió varios años atrás, pero aún ahora me doy cuenta que con la globalización a la que el mundo está sometido, el lenguaje toma formas de lo más diversas y nosotros, los hablantes, nos vemos enfrentados cada vez más a problemáticas de las que antes no éramos tan concientes. Uno de los principales es la idea de la traducción de un libro, hay quienes plantean que al hacerlo se pierde mucho del sentido, que las palabras en un idioma no son las mismas en el otro. En el Haiku, poemas japoneses de 17 sílabas, realmente se observa el gran problema que esto representa, si uno revisa minuciosamente las traducciones de un simple Haiku, se da con la sorpresa que cuenta con más de cuatro traducciones que difieren más allá de las palabras sinónimas. El otro gran dilema del lenguaje hoy en día es precisamente la pronunciación. Por un lado debería ser normal que adecuemos a nuestro idioma sonidos extranjeros, como en el caso de nombres de escritores o, siendo más contemporáneos, de actores y cantantes. Sin embargo las exigencias masivas y el origen de la tecnología y de los mismos productos que consumimos nos obligan a adoptar ciertos aspectos discursivos y característicos de lenguajes foráneos. ¿Se debe esto a que nuestros conocimientos son mayores y estamos más familiarizados con el inglés, el cual es uno de los idiomas principales? El problema no radica en que seamos alienados por pronunciar Shakespeare como lo indica el inglés sino que sintamos que tenemos derecho a corregir a alguien que lo pronuncia ¿‘mal’? cuando, con otras palabras, del francés o del japonés, no respetamos las reglas fonéticas. Lo importante sería que nos decidiéramos realmente a ampliar nuestros conocimientos de las distintas lenguas que hay en el mundo y no nos limitemos por la inercia de la globalización, a aprender sólo aquellos pocos idiomas predominantes.

