La satisfacción de recibir tu primer sueldo es indescriptible. Uno prácticamente lo despilfarra a diestra y siniestra pero ese día vaya que se recuerda al detalle. Hasta el último caramelo que compraste.
Por esas fechas recuerdo que estudiaba idiomas en una escuela profesional. Cursaba el segundo año de la corta carrera de inglés y lo hacía al galope. Se me hizo fácil ya desde la época de la escuela, tuve buenos maestros sin duda y lo determinante en mi interés por este idioma sin duda fue la música ya que desde muy pequeño estaba acostumbrado a escuchar canciones en inglés, eso debe haber redondeado mis oídos haciéndome muy digerible el foráneo idioma. Al tiempo que estudiaba trabaja a medio tiempo en una oficina haciendo trabajos sencillos en especial en la parte de tramitación de toda clase de documentos y haciendo seguimiento a unas pocas cuentas. El pago era mensual y esperaba con ansias el día 30 del mes para recibir mi primer sueldo. Había tantas cosas que quería comprar, definitivamente el dinero se iba a quedar corto, tenía que calmarme.
Ese día 30 como todas las mañanas me desperté temprano y asistí a mis clases de inglés. Todo sin novedad, era fin de mes y prácticamente solo iba a recoger notas y a tener pequeñas charlas en el idioma que era materia de estudio como despedida breve hasta el siguiente ciclo. Terminada la clase sobraba un tiempo y decidí caminar hasta el trabajo en Tarragona, eran unos tres kilómetros aproximadamente que los salvé sin prisas con la satisfacción de que al finalizar esa jornada tendría entre mis manos el ansiado sobre. Llegando al centro de labores mis compañeros se interesaron por mi semblante. ¿vas a ser papá? me dijeron entre risas. Respondí negativamente pero sin dejar de sonreir a lo que mi jefa me replicó felicitándome por haber cumplido mi primer mes en la oficina y por mostrar esa actitud ante el trabajo. Con sorna me dijo que era muy bueno que llegara en esas felices condiciones a trabajar porque como todo fin de mes había que trabajar duro. No me importó. Qué tanto se podía prolongar la jornada. Y arranqué la jornada con mucha predisposición. La hora se me pasó volando y cuando procedía a poner en orden mi escritorio una mano me cogió el hombro por detrás, era mi jefa que traía un pequeño sobre de papel en la otra mano, mismo que procedió a entregarme. Qué cara habré puesto que inmediatamente me sugirió diligencia y prudencia con el dinero que yacía ahora en mi poder. Le agradecí y la abracé, la felicidad no me cabía y disparado salí por la puerta.
Una vez en la calle, sin pensarlo, me dirigí al cine más cercano y compré mi boleto para la próxima función que empezaba a los pocos minutos, lo mismo hice con una bolsa extra grande de palomitas de maíz y una bebida. Me posicioné en la butaca asignada y me sentí rey del mundo por un instante. Saboreé esos momentos y también la película. Saliendo del cine me fui a un autoservicio y ordené una hamburguesa, igual, me sentí dueño del mundo en esa silla giratoria. Luego sin prisas volví a mi hogar y esa noche tuve un sueño muy reconfortante, satisfecho por haber recibido mi primer sueldo, darme unos cuantos gustos y haberlo hecho con la prudencia sugerida. Cosas simples pero que uno recuerda con mucho cariño.

