Es difícil el proceso de ingreso y adaptación a un grupo de personas ya conformado tiempo atrás y dónde todos se conocen en mayor o menor grado. Fue esto lo que le sucedió a un alumno que llegó procedente de los Estados Unidos en un programa de intercambio promocionado por el departamento de idiomas de mi escuela. A todos nos cogió por sorpresa. Imagínense, luego de haber pasado poco más de tres meses de divertidas vacaciones y llegar con ansia a ese día en que nos reencontraríamos con nuestros amigos de toda la vida (Bournemouth hotel). Ingresar al salón y de pronto darse cuenta que allí está presente un intruso. Primero digerimos la escena en nuestra mente, creemos que es un alumno de otro año y se ha equivocado de salón de clases, luego le preguntamos a nuestros compañeros más cercanos si alguien lo conoce. Nadie sabe nada, la incertidumbre crece, ¿quién es?
Al no poder más con la curiosidad entre los conocidos designamos a un representante que se dirigiría hasta la posición del “nuevo” y le preguntaría qué hace en nuestro salón y quién es. Es así que ante nuestra sorpresa tenemos entre nosotros a un niño estadounidense que no habla absolutamente nada de castellano. Lo cual nos deja aun más confundidos. Si no habla nada de castellano qué hace matriculado en una escuela donde precisamente ese el idioma dominante. Lo que es más, cómo fue a parar a nuestro país. La respuesta resultó tan esclarecedora como sencilla. Nos comentó que su padre era diplomático y que ahora le tocó viajar con toda la familia. Nos causó ternura. Se sentía sólo, desprotegido, inseguro, mucho más confundido que nosotros. Nos pusimos en sus zapatos, cómo nos sentiríamos nosotros al estar en su situación, particularmente me imaginé estando en una escuela en la que todos hablaran en ruso, escribieran en ruso, que difícil. La barrera del idioma a veces resulta insalvable, sin embargo nos comprometimos a compartir nuestros juegos con él y hacerlo sentir cómodo e integrado en nuestra escuela.
Robby, así se llamaba, fue soltándose poco a poco y en corto tiempo ya era parte de uno de los equipos de fútbol de nuestro año. A la par había ido aprendiendo a tropezones el castellano. Imagínense recibir clases de Matemáticas en un idioma del cual se desconoce todo. Del castellano, lo primero que le enseñamos fueron las malas palabras, algo inevitable en todo círculo social independientemente de la edad como he podido comprobar a lo largo de mi vida. Evidentemente su acento era un tema aparte, su castellano denunciaba un origen norteamericano pero tampoco era nuestra intención arrancarle sus raíces, simplemente hacerlo parte de nuestro grupo de amigos en su corta estadía. Así es, al año siguiente con tristeza comprobamos que ya no estaba entre nosotros; nunca supimos si viajó rumbo a otro país o si aún sigue dando vueltas por aquí.

